Participantes

 

Contacto

 

Tareas de los revolucionarios

ante la contrarrevolución continental

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Correo de la Resistencia, órgano del Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile en el exterior, número 11, marzo-abril de 1976, (Editorial). Versión original [PDF].

 

La garra de hierro extendida por el imperialismo norteamericano sobre el Cono Sur latinoamericano se ha cerrado. Argentina es ya una dictadura militar, integrada a la internacional contrarrevolucionaria burguesa e imperialista que constituyen Brasil, Chile, Bolivia, Uruguay y Paraguay.

El actual período contrarrevolucionario se abrió, para América Latina, con el golpe militar brasileño de 1964 y se aceleró a partir de la caída del régimen de Torres en Bolivia, en 1971. Los acontecimientos de Argentina representan, en ese marco, una nueva etapa. En el origen de ésta, destaca como factor determinante la toma de conciencia del imperialismo norteamericano respecto a la importancia de América Latina, como coto de caza a defender a cualquier precio ante el avance de la revolución en África y Asia.

En efecto, existe una relación estrecha entre el reciente viaje de Kissinger a América Latina, el trato privilegiado que otorgó al subimperialismo brasileño y la decisión de los militares de cortar el nudo gordiano del poder en Argentina. Ante la mejora de las condiciones de servidumbre que obtuvo Brasil, la burguesía y el ejército argentino manifiestan el deseo de crear la situación interna favorable a la obtención de un trato similar.

Tendencias de la nueva etapa

La primera tendencia que presenta esta nueva fase del período contrarrevolucionario es el acrecentamiento en el continente de la influencia del bloque militar gorila. Este empieza ya a pesar sobre la situación peruana, llevándola a desplazarse hacia la derecha; hace lo mismo respecto a Costa Rica. Se proyecta como sombra amenazadora sobre Colombia y Ecuador, que parecen ser, a corto plazo, los países que ofrecen condiciones más propicias para integrarse plenamente al bloque. Refuerza los regímenes militares caudillistas de Centroamérica y el Caribe, y desestabiliza la democracia burguesa venezolana, favoreciendo allí el fortalecimiento de las fuerzas ultrarreaccionarias. Pone ante el alza de mira a los regímenes más progresistas de Guyana, Jamaica, Panamá y México, y presiona hacia el restablecimiento del cerco a la Revolución cubana.

Se pretende así completar la reestructuración de América Latina bajo la forma política que corresponde al carácter actual de las relaciones de las burguesías criollas con el imperialismo norteamericano. En otras palabras, se trata de ahogar en todos los países las reivindicaciones más sentidas de las masas y someterlas al imperio de la superexplotación y el terror, reemplazando las limitadas formas democráticas que aún subsisten por el Estado militar. En la actual etapa, el objetivo inmediato es consolidar el bloque gorila, someter a Perú, provocar el paso definitivo de Colombia y Ecuador hacia el campo de las dictaduras, para así enfrentar el problema de los países que, como Venezuela y México, tienen más condiciones de resistir a ese proyecto.

Se manifiesta ya allí el carácter ofensivo de la estrategia burguesa e imperialista en América Latina. Pero esto se acusa cuando considerarnos la segunda tendencia principal que marca esta fase del período contrarrevolucionario. En esta perspectiva, ya no es América Latina sino África la que constituye el centro de interés. El avance del movimiento revolucionario de los pueblos africanos ha puesto en crisis el esquema estratégico del imperialismo en el Atlántico y echado por tierra las pretensiones del subimperialismo brasileño de convertirse en la influencia determinante en la evolución de los destinos de África negra. En consecuencia, Estados Unidos y Brasil se dan la mano para armar, en el lado occidental del Atlántico sur, un esquema militar apuntado agresivamente hacia las nuevas naciones africanas; en él, se incluyen Argentina y Uruguay, manteniéndose siempre la opción de apoyarse en el régimen racista de Sudáfrica para completar el movimiento de tenazas contra la revolución africana.

Continentalidad de la revolución

La izquierda revolucionaria latinoamericana ha intuido, desde la década pasada, la extraordinaria importancia de América Latina para los destinos de la revolución mundial. Nadie como el Che lo supo expresar con más lucidez. Pero, hoy, no se trata ya de un planteamiento visionario, capaz de percibir las tendencias más profundas de la realidad, antes que estas surgieran claramente a la superficie. Tampoco de concluir triunfalmente que teníamos razón. Ahora, nuestra tarea consiste en evaluar correctamente los hechos que se están configurando bajo nuestros ojos y asumir las responsabilidades históricas que de allí se derivan.

