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Éste no es el fin de la historia

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: entrevista realizada por la revista Debate y Cambio, Santiago de Chile, n. 8, agosto de 1991.

 

Ruy Mauro Marini, brasileño, cientista político conocido por el desarrollo de la “teoría de la dependencia”, tiene una trayectoria política consecuente que lo llevó a la prisión en su país, a vivir su exilio en Chile en la teoría y la práctica de la izquierda revolucionaria chilena, a sufrir un exilio del exilio luego del golpe militar. De vuelta en Brasil, sigue aportando desde la cátedra, las publicaciones y la vida militante, a la elaboración de una política revolucionaria para el actual momento histórico. Lo entrevistamos en Río de Janeiro, donde reside actualmente.

¿Qué está ocurriendo hoy en la URSS?

— Como se sabe, la recesión del mundo capitalista a comienzos de los 80 arrastró también, por primera vez, a los países socialistas, con la excepción de China. La expansión de los 70 cobraba así su precio, pues había sido realizada sobre la base de la extensión de sus parques productivos sin mayor innovación tecnológica y en dependencia creciente del mercado mundial, de modo que estos países se han visto de pronto con estructuras productivas obsoletas en términos internacionales y gravadas por una onerosa deuda externa. Por otra parte, la expansión económica precedente, con el consecuente crecimiento del empleo y el salario, junto a una acelerada urbanización, puso a los gobiernos bajo la presión de expectativas de consumo que se van haciendo impostergables, tanto más que los regímenes vigentes fueron incapaces de dar al pueblo una ética y una escala de valores distintas de las que engendró el capitalismo.

La ascensión de Gorbachov, en 1985, significó un viraje en la política soviética, derivado del rezago creciente ante el capitalismo y de las presiones populares en pro de la flexibilización de las estructuras burocráticas de poder y de mejores condiciones de vida. El deshielo abrió campo a los sectores contestatarios, antes reducidos a grupos de intelectuales, e hizo aflorar en la burocracia partidaria un sector llamado reformista que, adoptando una postura populista, creció rápidamente y ganó posiciones de poder; su mejor expresión es Yeltsin y su principal aliado, en el comienzo, fueron los grupos nacionalistas.

El reformismo soviético oculta cada vez menos su orientación antisocialista y su fascinación por el capitalismo. Su penetración en una clase obrera despolitizada y reprimida es innegable. Frente a él se alzan los sectores que tienen interés objetivo en el socialismo soviético, en particular, la burocracia ligada a la gestión del sector estatal y los militares. Centrista típico, Gorbachov se ha equilibrado entre esos extremos y es, sobre esa política, que ha sustentado hasta ahora la Perestroika. Sin embargo, su gesto más reciente ha sido la presentación de un programa para el partido que hace al reformismo concesiones inaceptables.

En la política internacional Gorbachov, junto a la reducción del arsenal armamentista, trató de impulsar reformas similares en Europa Oriental. Sin embargo, allí fue arrastrado más allá de lo que se proponía; abriendo la puerta a la caída de los regímenes socialistas.

Él iría, sin embargo, aún más lejos, al votar en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas la resolución que dio campo libre a Estados Unidos para intervenir militarmente en el Golfo Pérsico; apoyando la culminación de una estrategia de poder puesta en práctica a partir de 1980 y con la cual Estados Unidos se afirmó como única superpotencia mundial, avanzando en el sentido de configurar un sistema que combina, de un lado, la multipolaridad económica y política y, del otro, su supremacía militar.

Todo eso condujo al derrumbe del muro de Berlín y de los socialismos reales. ¿Qué queda ahora de la idea de revolución socialista?

— Creo que no hay que sorprenderse demasiado porque el socialismo no haya entrado en la historia como una forma acabada. Nuestra visión, que alcanzó su formulación hacia mediados de los setenta, comprendía a lo menos tres elementos.

En primer lugar, si hacemos una analogía con la historia de las revoluciones burguesas, queda claro que el socialismo tendría que ser imperfecto, tendría que sufrir el impacto de las condiciones históricas y de los procesos de lucha de clases; tendría, por sobre todo, que reflejar el hecho que se constituía en un mundo dominado por el capitalismo. En suma, el socialismo tendría que resultar del hecho de ser un proceso real y no una construcción abstracta de gabinete.

En segundo término, a diferencia de la burguesía que nació de relaciones de producción ajenas al feudalismo, el proletariado es producto del capital y se desarrolla con él. Por ello, el proletariado debe transitar por la revolución violenta, por lo menos hasta que sea suficientemente fuerte para imponerle a su enemigo de clase su dominación en escala mundial. A partir de esto, planteábamos la cuestión de la revolución proletaria en América Latina.

Pero también nuestra concepción conducía a la idea de que entre formas estatales en pugna, entre dos grandes campos, los países dependientes no podían someter su iniciativa revolucionaria a los intereses de esos campos. Por el contrario, el despliegue de esa iniciativa era el principal factor para el cambio de la correlación de fuerzas en el mundo y, por tanto, la clave para el triunfo definitivo de la revolución proletaria.

Desde este punto de vista, por mucho que lamentemos el giro que ha tomado el socialismo en Europa Oriental y en la misma Unión Soviética, pareciera ser que la historia nos está dando la razón.

