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La revolución latinoamericana

y el socialismo como proceso histórico

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: exposición grabada en CIDAMO, México, D. F., ca. 1981. Captura y edición del texto a cargo de Ruy Mauro Marini-Escritos (2014).

 

La primera parte estará referida al socialismo como proceso histórico y, para eso, voy a intentar hacer un análisis de lo que fue la evolución del capitalismo, para de ahí extraer algunas líneas de reflexión. El punto de partida es la idea de que el socialismo es una cuestión inseparable de la fase imperialista del capitalismo. Lenin caracterizaba esa fase como la última etapa del desarrollo capitalista, indicando también que se trataba de la era de las revoluciones proletarias triunfantes. Pienso que ésa es una manera de ver la historia en sus justos términos, es decir, que la historia no es —como pretenden algunos— una simple sucesión de modos de producción, no es simplemente el cambio del feudalismo al capitalismo y al socialismo. La historia es, ante todo, un proceso de lucha de clases. El elemento que nos interesa, en este caso, es que la fase final del capitalismo corresponde precisamente a una nueva era de la historia de la lucha de clases caracterizada por el ascenso del proletariado como clase protagónica del proceso histórico y eso corresponde a la era de las revoluciones proletarias triunfantes. En ese sentido, la idea de que el capitalismo es una condición necesaria para el socialismo es correcta, siempre y cuando no se enfoque desde un punto de vista mecánico. Lo que pienso es que, el capitalismo va acumulando las condiciones para la revolución proletaria al generalizar la explotación capitalista y, por lo tanto, al generalizar cierta forma de la lucha de clases, acaba por convertir a todo movimiento revolucionario en un movimiento socialista.

La generalización de la explotación capitalista puede o no manifestarse de manera estricta como la formación de una clase obrera industrial. A lo que me refiero es a la generalización del proletariado en su condición básica, es decir, como un conjunto de individuos separados de los medios de producción, privados de la posibilidad de producir sus propios medios de vida. Basta el desarrollo de este proceso para que nosotros estemos situados realmente frente a la generalización de una cierta clase y de un cierto modo de la lucha de clases, sobre el cual se funda el proceso de la revolución proletaria.

La era que vivimos es la era de la revolución proletaria, que tenemos que entender como un proceso histórico, así como entendemos la era del capitalismo o la era de las revoluciones burguesas. Vamos a partir de la evolución del capitalismo con el objeto de intentar extraer algunas líneas de reflexión que nos permitan entender al socialismo como proceso histórico.

 

I.

Para Marx, la era capitalista, o la era burguesa, es todo un proceso histórico que empieza a mediados del siglo XVI. Nosotros sabemos que esta era todavía no termina. La era del proletariado se desarrolla desde su conformación histórica como clase protagónica.

La era del socialismo tiene que verse como un proceso histórico que recién empezó. Esa sería la tesis que trataré de desarrollar.

Desde fines del siglo XVII hasta fines del siglo XIX, tenemos, como hecho histórico fundamental, los procesos de la revolución burguesa. Desde la revolución inglesa hasta mediados del siglo XIX, y sobre todo a partir de la revolución de 1848, constatamos en Europa y Estados Unidos —no así en América Latina donde la revolución burguesa va a continuar durante algún tiempo— una serie de revoluciones burguesas nacionales que fueron configurando el ascenso de la burguesía al primer plano de la historia. Lo primero que salta a la vista de este periodo es el carácter progresivo y relativo de esos procesos.

El capitalismo plenamente desarrollado, sabemos, implica la generalización de las relaciones asalariadas, sin embargo, en Inglaterra vemos ya desde el siglo XVI la afirmación del capital como una fuerza importante que va ganando cuerpo en la historia, correspondiendo a un capitalismo eminentemente comercial y manufacturero. Solo después de la revolución industrial, o sea a fines del siglo XVIII, las relaciones asalariadas se van transformando en dominantes en la manufactura y empiezan a ganar terreno en la agricultura. Las relaciones capitalistas son, pues, relaciones en expansión que van destruyendo otro tipo de relaciones existentes entonces en la sociedad inglesa. Con la revolución industrial, el sector de la burguesía que funda su existencia en la misma esfera de la producción, es decir, la burguesía industrial, se destaca como el sector hegemónico y pasa a ser el elemento clave de ese proceso histórico.

Antes de la revolución industrial, e incluso hasta la revolución francesa de fines del siglo XVIII, las revoluciones burguesas se dan todavía en el marco de predominio del capital comercial y manufacturero. Son las revoluciones de 1848 las que ya se dan en una situación en que el capital industrial se ha vuelto hegemónico.

Por otro lado, vemos también una cierta asimetría en el desarrollo de la burguesía y el capitalismo. No existe un desarrollo igual de las distintas revoluciones burguesas.

La era del capitalismo que, desde el punto de vista del surgimiento de nuevas relaciones de producción, empieza en el siglo XVI, tiene su primera revolución burguesa en el siglo XVII y va a pasar un siglo para que aparezca la segunda revolución, la revolución francesa. Sólo en el siglo XIX, cuando se afirma el nuevo modo de producción, a través de capital industrial, se generaliza el proceso de revoluciones burguesas. Toda Europa y Estados Unidos son sacudidos por las revoluciones burguesas. En América Latina, este proceso comienza a hacerse presente, de manera muy mediatizada, en la segunda mitad del siglo XIX. No hay que perder de vista un hecho muy importante: con la generalización de las revoluciones burguesas —o sea, a partir de las revoluciones de 1848— la burguesía pasa a convertirse, en Europa por lo menos, de una clase revolucionaria en una clase contrarrevolucionaria.

Es decir, la burguesía sólo completó su acceso al poder bastante tiempo después de haber hecho su primera revolución, la inglesa. Al culminar su proceso de conquista del poder, la burguesía se presenta en la historia como una clase contrarrevolucionaria enfrentada al ascenso de una nueva clase, engendrada por el propio capitalismo, el proletariado.

Durante la revolución de 1848, el proletariado ya se hace presente y es reprimido. En la Comuna de París, en 1871, el proletariado hace la primera revolución proletaria de la historia que se ve frustrada. La burguesía entonces aparece plenamente como una clase contrarrevolucionaria.