No partimos de cero. Las enseñanzas del Che han empezado ya a plasmarse en formas políticas y orgánicas concretas, aquellas que proporciona la Junta de Coordinación Revolucionaria del Cono Sur. Nacida bajo el impulso del análisis político que, en plena crisis revolucionaria en Chile, —bajo la lúcida conducción de Miguel Enríquez— el MIR hizo de las posibilidades y perspectivas del proceso chileno y latinoamericano, la JCR viene de cumplir dos años de existencia. Ella es la expresión de las fuerzas revolucionarias del área en que se hace sentir con más fuerza la presión de la contrarrevolución continental, del área en que las condiciones de lucha son más difíciles. Combatientes del PRT-ERP, del MLN-Tupamaros, del PRT-ELN boliviano, del MIR han amasado con su sangre los cimientos de esa forma orgánica que el desarrollo mismo de la lucha para enfrentar la contrarrevolución continental está exigiendo. Los sacrificios de nuestros militantes por seguir avanzando en ese camino no han terminado, como lo revela el arresto reciente en Buenos Aires de uno de los dirigentes máximos del MIR, el camarada Edgardo Enríquez, y seguramente tendrán que continuar todavía por mucho tiempo.

No nos llamamos a engaño. La lucha en América Latina será larga, será difícil. El ciclo de los movimientos predominantemente nacionales se está concluyendo y se ha abierto ya el período en el cual, así como las expresiones de la contrarrevolución se hacen cada vez más interdependientes entre sí y respecto al imperialismo, la lucha de la clase obrera y de las amplias masas populares asumirá un carácter crecientemente continental.

Coordinar nuestras fuerzas

Se hace necesario hacer algunas precisiones sobre el desarrollo de esa lucha. Uno de sus aspectos más sobresalientes es la hegemonía creciente que, en los hechos, va asumiendo en ella la clase obrera. Esto, que tuvo su primera expresión notable en el cordobazo y en la manera como sectores obreros de vanguardia participaron en los auges de masas de 1967-69 en Brasil, Uruguay, Bolivia, ganó fuerza con el curso del proceso boliviano de 1969-71 y culminó con el proceso chileno de 1970-73. En este momento, los países en que la clase obrera es más poderosa y madura, relativamente, en América Latina, se encuentran bajo feroces dictaduras militares. No se trata de una coincidencia: lo que surge con claridad del desarrollo mismo del proceso es que la responsabilidad fundamental en el combate a la contrarrevolución continental está en las manos de la clase obrera.

Otro aspecto relevante a tener presente es el carácter desigual que ostenta la contrarrevolución. Al interior mismo del primer círculo, el que conforman las dictaduras gorilas, el grado de afianzamiento del régimen político no es el mismo en Brasil, en Chile, en Bolivia. El fenómeno se acentúa cuando volvemos los ojos hacia los países que se encuentran todavía fuera del primer círculo. No se trata de un hecho casual, sino de la forma en que incide en el plano político el carácter específico que asume en cada país la lucha de clases. Esto quiere decir que, si es cierto que hay una estrategia común para todos los revolucionarios latinoamericanos, no es menos cierto que las características tácticas, los programas inmediatos, las formas de lucha varían de país a país, configurando un mosaico que no se presta a imitaciones mecánicas. Todo lo contrario, es la capacidad creadora de las vanguardias revolucionarias nacionales lo que asegura una correcta conducción de las luchas de clase a escala continental.

Finalmente, hay que considerar uno de los problemas más graves a que se enfrenta hoy el movimiento revolucionario latinoamericano: su relativo aislamiento en el contexto internacional, que nace del carácter mismo de coto exclusivo de caza que confiere al continente el imperialismo norteamericano. Uno de los factores que corrige esta situación, compensándola, es precisamente la coordinación entre las fuerzas revolucionarias. Pero esto no basta; es necesario contar con una verdadera retaguardia. Ahora bien, así como la retaguardia de la revolución africana es proporcionada hoy día, en primer lugar, por América Latina, a través de la política internacionalista de Cuba, así como por el apoyo que le presta la Unión Soviética, hay justas razones para creer que, en el futuro, será la África revolucionaria la que podrá proporcionar, de manera más inmediata, el apoyo material que necesitamos, respaldada por el campo socialista; esto es lo que explica, en última instancia, la política antiafricana del imperialismo y la reacción latinoamericana. Más allá de esa primera instancia, las fuerzas revolucionarias de los países capitalistas, particularmente Estados Unidos, tendrán que ser tomadas en cuenta como parte constitutiva de nuestra retaguardia.

Lo primero, pues, en este momento, es avanzar en la coordinación del movimiento revolucionario latinoamericano, reforzando a la JCR, abriendo relaciones con nuevas fuerzas, en el grado que sea posible. Es así como estaremos construyendo la base necesaria para convocar, mañana, desde América Latina, el interés y los esfuerzos del movimiento revolucionario mundial. Será así como podremos convertir a nuestro continente en el campo de la batalla final contra el imperialismo.