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La Iglesia en Brasil:

el espectro de la iranización

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 23 julio 1980.

 

La Iglesia Católica ha sido tradicionalmente una fuerza significativa en la vida política brasileña. Factor decisivo en el golpe de 1964, que dio paso a la implantación del actual régimen militar, ella se ha ido alejando de éste, para asumir progresivamente las reivindicaciones de las masas obreras y campesinas, de los pobres e indígenas, a quienes se ha cerrado cualquier vía de participación institucional. Las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), desarrolladas por el clero entre las amplias masas y que se extienden por todo el territorio nacional, son hoy un elemento importante en la reorganización del movimiento popular.

La radicalización ideológica y la capacidad organizativa de la Iglesia constituyen motivo de profunda preocupación para los militares. La recuperación del movimiento de masas, aunada a las divergencias patronales respecto al Estado y la economía, planteó en el país en otros términos la lucha por la democracia. Los militares han preferido ceder, esforzándose por mantener bajo control un proceso de redemocratización "lenta, gradual y segura", como la caracterizó el ex presidente Geisel, tendiente a conformar una democracia restringida, "gobernable".

El garbo y la tranquilidad con que los militares brasileños se han desempeñado hasta ahora de su nueva misión: redemocratizar al país "aunque sea a palos", como dice el actual presidente, general Figueiredo, ocultan, sin embargo, un secreto terror. Hay una palabra capaz de provocar escalofríos en los altos círculos del régimen: "iranización". La visión del derrumbe de una dictadura aparentemente tan sólida como la del ex sha ha traumatizado a los militares brasileños, que no ignoran la inmensa carga de sobreexplotación, opresión y miseria que pesa sobre el pueblo de Brasil.

Ese miedo, aunque tenga indudable fundamento, asume en los militares una connotación paranoica. Es así como han dado en escrutar el horizonte, soñando con el Islam y con ayatollahas. ¿Qué efecto podría producirles la convergencia entre el clero y los obreros, en la reciente huelga metalúrgica de Sao Paulo, cuando aquél abría las iglesias para que éstos pudieran realizar sus asambleas, prohibidas por el régimen? ¿Qué efecto podría provocarles la toma de posición del cardenal de Sao Paulo, Evaristo Arns, condenando a la represión gubernamental y a los patrones, mientras el obispo de Santo André (uno de los municipios afectados por el movimiento) sustituía los dirigentes sindicales arrestados en la tarea de reunir y distribuir el fondo de huelga?

A la desesperación del momento, que llevó a los militares más duros a contemplar el encuadramiento de esos religiosos en la Ley de Seguridad Nacional, siguió la expectativa de que la visita del Papa pudiera paliar el entusiasmo clerical y poner de nuevo a la Iglesia en sus carriles (o en los que los militares creen que deben ser los suyos). Pero la visita del Papa fue motivo para que, entre el pueblo e Iglesia, el país se viera sacudido por gigantescas manifestaciones, que no eran sólo de agasajo al visitante, sino también de protesta contra el régimen. En Belo Horizonte, el gobernador, nombrado por los militares, tuvo la infeliz ocurrencia en su recorrido por la ciudad: recibió una rechifla unánime (la mayor que registra la historia de Brasil) de las 700.000 personas que se habían reunido para darle a éste la bienvenida.

La hostilidad entre el régimen y la Iglesia no tiene por qué disminuir, en el futuro. No lo tiene porque está determinada por el amplio movimiento popular contra la dictadura, el cual está lejos todavía de mostrar toda su fuerza. En estas condiciones, es inevitable que siga el deterioro de las relaciones entre el clero y los actuales gobernantes y que, en muy poco tiempo, tengamos de ello nuevas demostraciones espectaculares.