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Un estudio:

imperialismo y clase obrera

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 19 marzo 1980.

 

Las corporaciones transnacionales y los trabajadores mexicanos, de Antonio Juárez, publicado recientemente por Siglo XXI, es un libro que merece atención. Dividido en tres partes, se ocupa, primero, de las características de la inversión extranjera directa en México; luego, de su incidencia en las condiciones de trabajo, remuneración y organización de la clase obrera mexicana, y, finalmente, de la consideración de algunos de estos problemas en la rama automotriz nacional, con énfasis en la empresa Spicer y la huelga que allí se verificó en 1975. Más que intentar resumir su contenido, me parece útil poner en evidencia algunas líneas que informan el enfoque analítico del trabajo.

Un aspecto a destacar es la relación que se busca establecer entre las formas modernas de internacionalización del capital y su repercusión en la situación de las masas trabajadoras de los países dependientes. Plantearlo así implica rehuir tesis equivocadas, como la de Samir Amin, quien pretende caracterizar a la fase actual del capitalismo por el grado de movilidad de la fuerza de trabajo, es decir, por la migración internacional de trabajadores. En realidad, ésta no es sino una expresión parcial, y no la más importante, del hecho de que, hoy, la creciente internacionalización del capital recompone a la fuerza de trabajo en escala mundial, configurándola como un todo unificado.

Ello no implica ni mucho menos la destrucción del marco nacional en que se reproduce la fuerza de trabajo y tampoco la homogeneización de sus condiciones de explotación. Todo lo contrario, la integración imperialista de los sistemas de producción profundiza y expande las bases de sustentación del capitalismo local y refuerza al Estado nacional como instrumento de negociación entre las burguesías criollas y la burguesía imperialista, así como factor de regulación económica interna. Por otra parte, acentúa las desigualdades de formas y grados de explotación del trabajo en cada nación, lo que, al arrojar tasas diferenciales de rendimiento, se constituye en una de las razones determinantes de los movimientos internacionales de capital.

El análisis de la cuestión de la dependencia debe realizarse, pues, a un doble nivel. Se trata, por un lado, de captar las tendencias que rigen a la reproducción y circulación del capital en la economía mundial. Así, por ejemplo, las disponibilidades de dinero del sistema financiero internacional y sus desplazamientos a ámbitos nacionales hacen más fácil entender el endeudamiento externo de los países dependientes y los procesos inflacionarios que allí se dan. Por otra parte, se trata de analizar al ciclo del capital en la economía dependiente y sus implicaciones sociales y políticas. La expansión del parque automotriz en Brasil o México, después de la recesión de 1974‑75, al tiempo que se restringe en Argentina o se liquida en Chile, no se puede explicar tan sólo por las tendencias que rigen a la rama en el plano mundial.

Enfocada desde esa perspectiva, la cuestión obrera en América Latina no se define sólo como consecuencia de la dominación imperialista, pero tampoco se explica exclusivamente a la luz de factores endógenos nacionales. Por esto mismo, la supresión de las condiciones de explotación pasa por la resolución de la lucha contra la dependencia tanto como por la de la lucha anticapitalista. El mérito principal del estudio de Juárez está en recuperar esa dimensión esencial de la teoría y la política marxistas.