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La economía del capitalismo brasileño

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Documento de trabajo n. 5 del seminario interno sobre “Algunos aspectos de la transición del capitalismo al socialismo”, Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO), Facultad de Ciencias Económicas, Universidad de Chile, Santiago de Chile, mayo de 1971.

 

La dictadura militar es una respuesta a la crisis económica que afectó a la economía brasileña, entre 1962 y 1967, y a la consecuente intensificación de la lucha de clases. Pero es también algo más: constituye el instrumento y el resultado de un desarrollo de tipo capitalista de estado y subimperialista. En esta perspectiva, ella representa, por un lado el factor que garantiza una acumulación de capital basada en la superexplotación de las masas trabajadoras, tanto urbanas como rurales, y, por otro lado, la expresión de la hegemonía económica conquistada, gracias a la crisis, por los monopolios industriales y por el capital financiero nacional e internacional.

No cabe analizar aquí el proceso económico que desencadenó la crisis de los años sesenta. Lo que importa destacar es que ésta aparece como una crisis de realización que planteaba la necesidad de abrir mercados para la producción de bienes durables (de consumo y de capital), con el objeto de asegurar campos de inversión para los monopolios industriales y el capital financiero interesado en esa producción. Simultáneamente, el desarrollo de esas líneas de producción exigía una acumulación de capital más intensa, lo que suponía quebrar la dinámica reivindicativa del proletariado industrial y de las masas del campo, particularmente fuerte después de 1959.

Esto es lo que explica que el golpe militar haya sido distinto a los anteriores, que se hicieron para romper impases surgidos en las relaciones entre las clases, principalmente a nivel de las clases dominantes, y permitieron después que la burguesía volviera a tomar directamente el control del Estado. En 1964, la situación fue diferente: la élite militar que encabeza el golpe no sólo interviene en la lucha de clases, sino que presenta todo un esquema económico-político, el cual consagraba definitivamente la fusión de intereses entre ella y el gran capital. Ese esquema fue el subimperialismo, la forma que asume el capitalismo dependiente al llegar a la etapa de los monopolios y del capital financiero.

El subimperialismo

El eje del esquema subimperialista está constituido por el problema del mercado. Para la industria de bienes durables, la crisis de los sesenta, se presenta como la imposibilidad de seguir desarrollándose en línea ascendente en base a un mercado interno insuficiente. Esto había llevado a los gobiernos anteriores, sobre todo al de Goulart, a insistir en la dinamización del mercado interno mediante la redistribución del ingreso. Los intentos de redistribución mostraron empero ser una mala solución para el gran capital, por dos razones:

a) La redistribución se reflejaba principalmente en el incremento de la demanda de bienes no durables, que el gran capital no producía o producía en pequeña escala, y

b) la redistribución afectaba duramente a la plusvalía de las empresas medianas y pequeñas, productoras de bienes no durables, restringiendo aún más su capacidad para absorber bienes durables.

El equipo tecnocrático-militar de Castelo Branco propone otra solución: concentrar aún más la distribución del ingreso en favor del gran capital, a través, ya de medidas tendientes a bajar los salarios (como el "tapón"), ya de medidas destinadas a facilitar la absorción más o menos violenta de empresas menores por las grandes (crédito, tributación, etc.). Se plantea la pregunta: ¿y el mercado? La respuesta del nuevo régimen: en primer lugar, la exportación de manufacturas, tanto de bienes durables como no durables, siendo conveniente señalar que la exportación de estos últimos conlleva la elevación del nivel tecnológico de las empresas, lo que implica mayores posibilidades de absorción de bienes de capital; en segundo lugar, el aumento de la capacidad de compra del Estado, mediante una activa política de desarrollo de la infraestructura de transportes, electrificación y reequipamiento de las fuerzas armadas —todo ello acarreando una expansión del mercado para los bienes de capital.

