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La situación de la dictadura

y el problema de la unidad

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Correo de la Resistencia, órgano del Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile en el exterior, número 5, noviembre de 1974, (Editorial). Versión original [PDF].

 

Transcurrido más de un año de su formación, la junta militar que gobierna Chile sigue enfrentada a serias dificultades. En el plano internacional, su impopularidad va en aumento y repercute ya en las mismas Naciones Unidas, moviliza en contra suya a importantes sectores de gobiernos de países capitalistas europeos, agrava sus malas relaciones con varios países latinoamericanos, particularmente con México que, en forma ejemplar, rompió con ella, y suscita la más vehemente repulsa por parte de las masas trabajadoras de todo el mundo, llevando a la Federación Sindical Mundial a proclamar, en su último congreso, que 1975 será el Año de la Solidaridad con el pueblo chileno. La situación ha llegado a tal punto que la agencia de publicidad y relaciones públicas “Walter Thompson”, con sede en Nueva York, contratada por la Junta para que mejorara su imagen internacional, dio por terminado el contrato, firmado con ésta en agosto pasado, debido a la impopularidad del régimen chileno, según declaraciones de la misma agencia.

Las cosas no le van mejor a los militares en el plano interno. La recesión económica que vive el país, debido a las medidas “estabilizadoras” y “liberalizantes” del gobierno (lo que uno de los responsables de la política económica, Fernando Léniz, llamó “la economía social de mercado”), no sólo golpea a las masas proletarias y semiproletarias del campo y la ciudad, sino también a la misma base social con que contó la junta en un comienzo: las capas medias burguesas y pequeñoburguesas, oprimidas por el peso del gran capital. En el seno mismo de la gran burguesía, algunos sectores desplazados o que se benefician menos con la actual política económica provocan conflictos y roces. Todo ello se traduce en una lucha interburguesa cada vez más abierta, en la que participan los partidos políticos de la burguesía, particularmente la Democracia Cristiana, sectores de las Fuerzas Armadas y la misma jerarquía de la Iglesia.

Debilidad y fuerza de la Junta

Pareciera ser, por tanto, que las esperanzas que alimentan algunos sectores de la izquierda chilena, en el sentido de que la dictadura militar se derrumbe por su propio peso, están justificadas. Y sin embargo esas esperanzas —que han contribuido a mantener dividida a la izquierda y, mediante esa división, a facilitar la mantención del régimen militar— no son sino ilusiones.

Basta examinar con más atención el carácter incoherente y vacilante que asume la oposición burguesa en su desarrollo para darse cuenta de que, por sí misma, ella es incapaz de conducir al derrocamiento de la Junta. Sus sectores de más peso no han pretendido, por lo demás, en ningún momento, llegar a tal situación, sino a un arreglo. La misma fuerza que comienza a demostrar el movimiento de masas, en su incipiente proceso de reanimación, los llevaría a desistir de tal propósito, si alguna vez se lo hubieran planteado.

Por otra parte, ante el debilitamiento de su base social y el lento pero firme desarrollo de la Resistencia Popular, la junta responde de la manera cómo habíamos previsto: reforzándose allí donde reside su soporte fundamental, es decir, las Fuerzas Armadas y la reacción imperialista y gorila que pesa sobre América Latina.

En las páginas interiores, indicamos las medidas mediante las cuales Pinochet y sus secuaces se están reforzando en el plano militar. Habría que agregar que, junto a esas medidas de depuración del aparato represivo-militar (que no vacilan en suprimir posibles obstáculos, como lo demostró el asesinato del general Carlos Prats en Buenos Aires), se refuerza la capacidad militar misma, mediante el incremento del presupuesto destinado a las Fuerzas Armadas y la compra de material bélico, con la cooperación siempre solícita del imperialismo norteamericano.

Hay otro aspecto a considerar: si es cierto que crece la impopularidad de la Junta chilena y aumentan las vejaciones a que se ve sometida en el plano internacional, no es menos cierto que ella ha logrado reunir una base de apoyo sólida en el exterior. Es lo que demuestra la actitud del presidente de Estados Unidos, Gerald Ford, bien asesorado por el infaltable mister Kissinger, al oponerse brutalmente a cualquier corte en la ayuda económica y militar a Chile. Es lo que demuestra también el estrechamiento de sus lazos con el subimperialismo brasileño, que no ha escatimado su apoyo a la junta desde un comienzo.

Dos hechos nuevos revelan sin embargo que la junta se crea una base de apoyo externa, allí donde puede hacerlo: el campo de la reacción más cavernaria. El primero, su actuación en la reunión de Quito, donde, de brazo con Stroessner y Bordaberry y el espaldarazo discreto de Geisel y Ford, el mandadero de Pinochet obtuvo que se mantuviera el bloqueo a Cuba; si es cierto que esto agudiza las tensiones en Latinoamérica y distancia aún más la junta de los gobiernos que —en mayoría aplastante— propugnaban por la suspensión del bloqueo, no hay que perder de vista que ello deja a Pinochet y su pandilla en la condición de cobrar sus buenos servicios al imperialismo yanqui y a las dictaduras gorilas latinoamericanas.

