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Revolución salvadoreña:

hacia el viraje estratégico

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 16 abril 1980.

 

La guerra civil en El Salvador ha ingresado en una nueva etapa. En la fase anterior, en la que todavía la Junta de Gobierno intentaba confundir a las masas con promesas y, luego, con algunas medidas reformistas, la actividad de las organizaciones político militares se realizó en estrecha subordinación a la dinámica de las masas, que hacían su experiencia práctica de las nuevas condiciones instauradas en el país. A ello correspondió la ampliación de las luchas reivindicativas, en la que los trabajadores combinaban las huelgas con tomas de fábricas y tierras, así como de las movilizaciones amplias, sobre todo en las ciudades, que obligaron al régimen a exhibir su carácter represivo y antipopular, poniendo al desnudo los límites de la lucha legal.

La fase actual se encuentra enmarcada por la ofensiva desatada por los aparatos militares y paramilitares del régimen. En ella, se acentúa la presencia de las organizaciones político militares, quienes despliegan progresivamente las fuerzas acumuladas en la fase precedente. El repliegue del movimiento de masas, evidenciado por la disminución de acciones reivindicativas y movilizaciones masivas, se compensa con el incremento de operaciones de corte militar, cuya forma dominante deja de ser la de comandos para evolucionar hacia enfrentamientos de mayor envergadura, los cuales dan ya lugar a la toma y mantención prolongada de territorios, en el campo y la ciudad. Se da así continuidad, bajo otra forma, a la lucha popular.

Con las peculiaridades propias de El Salvador, estamos, pues, asistiendo a un proceso de lucha armada que no se aleja, en lo substancial, del que concluyó, en Nicaragua, con el triunfo de las fuerzas revolucionarias. Su esencia está en la capacidad de las organizaciones político militares para constituirse en vanguardia del movimiento de masas, manteniendo con este una relación tal que las lleva a concebir su accionar específico como una dimensión, y nada más que esto, de la dinámica global de la lucha popular. El que esa dimensión vaya adquiriendo un papel dominante y acabe por caracterizar a la lucha popular en su conjunto no puede ser sino un resultado del cambio de las condiciones en que ésta se lleva a cabo, cambio que se manifiesta en el estrechamiento del margen de acción legal combinado con el acrecentamiento de la disposición de combate de las masas.

En ese contexto, varían las tácticas y las formas de lucha. Es previsible que la guerra civil salvadoreña vuelva a exhibir formas amplias de movilización popular, las que irán perdiendo sin embargo su carácter relativamente pacífico para incorporar de manera creciente la dimensión propiamente militar. Esta aparecía ya, con carácter subordinado, en la presencia organizada de los milicianos de las organizaciones político militares en hechos como la manifestación del Domingo de Ramos y contribuyó entonces a limitar los daños que se proponían causar los aparatos represivos. Las movilizaciones que se están gestando harán una parte mucho mayor a esa presencia.

Como los nicaragüenses, los revolucionarios salvadoreños han aprendido la regla de oro de la lucha que se libra en condiciones de contrarrevolución. Ella consiste en explotar al máximo las posibilidades de agitación y organización que crean las movilizaciones amplias de masas, convirtiéndolas en fases tácticas ofensivas en el contexto de una estrategia defensiva, y echar con ello las bases para mantener la continuidad del trabajo revolucionario cuando, ante la ofensiva reaccionaria, desciende el nivel de la actividad de las masas.

En la medida en que logran prolongar las fases tácticas ofensivas y acortar los períodos de receso es como los revolucionarios aceleran el cambio estratégico cualitativo, o sea, el paso a una estrategia ofensiva, que pone en el orden del día la consigna de la insurrección general.