Hasta allí, lo que se tenía era un modelo económico similar al que fue aplicado en la Alemania de los treinta por el nazismo. La novedad era el papel atribuido al capital extranjero. Proveedores de la tecnología indispensable para la ambicionada expansión comercial, los monopolios imperialistas son también los dueños del mercado mundial. El Brasil no disponía, en términos relativos, de la base tecnológica de la Alemania de los treinta, y tampoco podía, como ésta, disputar el mercado por la fuerza. La solución encontrada, propia a un país dependiente y que convierte su imperialismo en subimperialismo, fue la de ofrecer sociedad a los monopolios extranjeros en la explotación del trabajador brasileño y en las ganancias derivadas de la expansión comercial —es decir, realizar esa política mediante una alianza irrestricta con el capital extranjero.

El imperialismo aceptó su participación, pero impuso sus condiciones. La gran industria fue desnacionalizada; la explotación de materias primas, como el mineral de hierro, monopolizada; la política de electrificación contó con aportes considerables de las agencias financieras internacionales. A partir de 1964, el Brasil ocupa de lejos el primer lugar, en América Latina, en los programas de inversión pública y privada auspiciados por la Alianza para el Progreso. Sin embargo, el capital extranjero rehusó promover el desarrollo de sectores reservados a los países avanzados, como la industria aeronáutica, y el gobierno norteamericano obstaculizó las pretensiones brasileñas de acceder al dominio de la tecnología nuclear. Estas actitudes provocaron fricciones, que explican hechos como la compra de Mirages a Francia y la negativa brasileña a firmar el acuerdo de desnuclearización de Ginebra, pero que no comprometen en lo fundamental el esquema de asociación adoptado.

Por otra parte, esto no modificó el esquema de realización establecido por la dictadura, el cual se basaba, como vimos, esencialmente en el mercado externo y en el gasto público en obras de infraestructura o en inversiones en sectores de punta, vinculados por lo general a la producción bélica. El crecimiento de las exportaciones, que pasan de 1,400 millones de dólares en 1963 a 2,300 millones en 1969, se hizo siempre a costa del consumo interno. El ejemplo más flagrante es el de la carne de vacuno, de la cual se exportaron 18,500 toneladas en 1964 y 79,000 en 1969, gracias a la restricción del consumo interno, obtenido mediante el alza de los precios (el precio interno de la carne subió considerablemente, pese a que el precio internacional del producto bajó, en el período considerado, de 613.07 dólares a 549.90 por tonelada). La exportación de manufactura, a su vez, que había sido de 37 millones de dólares en 1963, sube, ya en 1964, a casi 70 millones, y llega a más de 180 millones en 1969, merced a subsidios gubernamentales, que permiten exportar a un precio FOB inferior en un 50% al precio de venta en el mercado interno.[1]

La realización de esta política implicó, de inmediato, reforzar la tendencia del capitalismo brasileño a la monopolización, con el propósito de crear una estructura de producción apta para competir en el mercado internacional. Además de facilitar la desnacionalización de la industria, esto llevó a la pequeña y mediana empresa a la quiebra o a la absorción por el gran capital, en el momento mismo en que el desarrollo del capital financiero, a través de las compañías financieras y de los bancos de inversiones, con fuerte participación extranjera, creaba el instrumento capaz de centralizar el capital social en pocas manos.

Las vicisitudes del esquema

Después de la recuperación observada en el primer semestre de 1966, el ritmo de crecimiento de la economía brasileña descendió otra vez, alcanzando su punto más bajo en el primer trimestre de 1967. Varias razones concurrieron para ello, pero lo que importa señalar es que se tomó entonces conciencia de que la expansión comercial exterior sólo a largo plazo podría convertirse en un instrumento efectivo de realización, y que el Estado no podría entrar, mientras tanto, a suplir todas las necesidades de la industria sin agravar violentamente el proceso inflacionario. Ya a fines del gobierno de Castelo Branco el esquema empieza, pues, a sufrir adaptaciones, mediante la concesión de créditos a las empresas, con el objeto de amortiguar los efectos de la depresión. Cuando le sucede Costa e Silva (marzo de 1967), se acentuará esta política y se intentará revitalizar el mercado interno, gracias a una mayor flexibilidad de la política salarial.