Lo que tú señalas es una concepción, pero pareciera que las transformaciones del capitalismo restan condiciones objetivas para una revolución proletaria.

— Para nosotros, la dependencia ha sido siempre entendida como una forma particular de capitalismo, que surge en base a la expansión mundial de un sistema que configura diversas formas de explotación. Por tanto, a más desarrollo capitalista dependiente, más contradicciones sociales y, mayores posibilidades de revolución proletaria; posibilidades, por cierto, virtuales, sólo actualizables mediante el avance de la teoría y la práctica revolucionarias.

Para entrar en su actual fase de desarrollo, el imperialismo necesitó derrotar al movimiento obrero y a la izquierda en Europa, en la segunda mitad de los 70; intensificar la crítica al “socialismo real”, en un estilo que trajo la confusión ideológica, y en América Latina gestar una redemocratización en moldes que acabarían por favorecer la hegemonía burguesa. El desarme teórico e ideológico resultante favorece en todas partes las oleadas de oportunismo a que estamos asistiendo.

La verdad, sin embargo, es que en el curso del desarrollo del capitalismo, las masas y la izquierda han vivido situaciones como éstas e incluso peores, como después de la derrota de la Comuna de París. Pero ello no impidió que los revolucionarios siguieran su lucha por la superación de un sistema injusto.

Hoy, cuando en la Unión Soviética, en países de la Europa Oriental y, sobre todo, en Cuba, China, Vietnam, las fuerzas socialistas, cuando no el socialismo mismo, están lejos de ser un perro muerto; cuando la presión de las masas explotadas de los países dependientes sobre sus propios regímenes y sobre el propio sistema capitalista mundial se mantiene activa y tiende a ganar aún más fuerza, dado el carácter cada vez más restrictivo y discriminatorio del capitalismo, hoy nos parece que estamos lejos de ese supuesto “fin de la historia” que los ideólogos burgueses tratan de hacemos creer.

En una América Latina en que se imponen las políticas neoliberales y se camina a la integración con Estados Unidos, la izquierda no parece tener mucho espacio.

— Esas políticas se aplican hoy de México a Argentina con la destrucción de parte del parque productivo construido después de los años 30, la extensión del desempleo, la rebaja de los salarios y la negación del Estado a atender las necesidades básicas de la población en materia de educación, salud, vivienda y seguridad social. Su objetivo es forzar la reconversión económica de la región para adecuarla a los requerimientos de los centros imperialistas, frente a los cuáles ella está llamada a producir y exportar bienes primarios y manufacturas de segunda clase e importar bienes industriales de tecnología superior. Con pequeña variación, se trata de implantar un esquema de división internacional del trabajo similar al que regía en el siglo XIX.

Los países en que existe una burguesía industrial relativamente desarrollada —Brasil, Argentina y, en menor medida, México y Chile— consideran inevitable y, hasta cierto punto, deseable la integración al bloque hegemonizado por Estados Unidos, aunque tratan de llegar a ella negociando las condiciones y reservándose cierta autonomía para aprovechar ventajas ofrecidas por otros bloques económicos. Dada la influencia casi nula de los sectores populares en el proceso, cuanto más débil es la burguesía industrial y más fuerte la presencia directa del capital transnacional, menores son las condiciones de negociación de los gobiernos.

Sea que los países operen individualmente, como México y, tendencialmente, Chile, sea que lo hagan agrupados, como en el caso de los países del Mercosur, esas negociaciones se llevan en el marco de la política delineada por Estados Unidos bajo el nombre de Iniciativa de las Américas. La ausencia del pueblo en ese proceso debilita a los gobiernos y amenaza con hacer de esta integración algo extraordinariamente negativo, además de que, y esta es la cuestión fundamental, la actual pasividad de las fuerzas de izquierda equivale a dejar pasar una oportunidad magnífica para hacer avanzar la integración latinoamericana, que ha sido tradicionalmente una de sus consignas más sentidas.

¿En qué consiste una concepción de izquierda sobre la integración latinoamericana?

— Debemos formular y propagandear, en nuestros países y fuera de ellos, un proyecto de integración que vaya más allá del mero negocio y que implique la más amplia participación popular. Para nosotros, la integración será económica, sí, pero también política y cultural. Ello implica luchar por instituciones que aseguren una efectiva participación popular, comenzando por la elección directa de los representantes nacionales en el Parlamento Latinoamericano, siguiendo con la participación activa de obreros, estudiantes, intelectuales y mujeres en órganos que contemplen asuntos de su interés específico.

En el marco de una reestructuración global de la economía mundial, parece irreal oponerse al estrechamiento de lazos con Estados Unidos. Sin embargo, planteando la integración latinoamericana en los moldes arriba indicados, estaremos asegurando que eso no venga a ser sino una anexión disfrazada. Para Chile, por ejemplo, esto significaría a lo menos ingresar al Mercosur.

Paralelamente, hay que luchar para que la participación en el bloque encabezado por Estados Unidos no implique poner cortapisas al desarrollo de una política latinoamericana independiente en los organismos internacionales y tampoco una limitación al establecimiento de relaciones con otros bloques, según las conveniencias nacionales y regionales.