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La disolución de la DC:

golpe mortal al freísmo

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Correo de la Resistencia, órgano del Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile en el exterior, número 15, enero-marzo de 1977, (Editorial). Versión original [PDF].

 

Puede causar sorpresa la facilidad con que Pinochet dio al trasto con la Democracia Cristiana. En efecto, el hecho de que la disolución de la DC se haya producido sin pena ni gloria —sólo Zaldívar y Reyes, como responsables en ejercicio de la dirección del partido, se vieron obligados a presentar formalmente su protesta— se debe a que lo que surgiera como el mayor partido de Chile en los años sesentas y se convirtiera, en la segunda mitad del gobierno de Frei, en representante indiscutible de la burguesía chilena, ya no era sino una sombra de sí mismo.

La burguesía, decía Gramsci, no tiene partido. En efecto, al terminar el mandato de Frei, se vio cómo sectores mayoritarios de la burguesía chilena habían abandonado al PDC y desplazado su apoyo hacia el Partido Nacional. La necesidad de la burguesía de contar con una expresión política y la obsecuencia de Eduardo Frei respecto a ella crearon la ilusión, durante buena parte del gobierno de Allende, de que la DC seguía siendo el gran conductor político de esa clase. Esto movió al Partido Comunista a empujar a la Unidad Popular a la búsqueda de un compromiso con aquel partido.

Los errores de ayer

Ya entonces los esfuerzos por lograr esa alianza eran un salto en el vacío. En primer lugar, cuando creía negociar con la DC, la UP no lo hacía sino con un sector de la misma, el que representaba los intereses de la pequeña burguesía democrática. Uno se pregunta hasta hoy por qué la UP no quiso darse cuenta de ello, si el ala freísta le había mandado un recado clarísimo, al ordenar el reemplazo de Renán Fuentealba por Patricio Aylwin en la presidencia del partido. Bien intencionados, sin duda, con esa buena intención de que está pavimentado el camino del infierno, Fuentealba y Leighton sirvieron para distraer la atención de la UP, mientras Frei y los que dirigían realmente a la DC se entendían con los nacionales, para echar adelante los planes golpistas establecidos a raíz de la victoria de la izquierda en las elecciones parlamentarias de marzo.

Pero no era ésta la única razón por la que se ilusionaba la UP, al intentar negociar con la DC, en aquellos años. Había una segunda, de mayor peso. Aunque hubiera logrado el acuerdo con Frei, la UP no habría negado más allá de una mayoría parlamentaria, capaz de estorbar y aplazar el golpe militar, pero no de impedirlo. Lo que estaba en juego no era, como pensaba la UP, la decisión del Parlamento (en efecto, si al acusar al gobierno de ilegalidad éste le prestó una mano a los militares golpistas, éstos no lo consultaron para llevar a cabo el golpe). Lo que estaba en juego era la base social capaz de respaldar al gobierno de Allende o, a lo menos, de asegurar su desaparición pacífica en beneficio de un nuevo gobierno democristiano, es decir, la supervivencia de la democracia parlamentaria. Y la burguesía, así como los sectores pequeñoburgueses ganados por ella, había ya decidido la supresión de la misma.

La alianza con Frei no habría cambiado la situación. Es porque Frei lo sabía que intentó reencauzar hacia sí las fuerzas de derecha y disputarle a la izquierda, por añadidura, su base de masas. Las elecciones de marzo significaron, en ambos sentidos, el derrumbe de sus planes y lo llevaron a plegarse a los sectores golpistas, con la esperanza de que recayera sobre él la indicación para ponerse a la cabeza del nuevo gobierno.

Los errores de hoy

Tras el golpe militar, y pasados los primeros meses de vacilaciones, en los que incluso aceptó la unidad de la izquierda, la dirección del PC volvió a la carga, confiada en lograr, bajo las nuevas condiciones, la ansiada alianza con la DC. Mientras el PC se dedicaba a trabajar esa idea en el seno de la izquierda, y la dividía, hasta llegar, en septiembre pasado —esgrimiendo el triunfo que a sus ojos representa la reconstrucción de la UP—, a proponer a la DC un verdadero “compromiso histórico” a la italiana, Frei lo dejaba hacer. Tenía otros problemas para ese entonces. Por un lado, dar consistencia a la falsa representatividad política que ostentaba y que lo hacía tan atractivo a los ojos de sectores de la izquierda; por el otro, convencer a los gorilas de que realmente representaba alguna cosa. Sectores de la izquierda se han podido dejar engañar, pero los gorilas no. La prueba de ello es la medida de fuerza que acaban de tomar contra la Democracia Cristiana.