Los resultados de esto se hacen sentir inmediatamente. No sólo cae el ritmo de las exportaciones, también se agrava la situación interna. En efecto, el intento de detener el deterioro del salario real no conduce a la dinamización del mercado interno, toda vez que en términos globales, ello repercute sobre todo en la demanda de bienes agrícolas y productos industriales de consumo inmediato (vestuario, etc.), afectando poco al mercado de bienes durables, que interesan a los sectores monopolizados. Por otra parte, al desacelerarse el aumento de la tasa de explotación de la masa trabajadora, se reducen las posibilidades de transferencia de ingreso a las capas altas, burguesas y pequeñoburguesas, las que sí crean demanda para los bienes durables.

No será, pues, una coincidencia que, cuando el salario mínimo real (que bajara violentamente de 279.55 cruceiros en 1965 a 195.36 en 1967) se estabiliza relativamente en 1968 (194.83), el salario medio (en el que están comprendidas las remuneraciones de la pequeña burguesía), que se recuperara considerablemente en 1967 (466.00 cruceiros), baja bruscamente en 1968 (400.66). Las consecuencias políticas de esta situación serán también negativas para el gobierno: la radicalización de la pequeña burguesía coincide con la movilización iniciada por la clase obrera en pro de sus reivindicaciones, mientras los sectores de la burguesía que la monopolización desfavorecía se aprovechan de la coyuntura para chantajear a la dictadura y arrancarle concesiones.

El Acta Institucional N° 5, del 13 de diciembre de 1968, que endurece aún más el régimen militar, es la respuesta política del gobierno. Su respuesta económica será la intensificación de la tasa de explotación de los trabajadores, acentuándose el “tapón”, mediante el cual podrá transferir (bajo la forma de crédito, subsidios y sueldos) poder de compra a las capas medias y altas. Los datos salariales para 1969 hablan por sí: el salario mínimo desciende a 189.37 cruceiros, mientras el medio sube a 470.00 [2]. La neutralización de amplios sectores de la pequeña burguesía y el adhesionismo de otros a la política de la dictadura no nace tan sólo del terror, sino también del soborno, soborno que interesa objetivamente al gran capital. A la violencia política de la AI-5 corresponde la violencia económica que el sistema en su conjunto ejerce sobre las masas trabajadoras.

A los que nada tienen, todo les será tomado

En la perspectiva del esquema subimperialista, lo que surge así es la tercera pata en la que él se apoya: “La sociedad de consumo” a la moda de la casa creada mediante la transferencia de ingreso desde las capas más pobres hacia las capas medias y altas, a fin de garantizar el mercado para una industria altamente tecnificada, que se divorcia cada vez más de las necesidades de consumo de las grandes masas. El capitalismo brasileño es un monstruo, pero un monstruo lógico: si el consumo popular no sirve a la realización de lo que producen los sectores más dinámicos de la industria, peor para el consumo popular; el capital seguirá su acumulación prescindiendo de él. El resultado de esto es que la especialización funcional de la economía brasileña es tan lógica que se convierte en absurda: de un lado, la masa productora de plusvalía; del otro, los grupos y estratos que acumulan y consumen plusvalía. El divorcio entre las clases no podría ser más radical y revela con meridiana claridad la base de clase de la dictadura militar.

Así como rompió con el mito de la redistribución del ingreso que redujera las disparidades sociales dentro del sistema, la dictadura renunció también a llevar a cabo una reforma agraria que paliara las desigualdades existentes en el campo. Desde 1964, ante la presión que el alza de los precios agrícolas ejercía sobre la tasa de inflación, el gobierno optó por la solución de contener los precios por la fuerza, ofreciendo a los latifundistas mejores condiciones para la explotación del trabajo. La mecanización de la agricultura, la extensión de la legislación laboral al campo (que llevó a la reducción del número de empleados fijos en la hacienda) y la ampliación del área dedicada a la producción pecuaria, implicaron arrancar de la tierra al pequeño productor (aparcero, “posseiro”, minifundistas) y convertirlo en jornalero, incorporándolo al proletariado agrícola “volante”.