En este punto quisiera señalar lo siguiente. Ya en el manifiesto del Partido Comunista de 1848, Marx se refiere a la burguesía como una clase contrarrevolucionaria que, detentando el poder, reprime a la clase emergente, el proletariado. Pero tanto Marx, como más tarde Lenin, admiten que la burguesía sigue cumpliendo un papel revolucionario en el grueso del mundo. En ese sentido van las observaciones de Marx, por ejemplo, sobre la expansión capitalista en la India, que pueden ser muy discutibles. Sin embargo, en lo esencial, lo que Marx está apuntando es que el capital llega destruyendo las viejas formas de organización social allí existentes, empujando a la India, por decirlo así, hacia adentro de la historia. Pienso que la burguesía mantiene cierta potencialidad revolucionaria hasta el momento en que el capitalismo se convierte en imperialismo. América Latina cae totalmente bajo las férulas del imperialismo cuando éste entra a operar directamente en la explotación de los medios de producción, después de la segunda guerra mundial. Es en ese momento cuando, en América Latina, la burguesía se convierte plenamente en una clase contrarrevolucionaria. Hasta entonces, la burguesía había cumplido funciones progresistas, aunque todos sabemos que en muchos aspectos no era tan progresista. Pero, a partir de la II Guerra Mundial la burguesía latinoamericana es, sin duda alguna, una clase contrarrevolucionaria que enfrenta a hierro y fuego el ascenso revolucionario proletario, campesino y popular que va emergiendo en distintos países.

Pero, volviendo al proceso de las revoluciones burguesas, habíamos señalado que presenta un carácter progresivo y relativo, que tanto el desarrollo del capitalismo como el acceso de la burguesía al poder no es igual en los distintos procesos, sino asimétrico. Otra característica de la revolución burguesa, que hay que tener presente, es que está conformada por una serie de procesos nacionales específicos, con toda una serie de condiciones propias, digamos “impuros”. Ninguno de esos procesos nacionales es una revolución burguesa que pudiera diseñarse abstractamente, en función de lo que debe ser una revolución burguesa. Cada proceso se hizo según las condiciones de la lucha de clases que existía en cada país.

Tomemos brevemente tres ejemplos clásicos de revoluciones burguesas: la inglesa, la francesa y la alemana.

En la revolución inglesa, el proceso revolucionario va a ser lidereado por una fracción de la aristocracia que se había aburguesado, por decirlo así, a raíz del proceso de acumulación originaria. El bloque revolucionario está integrado por sectores campesinos subordinados a la nueva burguesía agraria, además, por sectores artesanales urbanos y algunos sectores manufactureros de la burguesía. Es significativo que, en la revolución inglesa, la hegemonía de la fuerza social revolucionaria es la fracción agraria de la aristocracia, transformada en nueva burguesía, que se enfrentaba a la antigua aristocracia terrateniente aliada de algunos sectores del capital comercial. El proceso revolucionario se desarrolla de una manera muy contradictoria y hasta confusa, cuyo resultado no va a ser una victoria absoluta de la burguesía. Recordemos que se trataba de la primera revolución burguesa. Yo creo incluso que el proyecto de conquistar el poder no podía objetivamente ser formulado en forma clara por la burguesía. Lo que hace es resolver el proceso revolucionario mediante un compromiso, llamado “revolución gloriosa”, entre las dos grandes fracciones agrarias: la fracción terrateniente y la burguesa. Este compromiso fue favorecido por el aburguesamiento también de la fracción terrateniente ocurrido a lo largo de los cuarenta años del proceso revolucionario inglés. De esta manera, vamos a tener en lo esencial un Estado burgués que, sin embargo, mantiene a la vieja aristocracia en proceso de aburguesamiento como la fuerza hegemónica; eso es lo que da como resultado una forma particular de Estado burgués, que fue la monarquía constitucional con su división en dos cámaras: la Cámara de los Lores, donde predominaba la aristocracia feudal terrateniente, y la Cámara de los Comunes, donde estaba representada la burguesía. La primera etapa de ese Estado se va a caracterizar por el predominio de la cámara de los Lores. El proceso posterior fue la progresiva transformación del Estado desde dentro, con el progresivo predominio de la Cámara de los Comunes. Ese Estado, pues, tiene la particularidad de responder en lo esencial a los intereses de la burguesía emergente, pero quedando en manos de la aristocracia feudal. Es la aristocracia la que provee de cuadros para el gobierno, la diplomacia y las fuerzas armadas del Estado. La revolución burguesa en Inglaterra se desarrolla en una forma impura y muy compleja.

En la revolución alemana, lo que se tiene es una burguesía que se desarrolló mucho más tardíamente. En el siglo XIX se desarrolla una burguesía industrial, en el marco de un régimen feudal que se había mantenido sólido, con un Estado eminentemente feudal. En 1848 la burguesía se levanta a la cabeza de un bloque popular como en la revolución francesa, pero como lo hace en condiciones de mayor desarrollo del capitalismo, la fuerza principal de ese campo popular ya no es el campesinado —como en Francia— sino el proletariado, teniendo también un gran peso la pequeña burguesía urbana. El resultado es que, en el curso del proceso, cuando la burguesía trata de lanzarse contra la clase terrateniente para destruir el régimen feudal y abrir el camino al desarrollo del capitalismo, encuentra que tiene en su flanco, presionándola, al proletariado. A mitad del camino, la burguesía da un vuelco, rompe la alianza con el bloque social, fundamentalmente con el proletariado, y se alía con la clase terrateniente para reprimir a éste que era un enemigo mucho más peligroso. El resultado de esto es que el capitalismo se va a tener que desarrollar en Alemania en un marco de Estado feudal, conservando los antiguos privilegios de la clase terrateniente, hasta ya entrado el siglo XX.

Como se ve, solamente en estos tres casos, no existe un modelo de revolución burguesa en abstracto. Existen procesos revolucionarios concretos, mediante los cuales, en un periodo de muchos años, la burguesía se va afirmando como clase protagónica, va poniéndose a la cabeza de la sociedad de su tiempo.

Creo que vale la pena señalar lo siguiente:

Primero, como conclusión respecto al capitalismo: la transición al capitalismo es ya parte de la era capitalista que empieza con el siglo XVI. Esta constatado el momento en que surge el capital, en que empieza el proceso de transición de la era feudal a la era capitalista; transición que sólo se va a completar, como sabemos, después de la revolución industrial. Sin embargo, todo ese periodo de inicio del capitalismo es ya la era del capital, así como un niño desde que nace es ya una persona y no le hace falta ser adulto para ser una persona. Desde su niñez comienzan las fases de su desarrollo.

