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La dialéctica del desarrollo capitalista en Brasil

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Cuadernos Americanos, Año XXV, Vol. CXLVI, No. 3, México, mayo-junio de 1966.

 

Las luchas políticas brasileñas de los últimos diez años fueron la expresión de una crisis más amplia, de carácter social y económico, que parecía no dejar al país otra salida que la de una revolución. Implantada la actual dictadura militar, en abril de 1964, las fuerzas de izquierda se han visto obligadas a revisar sus concepciones sobre el carácter de la crisis brasileña, como punto de partida para la definición de una estrategia de lucha contra la situación que al final prevaleció. Agrupados alrededor de algunas pocas publicaciones que se han podido editar legalmente, los intelectuales brasileños plantean hoy dos cuestiones fundamentales: ¿Qué es la Revolución brasileña? ¿Qué representa en su contexto la dictadura militar?

Vuelta al pasado

Las respuestas se orientan, por lo general, hacia dos hilos conductores. La Revolución brasileña es entendida, primero, como el proceso de modernización de las estructuras económicas del país, principalmente a través de la industrialización, proceso que se acompaña de una tendencia creciente de la participación de las masas en la vida política [1]. Identificada así con el propio desarrollo económico, la Revolución brasileña tendría su fecha inicial en el movimiento revolucionario de 1930, habiéndose extendido sin interrupción hasta el golpe de abril de 1964. Paralelamente, y en la medida que los factores primarios del subdesarrollo brasileño son la expoliación imperialista y la estructura agraria, que muchos consideran semifeudal, el contenido de la Revolución brasileña sería antimperialista y antifeudal.

Esas dos direcciones conducen, pues, a un solo resultado —la caracterización de la Revolución brasileña como una revolución democrático-burguesa— y descansan en dos premisas básicas: la primera consiste en ubicar el antagonismo nación-imperialismo como la contradicción principal del proceso brasileño; la segunda en admitir un dualismo estructural en esa misma sociedad, que opondría el sector precapitalista al sector propiamente capitalista. Su implicación más importante es la idea de un frente único formado por las clases interesadas en el desarrollo, principalmente la burguesía y el proletariado, contra el imperialismo y el latifundio. Su aspecto más curioso es el de unir una noción antidialéctica, como la del dualismo estructural, a una noción paradialéctica, cual sería la de una revolución burguesa permanente, de la que los acontecimientos políticos brasileños en los últimos 35 años habrían sido más que episodios.

En esa perspectiva, el golpe militar de 1964 aparece simultáneamente como una consecuencia y una interrupción. Así es que, interpretada como un gobierno impuesto desde fuera por el imperialismo norteamericano, con el respaldo de los sectores reaccionarios brasileños, la dictadura de Castelo Branco es considerada también como una interrupción y aun como un retroceso en el proceso de desarrollo, lo que se expresa en la depresión a la que fue llevada la economía brasileña [2]. El espinoso problema planteado por la posición de la burguesía frente a la dictadura es solucionado cuando se admite que, temerosa por la radicalización ocurrida en el movimiento de masas durante los últimos días del gobierno Goulart, esa clase, del mismo modo que la pequeña burguesía, apoyó el golpe articulado por el imperialismo y la reacción interna, pasando luego a ser víctima de su propia política, en virtud de la orientación económico-antidesarrollista y desnacionalizante adoptada por el gobierno militar.

A partir de tal interpretación, la izquierda brasileña (nos referimos siempre a su sector mayoritario) plantea, como consigna, la “redemocratización”, destinada a restablecer las condiciones necesarias a la participación política de las masas y a tomar de nuevo el proceso de desarrollo. En último término, se trata de crear de nuevo la base necesaria al restablecimiento del frente único obrero-burgués; es decir, el diálogo político y la comunidad de propósitos entre las dos clases. Y es como, basada en su concepción de la Revolución brasileña, esa izquierda no llega hoy a otro resultado sino señalar, como salida para la crisis actual, una vuelta al pasado.

El compromiso político de 1937

Sería difícil verificar la exactitud de esa concepción sin examinar de cerca el capitalismo brasileño, la manera como será desarrollado y su naturaleza actual. Por lo general, los estudiosos están de acuerdo en aceptar la fecha de 1930 como el momento decisivo que marcó el tránsito de una economía semicolonial, basada en la exportación de un solo producto y caracterizada por su actividad eminentemente agrícola, a una economía diversificada, animada por un fuerte proceso de industrialización. En efecto, si el inicio de la industrialización data de casi cien años y fue notorio incluso a raíz del proceso político revolucionario que, victorioso en 1930, permitió su aceleración, y si la actividad fabril gana impulso en la década de 1920, no es posible negar que a partir de la revolución de 1930 la industrialización se afirma en el país y emprende el cambio global de la vieja sociedad brasileña.