De esta manera, el pequeño productor no sólo perdió la posibilidad de proveer parcialmente su subsistencia, mediante el autoconsumo, sino que (en virtud del gran aumento de mano de obra que se produjo) vio caer aún más bajo el nivel de su remuneración. El trabajador rural ya no puede siquiera vivir en el campo; expulsado de la tierra; va a vivir en la periferia de los centros urbanos más cercanos, de donde es llevado a la hacienda por los intermediarios, lo que crea una nueva faja de acción para el capital: la venta de trabajo.

El capitalismo brasileño está realizando su reforma agraria, y ésta nada tiene de idílica. La extensión acelerada de las relaciones capitalistas al campo ostenta, en Brasil, el mismo carácter impiadoso y brutal que presentó en Europa de los últimos siglos pasados y en la Rusia que Lenin describió.

Perspectivas del esquema

Son muchas las implicaciones de este análisis para la elaboración de una estrategia revolucionaria que corresponde a la realidad de la lucha de clases en Brasil. Pero antes de intentar extraerlas, es necesario contestar a una cuestión clave: ¿cuál es la viabilidad a corto y mediano plazo del esquema económico y político formulado por la dictadura militar? El tema es muy amplio para ser bien tratado aquí, pero sentemos algunas premisas para ello.

Todo indica que, siendo lo que se ha desarrollado más tardíamente en ese esquema, la transferencia de poder de compra a ciertas capas de la población, con la creación de un simulacro de “sociedad de consumo”, sea el elemento más limitado y menos estable. La elevación permanente del ingreso de las capas medias y altas es impracticable, sin romper con la ley capitalista de los salarios y sin convertir el subsidio en un factor antieconómico en términos capitalistas. El aumento numérico de estas capas, sobre todo de la pequeña burguesía asalariada, es un recurso que seguirá siendo utilizado por el sistema, pero representa muy poco en el conjunto de las necesidades de mercado que plantea la industria, además de ser ampliamente neutralizado por la disminución absoluta del proletariado industrial. [3]. Restaría la posibilidad de incorporar nuevas capas a la “sociedad de consumo”, principalmente grupos obreros empleados en los sectores de alta productividad; pero ello no sólo desencadenaría una lucha reivindicativa general por parte de la masa trabajadora, dado el carácter solidario de la fijación de salarios en Brasil, sino también implicaría retirar la base que sustenta a la “sociedad de consumo” y que es el pilar mismo del esquema subimperialista.

El mercado externo presenta mejores perspectivas. Sin embargo, es conveniente considerar que la expansión comercial es un proceso largo, como acabó por entenderlo la misma dictadura militar, y particularmente difícil en el momento en que la economía capitalista mundial entra en una fase de, por lo menos, menor dinamismo —lo que quiere decir agudización de la competencia. Como quiera que sea, se requiere tiempo para hacer de la exportación una solución a los problemas de realización planteados por el sistema y, mientras tanto, esto tendrá no sólo que mantener y agravar la explotación de las masas (con todas las implicaciones políticas que esto contiene), sino también contar con una válvula de escape.

Esta válvula parece ser el tercer elemento del esquema subimperialista, que mencionamos: el Estado. Teóricamente, el aumento del papel del Estado como promotor de demanda para los bienes durables es ilimitado, siempre que las condiciones políticas en las que se desarrolla la lucha de clases no se modifiquen; es decir, mientras las masas trabajadoras no pongan un hasta aquí a la superexplotación que sufren. En la práctica, ese aumento se da principalmente a través de los gastos militares, el único medio efectivo de consumo superfluo. Ésta es la razón por la cual la fusión de intereses entre la élite militar y el capital nacional y extranjero es permanente y tiende a crear una solidaridad mutua siempre mayor.