Segundo. Este proceso se caracteriza por el cambio de las relaciones de producción pero, sobre todo, se caracteriza por las luchas de clases violentas, que corresponden al ascenso de la burguesía al primer plano de la historia. En la era capitalista, cuando la burguesía logra su afirmación como clase dominante, el proceso se convierte en la era de la contrarrevolución burguesa. Pero la revolución burguesa es una serie de procesos que se hacen en base a compromisos y alianzas, que corresponden a las condiciones concretas que cada burguesía nacional tiene que enfrentar para transformar la sociedad y tomar el poder.

Tercero. Que la revolución burguesa, como proceso histórico, implica abrir camino al desarrollo del capitalismo. La lucha de la burguesía, en el plano de la lucha social y de la lucha política, implica que esta burguesía va creando condiciones para que el régimen capitalista de producción se expanda y se consolide; lo que se va a manifestar, en última instancia, es un cambio del sistema de propiedad. Es en el cambio de sistema de propiedad por donde podemos medir si realmente existe una revolución, si una clase está sustituyendo realmente a otra. Toda clase corresponde a un modo de propiedad, y eso lo vemos en la revolución burguesa en Europa, en el reemplazo de la antigua propiedad privada individual por la propiedad privada capitalista. De tal manera que hablar de capitalismo y revolución burguesa es hablar de un mismo proceso bajo dos puntos de vista; es hablar del cambio de las relaciones de propiedad y de la lucha de clases que hace posible este tipo de desarrollo económico.

A partir de esta constatación sobre la era de la revolución burguesa, yo quería avanzar sobre nuestro tema central, la revolución proletaria.

 

II.

La revolución proletaria presenta rasgos absolutamente distintos al proceso de la revolución burguesa. Uno de estos rasgos tiene que ver con las condiciones del surgimiento del nuevo modo de producción. Hemos visto que la burguesía corresponde al desarrollo del capitalismo que surge dentro del feudalismo, nutriéndose en cierta manera de otro modo de producción, ganando fuerza como relación económica a través del comercio, la conversión de la producción artesanal en manufacturera, etc., hasta tener la fuerza suficiente para sacudirse de esa piel que le quedaba estrecha, romperla y surgir en la historia con una plena configuración propia. El proletariado, por el contrario, no surge con el desarrollo del modo de producción socialista, sino dentro de un largo periodo del capitalismo. Es decir, la simple existencia del proletariado no genera relaciones socialistas. Bajo el capitalismo se desarrollan las condiciones que permiten el surgimiento del socialismo, se desarrolla el proletariado, la concentración de los medios de producción, etc., pero el socialismo no puede surgir dentro del capitalismo, debe surgir fuera de él, a través de una ruptura radical. Este aspecto de la revolución proletaria es muy importante por el hecho de que, a mi modo de ver, ahí residen las razones fundamentales de crítica al reformismo.

El reformismo, en sus diferentes variantes, cree que es posible desarrollar formas socialistas de producción dentro del capitalismo y ganando posiciones, transitar simplemente de la sociedad capitalista al socialismo. La verdad es que todo lo que el socialismo trata de hacer dentro del capitalismo sólo refuerza al capitalismo y no asegura de ninguna manera una sociedad socialista La sociedad socialista sólo puede surgir de la ruptura de la sociedad capitalista. Las formas más avanzadas del capitalismo de Estado, que es lo que más podría acercarse al socialismo, han permitido el resurgimiento del capital privado con mucha más fuerza que antes, consolidando al capitalismo al revés de orientar a la sociedad al socialismo. Piensen ustedes en el caso de Egipto con Nasser, el de Perú con Velasco Alvarado, intentos de capitalismo de Estado que han conducido a reforzar al capitalismo y no al revés. Se nacionaliza la banca, se nacionaliza el comercio exterior, se estatiza esto, se estatiza lo otro, pero no se resuelve para nada el problema de la revolución socialista. Más bien, estos instrumentos van a jugar en favor del reforzamiento de la burguesía, mientras se mantiene la dominación burguesa, mientras no se hace pues la revolución proletaria.

Otra diferencia importante entre la revolución proletaria y la revolución burguesa es que esta última sólo es posible sobre la base de un cierto desarrollo de las relaciones de producción capitalista. Si el capital no tiene un cierto grado de desarrollo no hay una burguesía con fuerza suficiente para plantearse la toma del poder. En el caso del proletariado su situación es distinta en la medida que la toma del poder, o más bien la revolución proletaria, es condición para el surgimiento y desarrollo del socialismo, y no al revés.

La revolución burguesa se da sobre la base de un cierto desarrollo del capitalismo, sin ese desarrollo ella no es posible. La revolución proletaria, al revés, es la condición para el desarrollo del nuevo modo de producción.

Estas cuestiones son importantes porque nos permiten encarar de otra manera las cuestiones de la estrategia y táctica de la revolución proletaria.

Las constataciones sobre estas dos eras, de la revolución burguesa y la revolución proletaria, nos interesan también por sus semejanzas. La primera semejanza está en que, al igual que la revolución burguesa, la revolución proletaria se presenta como un proceso histórico, se desarrolla en un espacio largo de tiempo, involucrando diferentes procesos particulares que se nos han presentado hasta ahora como procesos nacionales. Y nada nos dice que esto pueda cambiar en corto plazo.

Esto nos permite observar lo erróneo del intento de erigir algunas formas particulares en modelo para otras revoluciones. Porque así como se tomó a la revolución francesa como modelo de revolución burguesa, descalificando como tal a todo proceso que no se pareciera a ese modelo, así también se ha dado en el marxismo el intento de erigir, por ejemplo, a la revolución rusa como modelo de la revolución proletaria. Ciertos fenómenos que eran específicos de las condiciones en que el proletariado ruso hizo su revolución fueron tomados como leyes generales de la revolución proletaria.

