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Carter vs. Reagan:

el apocalipsis norteamericano

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 9 abril 1980.

 

La ruptura de relaciones con Irán, anunciada anteayer por el presidente Carter, revierte la relativa distensión que se observaba entre los dos países, desde la intervención soviética en Afganistán. Más que esto: está preñada de la amenaza de "nuevos pasos" en la escalada estadounidense contra Irán. La razón profunda de este viraje radica en el seno mismo de la sociedad norteamericana.

No se trata tan sólo de la responsabilidad de Washington en la instauración y sostén del régimen sanguinario y corrupto del ex sha, que se encuentra en la raíz del ardiente sentimiento antinorteamericano que agita a las masas iraníes y a su Gobierno. No se trata siquiera del agravamiento de ese sentimiento por el gesto torpe de Carter, al permitir el ingreso del ex sha a Estados Unidos, del que resultó la ocupación de la embajada en Teherán. Se trata antes que nada de las fuentes mismas en que se ha nutrido la política imperialista estadounidense, en cuyo marco se han producido esos hechos.

Fruto legítimo de ella es el incremento del presupuesto militar, que la Employment Research Associates estima en un billón 16,000 millones de dólares en 1981‑86, con lo que "la actividad de Estados Unidos ya no será de negocios", sino la de "prepararse para la guerra o, posiblemente, ir a la guerra". Pero: ¿se trata de una política antinacional, que interesa sólo a un puñado de capitalistas y militares incrustados en la cúspide del poder, como pretende el antimperialismo fácil que practican sectores de la izquierda? O más bien, como pretenden otros, es el resultado de una crisis de valores, que resta sentido a todo y no deja espacio sino a la denuncia sin esperanza, como la que nos muestra la película Apocalypse Now?

No hay duda que esa política interesa y beneficia, primer lugar, al complejo industrial‑militar que el presidente Eisenhower denunció en su tiempo, después de haberlo servido con la misma obsecuencia con que lo hace hoy día Carter. Lo que es peor: con lo que lo harían, mañana, Kennedy o Reagan, si resultaran elegidos en la actual disputa presidencial. El que el pueblo norteamericano siga votando por ellos vuelve por lo menos insuficiente la versión del complot urdido en las altas esferas del sistema.

Por otro lado, ¿cuál es la tónica de la presente campaña presidencial? ¿No es la falta de energía del presidente, la carencia de líderes, la incapacidad de los dirigentes, con lo que se haría peligrar la posición de potencia de primer orden que el país ha tenido desde la posguerra? ¿No se ha producido la ruptura con Irán exactamente 24 horas después que la última encuesta electoral del semanario Time situara, por primera vez, a Reagan un punto por encima de Carter, acusado de "flojo" ante la URSS e Irán?

La tónica de la campaña norteamericana es la de la crisis de conducción y es ella la que está volcando al electorado norteamericano hacia los candidatos "duros", lo que repercute a su vez en el endurecimiento de la política del Gobierno. Lo que nos trata de decir Apocalypse Now no difiere mucho: más que el absurdo hecho realidad, en Vietnam se expresó esa misma crisis de dirección, que llevaba incluso a que distintos jefes plantearan estrategias distintas y se mataran entre sí por ellas.

Es en la moraleja que el pueblo norteamericano tiende a extraer de allí: la de que las cosas podrían cambiar si hubiera un mando único, donde reside realmente el peligro del apocalipsis norteamericano. Peligro que, por tratarse de una potencia de tal magnitud, amenaza al mundo entero.