La militarización del capitalismo brasileño no es accidental ni circunstancial. Es la expresión necesaria de la lógica monstruosa del sistema, como el nazismo lo fue para la Alemania de los treinta. Así como pasó con el nazismo, la guerra debe ser su resultado, y no es casual que Castelo Branco haya pretendido invadir el Uruguay, deseó intervenir en la guerra colonialista que Portugal hace en África y pensó incluso en mandar tropas a Vietnam; que Costa e Silva quiso invadir Bolivia; que el gorila actualmente en turno esté fraguando una guerra contra el “Pacífico rojo”, particularmente Chile y haya sido agarrado con las manos en la masa en el reciente intento fallido de golpe militar en Bolivia.

Conclusiones

Las conclusiones que podemos sacar de lo que fue expuesto son, en breves palabras, las siguientes:

1. El reflujo del movimiento pequeño burgués, a excepción de algunos de sus sectores menos afectados por la política de soborno (como los estudiantes) tiende a ser permanente, mientras las masas trabajadoras no estén en condiciones de impedir el traspaso de ingreso actualmente en curso.

2. El sistema no tiene posibilidades de ampliar ese traspaso sin caer en una distribución que pondría en jaque su funcionamiento; la expansión comercial externa representa una solución a largo plazo; todo ello hace aparecer el aumento del gasto público, sobre todo en los renglones militares, como la solución más viable a que el sistema puede echar mano a mediano plazo. Sin embargo, esto sólo será efectivo si las masas trabajadoras siguen soportando sin mayor resistencia la superexplotación que les ha sido impuesta.

3. En consecuencia, desencadenar un proceso de movilización y organización de los trabajadores urbanos y rurales significa echar abajo el esquema económico y político de la dictadura y cerrar cualquier salida al desarrollo capitalista en Brasil; en esta perspectiva el eslabón débil del sistema brasileño no es el campo, como se ha venido diciendo de manera abstracta y mecánica, sino más bien los trabajadores urbanos y rurales; el mayor impacto de las luchas de los primeros sobre el sistema les da una importancia táctica más acentuada; las condiciones de actuación política vigentes en Brasil hacen de los segundos un elemento estratégico más manejable, pero bajo ninguna hipótesis es superior, en términos estratégicos, a los primeros.

4. Sin que el trabajo campesino haya perdido su importancia para la izquierda, la acción revolucionaria en el campo tendrá que estar determinada por el aumento del proletariado rural y por su dinámica; fijándose en la periferia de las ciudades del interior, ese proletariado crea el eslabón entre el trabajo obrero y el trabajo campesino, en base a los mismos centros urbanos. Es por ello que la actual discusión que se da en la izquierda sobre la prioridad del campo o de la ciudad resulta bizantina.

5. La tendencia intervencionista y belicista del capitalismo brasileño va en la dirección de la revolución continental, pero no en el sentido que se le ha dado tradicionalmente; es decir, de lucha contra el invasor en Brasil, sino más bien, en un primer momento por lo menos, en el sentido de la lucha contra la acción del ejército brasileño en el exterior; esto abre una nueva dimensión al trabajo revolucionario; o sea, el trabajo en el exterior, estrechamente vinculado al trabajo revolucionario dentro del propio país.

 

Notas

[1] Ver sobre el asunto: Dimas Antonio de Moraes, “Incentivos fiscais para exportassao de manufaturados”, Brazilian Business, enero de 1971, publicación de la Cámara de Comercio para el Brasil.

[2] Los datos sobre salarios fueron tomados de Visas, del 23-5-70; el mínimo se expresa en cruceiros de 5-70 y el medio de 2-70.

[3] Datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística muestran que, en 1969, que fue por lo demás un año de expansión económica, la mano de obra industrial disminuye en todo el país en cerca de 15 mil personas en relación al año anterior; por otro lado, en los principales sectores de la industria de trasformación, en los 5 estados más industrializados, la mano de obra se redujo a la mitad entre 1966 y 1968, sufriendo una disminución de casi 700 mil personas. Citado por José Carlos Braga, “Mercado interno ainda é problema para resolver”. Correio da Manhã, 26-10-70.