Un ejemplo de fenómeno particular de la revolución rusa, es lo que se ha llamado la acumulación originaria socialista. La teoría de la acumulación originaria socialista surge en los años 20s y es retomada por Stalin para la implementación de sus planes quinquenales. La idea básica de esta teoría es que, en un país muy atrasado como Rusia, es necesario impulsar el desarrollo de la acumulación de medios de producción, de recursos productivos, que permitan dar el salto hacia una etapa de industrialización superior, reforzando en ese proceso a la clase obrera. En un país atrasado, en un país agrario, esto tiene como costo la expropiación de los campesinos. Los campesinos tienen que cargar con la mayor parte del costo de la acumulación originaria socialista. Ustedes saben que en la URSS esto se hizo de una manera brutal, sobre todo a través de la colectivización forzosa hecha por Stalin en los años 30. La colectivización fue prácticamente una guerra civil dentro del proceso revolucionario, un enfrentamiento armado con los campesinos, que fueron obligados a ceder sus excedentes, sus tierras. La colectivización y reorganización de la agricultura se expresó también en una violenta lucha interna dentro del partido, que terminó con la liquidación de la vieja guardia bolchevique, con los procesos de Moscú de 1935-36.

Los últimos grandes líderes del partido bolchevique, que no habían sido desplazados en el momento de la lucha contra el trotskismo, fueron simplemente eliminados, fueron ejecutados. El más notable de ellos fue, como ustedes saben, Bujarin, quién por lo demás se oponía a la tesis de acumulación originaria socialista. Este fenómeno particular de la revolución rusa se preservó durante algún tiempo como una ley general de la construcción del socialismo en los países atrasados. Pero si nosotros observamos la construcción del socialismo, por ejemplo en Cuba, encontramos que allí no ocurre ninguna acumulación originaria socialista de esa manera. Allí no hubo ese tipo de enfrentamientos con el campesino. En lo general, en Cuba el desarrollo socialista no se hizo a costa de los sacrificios de los campesinos, al contrario, ellos obtuvieron una serie de ventajas. ¿Y qué significa eso, que no es una revolución socialista? Lo que pasa es que en la revolución cubana las relaciones de las clases sociales eran muy distintas. El campesinado era otro tipo de campesinado, en la mayor parte compuesto por obreros agrícolas que además no eran el sector más importante, desde el punto de vista de la producción. Además, para dar el salto o iniciar la construcción del socialismo, Cuba contó con el apoyo de los recursos del campo socialista, y en particular de la URSS, haciéndose indirectamente beneficiaria de la acumulación originaria socialista que allí ocurrió. Esto demuestra que eso que tomaron como una ley general de la construcción socialista en los países atrasados, hasta los años 60s, era absolutamente incierto. No es ninguna ley sino una particularidad de la revolución rusa, que se debe a las condiciones de la lucha de clases, nacionales o internacionales, en que nace esa revolución.

Otra semejanza entre la revolución proletaria y la revolución burguesa, que se deriva de la anterior, se debe al hecho de que las revoluciones proletarias, por las condiciones internas y externas en que se hacen, asumen una configuración absolutamente específica dentro del marco general que llamamos la era de la revolución proletaria. Las condiciones de las clases, las alianzas, etc., mediante las cuales el proletariado impulsa y dirige el proceso revolucionario es lo que le da un sello distintivo a cada revolución. La revolución proletaria, como la revolución burguesa, se constituyó pues de procesos “impuros”; es decir, no determinados sobre la base de un modelo abstracto, ideal.

La revolución proletaria, como la revolución burguesa, tiene la característica de ser un proceso universal, en el sentido de que, cuando se abre la era de las revoluciones burguesas, todos los grandes movimientos sociales, todas las revoluciones que se van haciendo, asumen tal carácter, aunque en el país en cuestión podría ponerse a discusión si existía burguesía o no. ¿Por qué razón? Porque el capitalismo se había ya afirmado como sistema internacional y las bases sobre las cuales tienden a girar las relaciones económicas son los intereses del capital.

Al respecto, hay un texto de Marx muy interesante, en el que se refiere a la oligarquía esclavista del sur de Estados Unidos, los esclavistas de la explotación del algodón. En este texto, Marx dice lo siguiente: el que a los dueños de plantaciones de América —es decir, Estados Unidos— no sólo los llamamos capitalistas sino que lo sean, pese a que son esclavistas, se basa en el hecho de que ellos existen como una anomalía dentro del mercado mundial basado en el trabajo libre. ¿Qué significa eso? Que esa economía esclavista se comporta en función de la ley de la ganancia y la plusvalía, y eso es así porque las leyes internacionales se imponen dentro de esa economía particular, que existe como capitalismo anómalo. Eso significa que si el capital se impone, como régimen económico a nivel mundial, el proceso de revoluciones que va ocurriendo se va centrando en torno al movimiento general de la revolución burguesa. Ahora bien, una vez generalizadas las relaciones capitalistas a nivel mundial y, por lo tanto, desarrollado el proletariado en sus diferentes formas urbanas y agrarias; una vez generalizado también un sistema de dominación contrarrevolucionario, opuesto a los intereses de las masas, no puede existir un proceso revolucionario auténtico que no se inscriba dentro del proceso de la revolución proletaria. Es cierto lo que el Che Guevara decía, que en las condiciones actuales o se hace una revolución socialista o se tiene una caricatura de revolución. Y eso nos lleva a que nosotros podamos afirmar que los procesos “impuros” de revolución de Angola y Mozambique, por no decir Cuba o Nicaragua, sean parte del proceso de la revolución proletaria. Esos son los procesos mediante los cuales se va realizando la revolución de nuestra época y nosotros no ganamos nada en negarles el carácter de revolución proletaria. Para su análisis tenemos que partir de cuáles son las condiciones internas y externas de la lucha de clase en cada revolución, a qué se deben las formas específicas que asumen. Eso sí que enseña y enriquece la teoría revolucionaria.

De esto se derivan algunas consecuencias. La primera de ellas es que los procesos de revoluciones proletarias o socialistas no se pueden enjuiciar a la luz de lo que debe de ser el socialismo en abstracto, deducido de algunos manuales, y menos todavía de lo que debe ser el comunismo, un error muy frecuente en los críticos del socialismo. La situación llega a un punto tal de caricatura que hoy día se habla con lujo de menosprecio, de burla, llamándole “socialismo real”. La verdad es que no hay otro socialismo que el real, los demás son socialismos abstractos, imaginarios, ideales, fantasmagóricos. Pero el socialismo realmente existe y eso es lo que nos interesa. Ponerlo entre comillas, tratarlo con burla, no ayuda nada, no nos hace avanzar un paso en la comprensión de la historia.

