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Honduras:

los militares y la revolución

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 27 agosto 1980.

 

Las recientes purgas de oficiales en Honduras —dos en menos de un mes— deben preocupar a quienes se interesan por el curso de la revolución en Centroamérica. En efecto, ese país se perfila cada vez más como elemento clave en la estrategia contrarrevolucionaria planteada por el imperialismo norteamericano y las clases dominantes de la región. Al apuntar a una mayor unidad del Ejército, las purgas tratan de adecuarlo a las tareas que ésta le asigna, que pueden llegar incluso a la intervención en los países vecinos.

Los analistas hondureños coinciden en destacar el carácter particular del Ejército, Este se constituye en una verdadera fracción burguesa, a partir de la simbiosis existente entre los militares y el capital. La reconcentración de la tierra que —dando marcha atrás en la reforma agraria puesta en marcha por el mismo Ejército, bajo el gobierno de López Arellano— se realiza actualmente no hace sino acentuar el fenómeno, al beneficiar principalmente a los militares.

Esa peculiaridad del Ejército hondureño se debe al curso que ha tomado el capitalismo en el país, tras su vinculación al mercado mundial, en 1880, cuando se genera el enclave bananero. Sólo hasta después de la Segunda Guerra Mundial se verificó, en el plano productivo, el despliegue del café y la emergencia de una burguesía nacional. A su vez, la industrialización inducida por la integración regional, al centrarse sobre todo en actividades finales, que la asimilan más bien a la maquila, no ha dado lugar a la formación de un empresariado industrial fuerte y más bien lo ha subordinado al capital internacional.

En estas condiciones, el Ejército se ha afirmado como verdadera fracción hegemónica, en el seno de la burguesía. Los analistas hondureños hablan de la existencia de un partido militar, con dos alas civiles: los partidos nacional y liberal, resultado de las contradicciones en las clases dominantes. Tradicionalmente, ha sido el partido nacional el que ha compartido con los militares los privilegios del poder.

El proceso de institucionalización, lanzado este año por las fuerzas armadas, provoca des alteraciones en esa situación. Por un lado, en las elecciones a la asamblea constituyente del 21 de abril, el partido liberal logró la mayoría, aunque por estrecho margen. Por otro, tras recibir de la asamblea la presidencia provisoria, e independientemente de algunos roces con ella, el dictador en turno, general Policarpo Paz García, ha llamado a la unidad nacional, que reuniría por primera vez a las tres fracciones burguesas en un sólo bloque.

En dicho bloque, el peso del Ejército no haría sino aumentar. Basta tener presente que los gastos militares, que no superaban anualmente los 8 millones de dólares cuando la guerra con El Salvador, para un Ejército con 5,000 efectivos, bordean ahora los 100 millones de dólares, mientras los efectivos se sitúan entre 20 y 25,000 hombres. Sólo en donaciones, Estados Unidos ha contribuido este año con 30 millones de dólares, en equipo, mientras prepara la instalación de una base militar en el país, bajo la cobertura de un radar puesto a funcionar en la isla del Cisne.

Es en este contexto que se busca asegurar el monolitismo del Ejército, a través de las purgas, con el fin de convertirlo en instrumento eficaz para las tareas de contención e intervención respecto a Nicaragua y El Salvador. Ello plantea como urgente la unificación de la izquierda, vale decir, del Frente Patriótico, integrado por los dos partidos comunistas, el socialista y el democratacristiano, así como por organizaciones de masas, y las fuerzas que se dan como tarea inmediata la lucha armada contra el régimen, las cuales hicieron su primera aparición pública en el curso de la reciente huelga general en El Salvador.