La crisis mundial de 1929 obró mucho en ese sentido. Imposibilitado de colocar en el mercado internacional su producción y sufriendo el efecto de una demanda de bienes manufacturados que ya no se podía satisfacer con importaciones, el país acelera el proceso de sustitución de importaciones que parte, por eso mismo, de la industria ligera de consumo y llega, hacia los años 40, a la industria básica. Es la crisis de la economía cafetalera y la presión de la nueva clase industrial para participar del poder lo que engendra, primariamente, el movimiento revolucionario de 1930, obligando a la vieja oligarquía a abrir la mano de su monopolio político.

Durante algunos años, las fuerzas políticas se mantendrán en un equilibrio inestable, mientras intentan nuevas composiciones. La embestida fracasada de la vieja oligarquía, en 1932, refuerza la posición de la pequeña burguesía, cuya ala radical, unida al proletariado, desea profundizar el cambio revolucionario, reclamando sobre todo una reforma agraria. La insurrección izquierdista de 1935 se concluye empero con la derrota de esa tendencia, lo que permite a la burguesía consolidar su posición. Aliándose a la vieja oligarquía, y al sector derechista de la pequeña burguesía (el cual será aplastado el año siguiente), la burguesía apoya la implantación de un régimen dictatorial, bajo el liderazgo de Getulio Vargas.

El “Estado nuevo” de 1937, siendo un régimen bonapartista, está lejos de representar una opresión de clase abierta. Al contrario, a través de una legislación social avanzada, que se complementa con una organización sindical de tipo corporativo y con un fuerte aparato policial y de propaganda, trata de encuadrar a las masas obreras. Paralelamente, instituyendo el concurso obligatorio para los cargo públicos de bajo y medio nivel, concede a la pequeña burguesía (única clase verdaderamente letrada) el monopolio de esos cargos y le da, por lo tanto, una perspectiva de estabilidad económica.

La base objetiva del compromiso de 1937

La cuestión fundamental: comprender por qué la revolución de 1930 condujo a ese tipo de equilibrio político, y, más exactamente, por qué tal equilibrio se basó en un compromiso entre la burguesía y las viejas clases dominantes. La izquierda brasileña, haciéndose eco de un Virgínio Santa Rosa (intérprete de la pequeña burguesía radical en los añas 30), tiende hoy a atribuir ese hecho a la ausencia de conciencia de clase por parte de la burguesía, explicable por la circunstancia de haberse realizado la industrialización a costa de capitales originados en la agricultura, que ya no encontraban allí campo de inversión. Incide, a nuestro entender, en un doble error.

Primero, el desplazamiento de capitales de la agricultura hacia la industria tiene muy poco que ver, en sí mismo, con la conciencia de clase. No son los capitales los que tienen tal conciencia, sino los hombres que los manejan. Y nada indica (al contrario, estudios recientes, como el que viene realizando la Escuela de Administración de Empresas de São Paulo, dicen lo inverso) que los latifundistas se hayan convertido ellos mismos en empresarios industriales. Lo que parece haber pasado ha sido un drenaje de los capitales de la agricultura hacia la industria mediante el sistema bancario, lo que, de paso, explica mucho del comportamiento político indefinido y aun doble de la banca brasileña.

El segundo error es el de creer que la burguesía industrial no ha luchado por imponer su política, siempre que sus intereses no coincidían con los de la oligarquía latifundista-mercantil. Toda la historia político-administrativa brasileña de los últimos treinta años ha sido, justamente, la historia de esa lucha, en el terreno del crédito, de los tributos, de la política cambiaria. Si el conflicto no fue ostensible, si no estalló en insurrecciones y guerras civiles, es precisamente porque se desenvolvió en el marco de un compromiso político, el de 1937. Los momentos en que el compromiso mismo ha sido puesto en jaque fueron aquéllos en que la vida política del país se convulsionó: 1954, 1961, 1964.