Por otra parte algunos autores, críticos también del socialismo, se niegan a llamar socialistas a las sociedades socialistas actuales y prefieren llamarlas sociedades postcapitalistas. Podríamos dejarlo así, pero eso no nos aclara bien la naturaleza de esas sociedades. Porque si yo me refiero a las sociedades que surgen en el siglo XVII y digo que son sociedades postfeudales, eso puede ser cierto, pero ya no sé qué tipo de sociedades son; sé que no son feudales, pero no sé qué son.

Lo que nosotros no podemos perder de vista es que el socialismo es un periodo de transición y como tal viene cargado de una herencia que recibe de la sociedad capitalista, por eso viene lleno de impurezas y deformaciones. El problema central para nosotros es de otro carácter, es saber si el proceso que se está desarrollando tiene o no una tendencia central socialista que le encamina al cambio de la relaciones de producción, del modo de producción, de la dominación de clase.

Por otra parte, una segunda conclusión es que la revolución proletaria marca el ascenso del proletariado al poder, pero ese ascenso se da por medio de luchas, de alianzas, de compromisos de la más variada índole, según las condiciones concretas en que se encuentra el proletariado en cada país y en cada época.

Creo que situaciones tan raras —como las que señalaba con Inglaterra, en que tenemos una revolución burguesa que mantiene a la cabeza del Estado a la aristocracia feudal— no debieran de extrañarnos si presentaran un proceso de regresión. Creo que, con algunas variantes, esa situación ha estado presente en China en algunos momentos en que a la cabeza de la revolución se encuentra al campesinado, incluso, a veces encontramos que sube la burocracia. Es una lucha que se va desarrollando, a mi modo de ver, dentro del periodo de transición al comunismo, dentro del socialismo. Creo que algunas categorías propias de la revolución burguesa podrían ser estudiadas con una nueva visión para intentar explicar ciertos fenómenos que se dan en el socialismo; porque sobre el socialismo hay una gran pobreza en el estudio, parece como si la gente se enardeciera un poco frente a los problemas del socialismo, y está a favor o está en contra, aplaude o chifla, pero analiza poco. Para el análisis del socialismo, el marxismo presenta limitaciones que no tiene por qué presentar, si los marxistas fueran más creadores en su proceso de análisis.

Finalmente, decíamos que, para que uno pueda afirmar con seguridad que se está frente a un proceso socialista, la cuestión clave de toda revolución es la cuestión de la propiedad. A mi modo de ver, el elemento que nos asegura que estamos en una nueva era, que estamos entrando a una etapa distinta de la humanidad, es sin duda alguna el paso de la propiedad privada capitalista a la propiedad colectiva social. Hoy día, lo que nosotros vemos es la propiedad colectiva fundamentalmente estatal, lo que se debe a los problemas del Estado mismo, la no desaparición del Estado, su reforzamiento. Esos son problemas a estudiar mejor al afrontar el problema de las sociedades socialistas.

En suma, creo que el socialismo sólo puede ser entendido si nosotros nos abrimos a la historia, a la realidad, nos deshacemos un poco de las ideas hechas, de las fórmulas, de los modelos y contemplamos al socialismo como una era histórica, como un proceso histórico que se da siempre de manera contradictoria, con avances y retrocesos de manera no muy limpia, a veces bastante sucia, siempre impura. Así se hace la historia. No se hace de manera bonita, no se hace como en el cine. Entender, además, que estamos viviendo un cambio, una nueva era, una fase de transición. Hoy día, en el mundo no podemos encontrar sociedades comunistas mientras el capitalismo siga existiendo, sobre todo con la fuerza que tiene hoy. Lo que tenemos son revoluciones socialistas con las características de impureza, de heterodoxia, que cada uno de estos procesos puede tener.

 

III.

Al respecto, los puntos que voy a tratar de desarrollar ahora son los siguientes:

1. La revolución latinoamericana, siendo parte del proceso de la revolución socialista y proletaria mundial, comienza a esbozar una contribución propia, original, a la revolución proletaria. Esa contribución no implica en nada romper el marco general de la revolución proletaria, que a mi modo de ver se constituye por dos elementos fundamentales: el control de la economía con la colectivización de los medios de producción y la construcción de un nuevo Estado con nuevas formas de democracia.

2. El hecho de que la revolución latinoamericana esté dando este tipo de contribución original no es simplemente el resultado de un acto de voluntad, sino de la presión de los factores objetivos que operan sobre la revolución latinoamericana.

3. El hecho de que surjan elementos nuevos en los procesos revolucionarios latinoamericanos, respecto a los procesos que las precedieron, confirma la idea de que la revolución proletaria se hace como un proceso histórico y, a medida que su desarrollo se va cumpliendo, también va encontrando mejores condiciones para lograr sus objetivos. De la misma manera como el desarrollo de la revolución burguesa fue dando sociedades burguesas cada vez más desarrolladas, más perfeccionadas, el proceso histórico de la revolución socialista también va creando mejores condiciones para su propio desarrollo.

Esta visión de la revolución socialista como proceso histórico nos permite, en cierta manera, superar la confrontación tradicional entre reforma y revolución, entre el cambio gradual y el cambio violento, entre los métodos parlamentarios y la lucha armada, etc. Analizando la realidad, los cambios sociales, las revoluciones no se hacen de manera ininterrumpida, sino que pasan por periodos de rupturas, de cambios bruscos que expresan los desplazamientos de las clases, el cambio de una clase en el poder por otra. Las reformas se realizan bajo la dominación de la antigua clase expresando las condiciones que tiene la clase revolucionaria para arrancar esas reformas a la clase dominante, expresan pues un proceso de acumulación de fuerzas de la clase revolucionaria; pero no cambian radicalmente la situación entre las dos clases, o sea, mantiene el esquema de dominación vigente. Pero distintas son las reformas que la clase revolucionaria impone una vez que ella detenta el poder, pues lo hace a partir de una nueva dominación de clase. Mediante este enfoque es posible disipar ciertas confusiones siempre planteadas por el reformismo. Por ejemplo, en el caso de Chile, la idea de que era posible llegar a un cambio radical mediante una acumulación de reformas, sin contemplar qué significaba la toma del poder y la posibilidad de hacer cambios mucho más radicales a partir del poder. Ese planteamiento llevó a una enorme confusión entre lo que era la toma del poder y las tareas de la transición. Las tareas de la transición sólo se pueden cumplir desde el poder, mediante reformas impuestas y no mediante reformas arrancadas.

