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El Salvador:

la huelga general y la insurrección

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 20 agosto 1980.

 

Cuando, hace unos meses, la Junta salvadoreña desató la represión masiva a las manifestaciones populares, se hizo evidente que el proceso prerrevolucionario que vive el país entraba a una nueva etapa. Ante el obstáculo que la escalada reaccionaria ponía a su desarrollo, con la matanza del Domingo de Ramos y las que la siguieron, el movimiento de masas y sus organizaciones tenían que buscar nuevas formas para mantener el curso de su lucha.

En efecto, a partir de entonces, cualquier acción que el pueblo emprendiera tendría que enfatizar sus aspectos militares. Se modificaba, así, la situación anterior, en la que, junto al despliegue más o menos pacífico de la lucha de masas, éstos quedaban circunscritos a las operaciones de las organizaciones revolucionarias y, a lo sumo, a ciertas formas de autodefensa de masas, como se había visto en el sepelio del arzobispo Romero.

Los meses que siguieron no han hecho sino mostrar el desarrollo de ese nuevo aspecto de la guerra civil salvadoreña. Por una parte, el movimiento popular realizó un aparente repliegue, renunciando temporalmente al ejercicio de las acciones amplias de masas; por otra, dicho movimiento aceleró el traspaso de efectivos a las organizaciones político militares y éstas incrementaron sus operaciones a lo largo y a lo ancho del país.

La huelga general de tres días, llevada a cabo la semana pasada, marca un nuevo punto de viraje. Se ha podido ver cómo el movimiento de masas vuelve a utilizar las formas amplias de lucha, al tiempo que las combina con acciones específicas de las organizaciones político militares y recurre de manera más decidida al enfrentamiento directo con las fuerzas armadas del régimen.

Es desde este punto de vista como el paro tiene que ser evaluado, independientemente de que no haya tenido sino un éxito relativo en cuanto a la adhesión de los distintos sectores de la población y a la paralización efectiva de la producción y los servicios. El Frente Democrático Revolucionario lo señaló de manera certera cuando, analizando los resultados del paro, destacó que éste ha mostrado que "las formas insurreccionales van adquiriendo mayor vigencia para acelerar el proceso de liberación".

Esta característica central del proceso salvadoreño se deriva, como dije, de las condiciones en que éste ha pasado a desarrollarse, después de la matanza del Domingo de Ramos. La mayor evidencia, en este sentido, la dan las medidas represivas adoptadas por la Junta y los militares, en prevención de la huelga, así como durante su realización, que han implicado toda suerte de violencias contra la población. Pero el paso de un proceso prerrevolucionario a la fase insurreccional no se da sin cambios profundos en la correlación de fuerzas que está en su base. En el caso salvadoreño, esto ha implicado el acrecentamiento del peso de la clase obrera (y, en menor medida, del campesinado), el único sector popular que dio batalla frontal a las fuerzas represivas, pese a que éstas no dudaron en recurrir al bombardeo y al ametrallamiento desde el aire de los barrios proletarios.

Es por lo que, cuando el principal asesor norteamericano en El Salvador, coronel Eldon Commings, hace su propia evaluación del suceso, señalando que éste mostró que las fuerzas armadas populares cuentan con unos 5,000 efectivos, pero dotados de armamento "rudimentario", exhibe al mismo tiempo la lucidez y la obtusidad propias de los contrarrevolucionarios. En otras palabras: percibe la importancia que gana en el proceso la cuestión militar y, simultáneamente, no se da cuenta de que ésta no es ya fundamentalmente un asunto de las organizaciones político militares, sino de la clase obrera y el pueblo salvadoreño en su conjunto.