El segundo hecho aún más grave es el acercamiento que, por encima de la voluntad mayoritaria del pueblo argentino, se está verificando entre la junta chilena y el régimen peronista, quien se revela de manera cada vez más descarada como lo que es: un sirviente del gran capital nacional y extranjero. La visita del ministro de Defensa argentino a Santiago, Adolfo Savino, en octubre pasado, en la que se intercambiaron declaraciones de amistad mutua y condecoraciones, fue seguida de rumores de que la viuda de Perón viajaría a Chile en fecha cercana. Ello llevó a que miembros de los nueve partidos de la oposición se reunieran con la Presidenta para reiterarle que “Pinochet estaba enjuiciado por toda la humanidad”, según declaraciones de Martín Dip, dirigente del Partido Revolucionario Cristiano. Pero al Estado represivo argentino le importa poco el juicio de la humanidad: según informaciones de AP del 23 de noviembre, treinta y dos chilenos refugiados en aquel país fueron deportados a Chile, sin miramientos de ningún tipo.

La represión como respuesta

El debilitamiento de la junta en el plano internacional y en el plano interno corresponde, así, a un reforzamiento de la base en que ella se apoya: el aparato represivo-militar y la reacción imperialista y gorila. Por esta razón, al ver aumentar sus dificultades, la Junta responde de la única manera como podría responder: intensificando aún más la represión.

Vimos ya como el acercamiento con Argentina ha significado que el brazo represor de la junta avanza por sobre las fronteras con ese país. Sabemos que las divergencias públicas en el seno del Partido democristiano fueron acalladas por Pinochet, al imponer a las distintas facciones, en una alocución pública, un “silencio patriótico”. No hay día que no se lea en los periódicos de todo el mundo noticias sobre allanamientos, balaceras (incluso frente a embajadas), asesinatos y torturas, mientras sigue el estado de sitio en grado de defensa interna y el toque de queda. Como informó el 22 de octubre la Comisión Internacional de juristas, organismo reconocido por la ONU, la represión en Chile ha alcanzado ahora su mayor grado desde el golpe y “por cada detenido liberado en meses recientes por lo menos se han hecho dos nuevos arrestos”.

Los sectores reformistas de la izquierda pueden equivocarse, pero la junta sabe dónde está su verdadero enemigo: en las amplias masas que ella somete a la más brutal opresión y explotación y en el Movimiento de Resistencia que esas masas comienzan a desarrollar. Es porque el MIR se ha planteado como objetivo del período precisamente el desarrollo de la Resistencia Popular, que la junta ha volcado contra él todo el peso de su capacidad represiva.

El intento de desarmar al MIR mediante una campaña publicitaria de desmoralización ha fracasado. Es cierto que la misma Junta dudaba desde un principio de su eficacia; a raíz de la muerte de Miguel Enríquez, al mismo tiempo que desataba dicha campaña y cantaba victoria por haber asesinado al “máximo dirigente de izquierda en Chile”, advertía: “Esta guerra clandestina no ha terminado”. Un mes después, el jefe de la policía civil, general Ernesto Baeza, reconocía la existencia de “focos de resistencia” en todo el país. Mientras tanto, sin desconocer en lo más mínimo la gravedad del golpe recibido con la muerte de su Secretario General, el MIR se rearmaba orgánicamente y mantenía su presencia en el seno del movimiento de masas, a través de su acción organizativa y de diversas formas de propaganda.

Resistencia y Unidad

Un balance de las actividades de la Resistencia Popular en el mes subsiguiente a la muerte de Miguel Enríquez está lejos de ser negativo (véase información en este número). Ello es la mejor prueba de que, por grande que haya sido el golpe, el MIR y la Resistencia chilena están en condiciones de superarlo. Pero un balance de la evolución de la situación de Chile no demuestra sólo esto: demuestra también el error de las ilusiones reformistas y el daño que hacen al impedir la concreción práctica de la unidad de las fuerzas antigorilas, es decir, del Frente Político de la Resistencia.

En este contexto, es importante tener presente el llamamiento a la unidad de la izquierda chilena, formulado por el Partido Comunista de Cuba, a través de Armando Hart, en el acto de homenaje al Secretario General caído en combate. Precisamente por basarse en un análisis detenido de la experiencia cubana, gana aún más significación su afirmación en el sentido de que esa unidad “constituye desde hace tiempo una exigencia del proceso revolucionario chileno” y que será ella la que “facilitará, a su vez, condiciones para incorporar a amplios sectores de la Democracia Cristiana” a la lucha contra la dictadura.

En el mismo sentido se expresó el camarada Edgardo Enríquez, hablando a nombre del MIR en ese acto, cuando recordó que el Secretario General caído sabía que sólo la unidad de la izquierda junto a los cristianos progresistas podría acelerar la recuperación de la clase obrera y el pueblo de Chile en su lucha contra la dictadura, y que por ello se quedó en Chile enfrentando todos los riesgos.

Estamos seguros, como lo señaló Edgardo Enríquez, que lo que el compañero Miguel no pudo lograr hacer en vida, lo logrará y lo está logrando el ejemplo de su muerte.