Es cierto que, después del golpe militar, surgió una oposición burguesa. Ello se dio al quedar patente que la política económica de la Junta se destinaba a beneficiar exclusivamente a una fracción de la burguesía, la del gran capital monopólico, asociado o en condiciones de asociarse a los grupos imperialistas para impulsar el proyecto de “superespecialización industrial” asignado a Chile, en el marco de la nueva división regional y mundial del trabajo. Las capas burguesas medianas y pequeñas, así como fracciones de la gran burguesía incapaces de ponerse a la altura de las circunstancias, plantearon su resistencia al proyecto y, por ende, su oposición a la Junta. Pero no recurrieron para ello a los viejos partidos políticos. La burguesía, y aun vastos sectores de la pequeña burguesía, no cuestionan al régimen mismo, tratan simplemente de inclinarlo a su favor, mediante presiones puntuales. Buscaron, pues, una expresión militar y otra gremial, para lo que les sirvió el “saenzismo”. Los políticos, desde Frei a Pablo Rodríguez, no tuvieron más remedio que dar la impresión de que representaban a esos sectores, mientras se esforzaban realmente por hacerse aceptar por ellos como representantes.

El ascenso de Carter a la presidencia de Estados Unidos le dio a Frei nuevo aliento. No tanto porque Carter hubiera demostrado la intención de levantarlo contra la Junta, sino porque —incorregible en la política de bluff— Frei buscó hacer creer de que ello era así o, por lo menos, de que podría serlo si todos lo ayudaban, inclusive la UP. Como la información disponible indica que Frei andaba lejos de lograr ese objetivo, cabe preguntar: ¿por qué la embestida de Pinochet contra la DC?

La respuesta es sencilla. Pinochet sabe que, cuando le conviene, la burguesía acepta cualquier cosa... hasta un Pinochet. Y, en materia de medicina, prefiere la preventiva a la curativa; Bonilla (si pudiera hablar), Prats (ídem), Arellano Stark, podrían decir mucho al respecto. Ante la más ligera posibilidad de que le encuentren un reemplazo, Pinochet actúa sin dilaciones. Frei no es hoy día una amenaza efectiva, pero, de seguir ahondándose las diferencias con Carter, podría quizá serlo mañana.

La política hacia la DC

Consumada la disolución de la DC y retirada, pues, a Frei la carta institucional que jugaba en la política chilena, no le queda a éste sino adaptarse a su papel de proscrito y esperar que algún cambio en la situación interna o internacional le abra de nuevo espacio. No tiene por qué sentirse solo: la contrarrevolución ha dejado a muchos antiguos sirvientes de la burguesía en esta situación, en América Latina. Inútilmente se esperará de él un gesto de bravura, que lo lleve a sumarse a la Resistencia: Frei conoce a lo sumo los tiempos de hablar, sería exigirle demasiado que entendiera que hay tiempos de resistir. Esperará, por tanto. Pero, en el intermedio, necesita hacer creer que sigue representando una fuerza real en Chile, so riesgo de no poder coger la oportunidad que eventualmente se le presente. No hay razón para que la izquierda le preste ese servicio y menos aún para que se deje embaucar por Frei.

La disolución de la DC no significa, desde luego, su anulación como fuerza política en Chile. Esto está mucho más allá del poder de la Junta. Significa, eso sí, la estruendosa derrota de Frei, en su intento de levantarse hoy como alternativa a Pinochet. Lo correcto, para la izquierda, no es pues levantar a Frei y pretender darle un contenido que ya no tiene, sino más bien preocuparse de las bases populares democristianas.

Estas siguen existiendo en Chile y buscan expresarse a través de ciertos sectores de su partido. Si a Frei se le debe dejar rumiar su derrota en silencio, es indispensable desarrollar hacia esos sectores una política abierta, que se plantee su integración plena a la Resistencia Popular. Hay que aprovechar, incluso, las condiciones creadas por la misma Junta para hacerles ver su error, cuando pretendieron mirar hacia los militares, al revés de mirar derechamente a la izquierda.

Cualquier otra actitud implicará tan sólo echarse a los hombros el cadáver insepulto del freísmo y, provocar, con ello, engaño y confusión en el pueblo chileno. Un pueblo a quien la vida misma —con la eficiente ayuda de la Junta— le está enseñando todos los días que la vieja democracia burguesa ha muerto y que los remedios a los males que le ha traído la dictadura sólo le pueden venir de algo nuevo. De un gobierno verdaderamente democrático, popular y revolucionario, en el cual sectores del PDC tienen un papel que desempeñar.