Por otro lado, interviene la fuerza de la burguesía internacional, y eso el caso chileno lo mostró muy claramente. Por ello, pese a que los procesos de la revolución proletaria tienen un marco nacional, la burguesía —que es una clase internacionalizada— tiene condiciones para mantenerse en el poder, aun cuando la correlación de fuerzas internas le es desfavorable en un momento dado. Esta idea nos lleva a reflexionar que si hubiera un cambio de la correlación de fuerzas a nivel internacional, que pusiera al capitalismo en posición de inferioridad frente al socialismo, se abrirían las posibilidades de revoluciones relativamente pacíficas en el plano nacional. Pero tal situación es prácticamente imposible mientras la burguesía se mantiene como fuerza dominante en el plano internacional.

Ahora bien, la revolución latinoamericana se viene realizando en un marco de relaciones internacionales en que el capitalismo sigue siendo el sistema dominante y la burguesía la clase dominante a nivel mundial. Sin embargo, habría que analizar un conjunto de factores que constituyen elementos de presión sobre los procesos revolucionarios latinoamericanos, obligando a buscar formas novedosas de transición al socialismo. Entre esos factores que presionan al proceso insurreccional latinoamericano —dificultando o favoreciendo, pero obligándolo a realizarse por nuevos caminos— quiero mencionar en primer lugar el estado de la relación de fuerzas entre el capitalismo y el socialismo, y los cambios que se vienen observando allí. Estos cambios surgen, en primer lugar, de un reforzamiento del campo socialista en el plano militar, logrando prácticamente un equilibrio militar y, en segundo lugar, de un proceso de expansión del socialismo, que se viene acelerando y que ha hecho avances notables particularmente en la década de los 70s. Esta situación ha venido trabajando para modificar la relación de fuerzas en el plano internacional, poniendo dificultades a las soluciones militares de intervención que rompan el equilibrio entre los campos.

Este proceso de cambio de la relación de fuerzas internacionales, en condiciones de equilibrio militar, se caracteriza por una capacidad de dinamismo y de expansión del socialismo mucho mayor que la del mundo capitalista.

Muy ligado a eso, constatamos el ascenso y el cambio de calidad de los movimientos revolucionarios en la periferia capitalista. Después de la II Guerra Mundial, éstos se expresaron como movimientos de descolonización, que no movilizaban al conjunto de las fuerzas sociales en función de objetivos radicales y de carácter social, sino que eran procesos, en alguna medida, de negociación con las metrópolis. El caso más típico es, tal vez, el de la India. Al no ser movimientos para ruptura de los vínculos coloniales y de dependencia, se limitaban a la posibilidad de cambios en la correlación de fuerzas al interior de esos países, cambios en las alianzas de clases y en la dominación de clases.

En la siguiente etapa, esos movimientos de la periferia asumieron ya un carácter más radical de enfrentamiento, implicaron movilizaciones amplias de masas trabajadoras y en particular de campesinos. Hablamos de los movimientos de liberación nacional de fines de los 50s y principios de los 60s. Allí el caso típico es el de Argelia, que ya implica cambios sociales importantes, pero no es un proceso más radical de revolución proletaria y se estanca durante un largo periodo, lo que es perder terreno o tiende a retroceder.

Finalmente, encontramos una tercera forma del alza de los movimientos revolucionarios en esos países, que lleva a la ruptura no sólo de los vínculos coloniales sino de la misma estructura social y de las relaciones de dominación de clase; que vincula pues el proceso de liberación nacional al proceso socialista. En esta forma, la liberación nacional forma parte del proceso de la revolución proletaria. Los casos más típicos son el de Cuba y Vietnam, y los que siguen en la década de los 70s, como Angola y Mozambique. Casi todos los movimientos de liberación tomaron esa forma, a excepción de Irán que tiene condiciones muy particulares. Hay otros casos de descolonización, como Belice y Surinam, aunque allí no se trata de movimientos de liberación propiamente dichos. Pero la forma dominante de los movimientos de masa en los países dependientes y coloniales es la de su integración al proceso de la revolución proletaria, que de hecho surge en los años 60s y se afirma en el curso de los 70s.

Finalmente, un tercer factor que afecta la correlación de fuerzas a nivel mundial es la crisis del capitalismo. Esa crisis, además de los factores propios que viene produciendo —sociales, económicos, políticos— parece ser algo más que una simple crisis capitalista.

Parece estar indicando un cambio de periodo en la evolución del capitalismo, un cambio similar al que ocurrió a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, expresándose en el desplazamiento de la hegemonía capitalista de Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania, con sus efectos de primera y segunda guerras mundiales y el surgimiento del socialismo. Entre los años 1930-40 ese proceso de desplazamiento termina con la plena hegemonía de Estados Unidos y de cierta manera se congela por un periodo la expansión del socialismo. En esa fase de los años 1930-40 surge un elemento nuevo, que viene desarrollándose de la fase anterior y que en esta nueva etapa va a adquirir su plena expresión, los movimientos revolucionarios en los países dependientes y coloniales. La década del 70 y lo que va del 80 están indicando la apertura a un nuevo periodo con la declinación de la hegemonía norteamericana en el campo capitalista y una pérdida progresiva de las posiciones del capitalismo respecto del socialismo, respecto al proceso de la revolución proletaria.

Allí está un elemento clave para que ese cambio en la correlación de fuerzas se vaya dando. Un elemento más importante que las contradicciones interimperialistas y el desarrollo del campo socialista es el movimiento revolucionario de la periferia capitalista que, surgiendo en el tránsito de un periodo a otro, en este momento parece ser el factor más importante, el más dinámico, el más decisivo, para volcar de manera definitiva la correlación de fuerzas a nivel mundial y abrir una nueva etapa, en la cual el imperialismo pase a ser realmente la fuerza más débil en la correlación mundial de fuerzas. Si eso se diera, hecho que hasta ahora nosotros no conocemos, abriría la posibilidad de una expansión más rápida de la revolución proletaria y la posibilidad de que ésta se diera por medios pacíficos en ciertas zonas.

De confirmarse esta tendencia al cambio de la correlación de fuerzas, el imperialismo se vería obligado a una política menos agresiva, mucho más sutil y diplomática destinada a asegurar algunos intereses. Creo que existen ya algunas señales que anuncian ese posible cambio de la política imperialista, una de ellas es la política de Carter, en los dos primeros años de gobierno. La enorme debilidad que tiene Estados Unidos en ese momento, al salir de la guerra de Vietnam y otros factores como Watergate, etc., se expresó en esos dos primeros años en una política más sutil, más cuidadosa para asegurar sus intereses, pero por medios distintos a los que el imperialismo utiliza normalmente y que Carter volvió a usar en la segunda mitad de su periodo, y que se intensifica con Reagan. Otra señal de un posible cambio de la política imperialista, que anunciaría una nueva etapa para la revolución socialista, puede ser la política europea en general; pero en particular la política de la socialdemocracia europea respecto a los movimientos revolucionarios que se van desarrollando a escala mundial.

Un segundo orden de factores que operan en el sentido de modificar las condiciones internacionales, en que se realiza la revolución latinoamericana, es el intercambio económico creciente entre el campo socialista y el campo capitalista.

Sabemos que un elemento clave del desarrollo del socialismo está en el desarrollo de las fuerzas productivas; que no es posible avanzar en lo que Marx llamaba el “reino de la libertad” sin un desarrollo apreciable de las fuerzas productivas, que vayan liberando a la humanidad de los problemas más difíciles de subsistencia. Pero este elemento también es importante desde un punto de vista más inmediato, en el cambio de las relaciones de fuerzas entre los dos campos. Debido al gran desarrollo de las fuerzas productivas en el campo capitalista, la búsqueda por resolver este problema en los países socialistas pasa por establecer relaciones económicas con el campo capitalista a través del mercado mundial. En los últimos 20 años se han presentado diversas soluciones a este problema. Entre las soluciones “izquierdistas” destaca, desde luego, la situación china en la fase de la revolución cultural; la negación de la tecnología, el intento de construcción del socialismo sobre la base de pequeñas unidades de producción urbano-rurales. Ése rechazo chino, en parte expuesto por las circunstancias difíciles para establecer relaciones con el campo capitalista e incluso con los países más avanzados del campo socialista, son un ejemplo de las soluciones “izquierdistas”. Pero más grave y dramático, con resultados mucho más siniestros, es el caso de Kampuchea bajo Pol Pot. Este caso dejó un saldo, si no me equivoco, de tres millones de muertos. Fue una experiencia realmente siniestra de tratar de construir un socialismo campesino con la despoblación de las ciudades.

Más recientemente tenemos soluciones de derecha, o sea, en las que países socialistas se abren a puertas anchas al mercado mundial, a las inversiones, aceptando incluso los patrones culturales y los patrones de desarrollo del capitalismo. El caso más dramático de las soluciones de derecha es sin duda el de Polonia, con la deuda externa que tiene, con la crisis económica que vive, con el estímulo al consumo interno y los problemas políticos que todos conocemos.

Es decir, si entendemos que para el desarrollo del socialismo el desarrollo de las fuerzas productivas juega un papel claro y que no es posible solucionar ese problema sin una cierta vinculación al mercado mundial, tenemos que pensar que los países socialistas tienen que caminar sobre el filo de la navaja, evitando caer hacia un extremo o al otro. El desarrollo de las fuerzas productivas no puede ser tomado como un objetivo en sí mismo, sino entendido desde la perspectiva de subordinación a los objetivos del socialismo, de que tiene que servir efectivamente para el desarrollo de la sociedad, elevar los niveles de bienestar de la masa evitando simultáneamente las desviaciones, los peligros para el comunismo. Estos problemas se presentan como un mal endémico en casi todas las economías socialistas de hoy día, porque no se ha sido capaz de enfrentar el problema desde un punto de vista, yo diría, ideológico-cultural; o sea, un cambio real de los patrones de consumo de la gente, que corresponda a un cambio de mentalidad. Hoy día, viendo las lecciones de la historia, viendo la situación de China, Kampuchea y de Polonia; viendo la importancia que tiene todavía el mercado capitalista, es obligación poner un gran énfasis en el desarrollo ideológico, político y cultural de las masas, en el marco de los procesos revolucionarios. Creo que esa preocupación está presente en todos los países socialistas, pero tendrá que estar presente con mucha más fuerza en países como Nicaragua, dadas las condiciones que tiene. Creo que los sandinistas este problema lo han enfrentado muy bien, pero el problema ideológico y cultural sigue siendo una cuestión particularmente difícil para Nicaragua.

Una tercera línea de presiones que experimentan las revoluciones que se están haciendo, y las que se van a hacer en América Latina, viene de las lecciones de la historia en lo que se refiere a los instrumentos que se pueden emplear para la construcción del socialismo. Me refiero a que hoy día una revolución socialista tiene que ser mucho más política que económica. Nicaragua es un ejemplo en ese sentido. Más importante que las nacionalizaciones son el desarrollo del poder popular, la movilización de las masas, la institucionalización de sus organizaciones para, a partir de ahí, ser capaces de determinar el curso de la evolución económica y no simplemente mediante las nacionalizaciones y el control del aparato estatal. Este problema se planteó de manera bastante evidente en el último periodo del proceso chileno, que justamente había tomado otro camino; había puesto sus esperanzas más en las nacionalizaciones que en el poder popular, para resolver el problema de la transición. En Chile se pudo ver claramente que la idea de las nacionalizaciones no asegura para nada el poder popular, el poder de las masas; más bien, se tuvo el enfrentamiento del Estado y de una parte de la izquierda contra los organismos del poder popular que surgían.

Por otro lado, las dificultades económicas externas e internas obligan a mantener diferentes formas de propiedad en el proceso de transición, expresándose entonces las relaciones de las diferentes clases.

El pluralismo político real, se basa en la existencia de diferentes fuerzas integradas en la alianza de clases amplia, dentro de la cual se mueven las fuerzas revolucionarias. Por otra parte, este pluralismo se debe también al tipo de presiones y apoyos que recibe el proceso revolucionario desde el plano internacional, a partir de los cambios que van ocurriendo en la política imperialista. En el caso concreto de Nicaragua se observa claramente que el pluralismo político no es el resultado de un acto de voluntad, sino de las condiciones concretas de la relación de clases, interna y externa, que presionan al proceso revolucionario. A mi modo de ver, los nicaragüenses han tenido varias veces la tentación de avanzar en el proceso de nacionalización más allá de lo que las condiciones lo permiten, lo que llevaría a restringir enormemente el margen en el cual se ejerce el pluralismo. En Nicaragua, la coexistencia de diferentes formas de propiedad, la correlación de fuerzas internacionales, etc., son las condiciones concretas en las que se tiene que desarrollar el proceso revolucionario. Otras revoluciones no habían tenido esas mismas condiciones, más bien habían tenido que moverse en un sentido inverso. En otros casos, para poder llevar adelante el proceso revolucionario, la condición había sido asegurar una conducción muy centralizada en el partido y en el Estado.

Ahora bien, para que, en las condiciones actuales de la relación de fuerzas, uno pueda pensar que los procesos revolucionarios van a cristalizar en una nueva forma de tránsito que podríamos llamar democracia revolucionaria de masas, se requiere en primer lugar y como condición básica que el Estado haya sido conquistado. Y el elemento fundamental para la toma del poder es el que los revolucionarios cuenten con una fuerza militar propia, con un ejército propio; ésta es la condición sin la cual la democracia revolucionaria de masas no se puede ni siquiera imaginar. ¿Por qué? Porque los procesos revolucionarios se dan todavía en condiciones de mayor fuerza de la burguesía internacional; por lo tanto, ese peso inducido de la burguesía interna sólo puede ser contrarrestado con la fuerza de las armas.

Si se preguntaran qué es lo importante en la experiencia nicaragüense —y que parece ser importante también en la experiencia salvadoreña— pues en primer lugar, sin duda alguna, estaría el hecho de que han podido construir un ejército propio. En segundo lugar que la utilización del Estado no es tanto para hacer nacionalizaciones, sino para el desarrollo de la organización de las masas y la ampliación de los organismos de poder popular. Y eso tiene que ser así debido a que el poder que detentan los revolucionarios se ve amenazado por la existencia de una alianza de clases muy diversificadas, por el hecho de que tienen que apoyarse en elementos internacionales que incluso devienen del imperialismo. Y en tercer lugar que en esos países —Nicaragua, El Salvador— se han construido efectivamente frentes amplios nacionales que implican una diversidad mucho más rica de alianzas de clases que desde luego sólo se han podido hacer esos frentes sobre la base de una unidad revolucionaria. Sin ese elemento de unidad la política revolucionaria no está asegurada.

En este sentido, si uno ve la forma que asumió el sistema político, el sistema de fuerzas políticas, en revoluciones precedentes, observamos cambios muy interesantes que están respondiendo a las condiciones históricas en las cuales las revoluciones se van realizando.

En el caso de la URSS, por ejemplo, tenemos la experiencia de un partido único, aunque no fuera inicialmente la intención de V. Lenin. Lenin no tenía gran interés en un partido único, buscaba más bien una forma de pluripartidismo, pero las condiciones internas e internacionales no van a permitir eso. La presión del imperialismo, la capacidad de resistencia de la burguesía interna y la infiltración internacional, son tan grandes que obligaron al proceso revolucionario a marchar rápidamente hacia una centralización de la fuerza, como elemento para contrarrestar la amenaza de la contrarrevolución. Si, por ejemplo, tomamos el caso de las democracias populares de Europa oriental, encontramos que la idea del multipartidismo se mantuvo presente. Pero las condiciones en que se va implantando el Estado socialista, las condiciones de la guerra fría, llevaron a que las alianzas partidarias expresaran alianzas de clase puramente formales, sin contenido. En el caso de Polonia, sabemos que existe un partido de la pequeña burguesía, un partido campesino y existe el POUP, pero en realidad los otros dos nunca tuvieron ninguna existencia y siempre el poder estuvo concentrado en manos del POUP, con los problemas que evidentemente crea la centralización excesiva del poder y del control. En el caso cubano, durante la primera fase de la revolución, se mantuvo una dialéctica bastante viva entre las diferentes fuerzas partidarias y entre lo que era el Partido Comunista y el Movimiento del 26 de Julio. Sin embargo, ahí también se llegó a la formación de un partido único. En parte, esto se puede explicar por las condiciones de enorme hostilidad en que Cuba tuvo que asegurar el poder, pero también por la influencia soviética que favoreció una solución de ese tipo. Si contemplamos la experiencia nicaragüense, vamos a ver una situación distinta. Tenemos que el problema de la unidad revolucionaria es resuelto en el FSLN a través de la unión de las tres tendencias, pero aún antes del triunfo de la revolución se trata de conformar un frente amplio, que es el Frente Patriótico. Este frente se mantiene incluso después de la toma de poder y va a dar lugar a la formación de un sistema de partidos, que los hechos mismos van obligando a revitalizar aun cuando a veces se debilita. Si tomamos el caso de El Salvador, la situación no es distinta, es decir, el FDR incluye a una serie de partidos y tenemos que el FMLN corresponde a otro tipo de alianzas que prefiguran lo que debe de ser, en el futuro, el partido revolucionario. Aquí también todo indica que las condiciones en que los revolucionarios pueden triunfar los obligan, incluso, a un mayor compromiso para mantener un sistema de alianzas amplio, quizá mucho más amplio que en la experiencia nicaragüense.

En conclusión, el cambio de la correlación de fuerzas internacionales, por un lado, favorece al proceso revolucionario en América Latina; pero, por otro, lo presiona, obligando a buscar formas mucho más pluralistas y democráticas de conducción y a un proceso más gradual de la transformación de la estructura social, particularmente del proceso de colectivización. La única manera de asegurar el proceso revolucionario, está en contar con una fuerza militar propia y un movimiento revolucionario de masas, contar con el poder popular. Ésa es la única forma de compensar las presiones que sufre constantemente el proceso revolucionario y que obligan a hacer concesiones que, en cualquier momento, podrían desviar la ruta del proceso revolucionario. En las condiciones actuales, es posible ahorrar el costo de una colectivización forzosa sobre la base de una cierta negociación y de cierto compromiso, siempre y cuando se aseguren dos elementos claves: la fuerza militar y el poder popular. A partir de allí, nos podemos plantear que el problema del socialismo no está en el desarrollo de las fuerzas productivas, sino en la democracia proletaria, que implica una presencia real de las masas en el control de la economía y que asegure, en el plano político, el control del poder y una línea revolucionaria. Creo que las condiciones que tenemos hoy día van a dar un socialismo distinto al que nosotros hemos conocido.