Ahora bien, ese compromiso expresa de hecho una complementación entre los intereses económicos de la burguesía y de las viejas clases dominantes; es en este marco que el drenaje de capitales tiene sentido, aunque no se pueda confundir tal drenaje con la complementación misma. Y es por haber reconocido la existencia de ésta y actuando en consecuencia que no se puede hablar de falta de conciencia de clase por parte de la burguesía brasileña.

Uno de los elementos indicativos de esa complementariedad es, en efecto, el drenaje de capitales hacia la industria por el cual la burguesía tuvo acceso a un excedente económico que no precisaba expropiar, puesto que se le ponía espontáneamente a su disposición. No es, sin embargo, el único: mantener el precio externo del café, es decir de un tipo alto de cambio, mientras se devaluaba internamente la moneda, interesaba a los dos sectores, a la oligarquía porque mantenía el nivel de sus ingresos, a la burguesía porque funcionaba como una tarifa proteccionista. La demanda industrial interna era, por otra parte, sostenida exactamente por la oligarquía, necesitada de los bienes de consumo que ya no podía importar.

Éste será, tal vez, el punto esencial para la comprensión de la complementariedad objetiva en que se basaba el compromiso de 1937. Se trata de ver que, sosteniendo la capacidad productiva del sistema agrario (mediante la compra y el almacenamiento o la quema de los productos inexportables), el Estado garantizaba a la burguesía un mercado inmediato, el único en realidad, de que podía disponer en la coyuntura mundial de crisis. Por sus características rezagadas, ese sistema agrario mantenía, simultáneamente, su capacidad productiva a un nivel inferior a las necesidades efectivas de empleo de las masas rurales, forzando un desplazamiento constante de mano de obra hacia las ciudades. Esa mano de obra migratoria no iba a engrosar, tan sólo, la clase obrera empleada por las actividades manufactureras, sino que crearía un excedente permanente de trabajo; es decir, un ejército industrial de reserva que permitía a la burguesía rebajar los salarios e impulsar la acumulación de capital exigida por la industrialización. La reforma agraria apenas habría trastornado ese mecanismo, siendo incluso susceptible de provocar el colapso de todo el sistema agrario, lo que hubiera liquidado el mercado para la producción industrial y engendrado un desempleo masivo en el campo y en la ciudad, deflagrando, pues, una crisis global en la economía brasileña.

Es por lo que no se debe hablar de una dualidad estructural en los términos corrientes; es decir, de una oposición entre dos sistemas económicos independientes, sin que la cuestión quede seriamente confundida [3]. Al contrario, el punto fundamental está en reconocer que la agricultura de exportación fue la base misma sobre la cual se desarrolló el capitalismo industrial brasileño. Más que eso, y desde un punto de vista global, el capitalismo industrial fue la salida encontrada por la economía brasileña, en el momento que la crisis mundial del capitalismo, iniciada con la guerra de 1914, agravada por la crisis de 1929 y llevada a su paroxismo con la guerra de 1939, trastornaba el mecanismo de los mercados internacionales.

Ese razonamiento lleva también a desechar la tesis de una revolución permanente de la burguesía, puesto que se tiene que enmarcar tal revolución en el período 1930-37. El “Estado nuevo” no sólo significa la consolidación de la burguesía en el poder: él representa, también, la renuncia de esa clase a cualquier iniciativa revolucionaria, su alianza con las viejas clase dominantes en contra de las alas radicales de izquierda y el encauzamiento del desarrollo capitalista en el cuadro trazado por los intereses de la coalición dominante que se forma durante ese año.

La ruptura de la complementariedad

Alimentada con el excedente económico creado por la explotación de los campesinos (y los estudios sobre el “imperialismo interno” de São Paulo sobre el Nordeste, realizados por ciertos teóricos nacionalistas hace algunos año lo demuestran), y teniendo a la estructura agraria como elemento regulador de la producción industrial y del mercado de trabajo, la industria nacional que se desarrolla entre los años 1930-50 depende del mantenimiento de esa estructura, aunque se enfrente constantemente al latifundio y al capital comercial en lo que atañe a la apropiación de las ganancias creadas por el sistema. Sin embargo, y en la medida que se procesa el desarrollo, el polo industrial de esa relación económica tiende a autonomizarse y entra en conflicto con el polo agrario. Es posible identificar tres factores, a raíz de ese antagonismo.

El primero se refiere a la crisis general del sistema de exportación de Brasil, en virtud de las nuevas tendencias que se dibujan en el mercado mundial de materias primas. Aplazada por la guerra de 1939 y por el conflicto coreano, esa crisis se volverá ostensible a partir de 1952. La incapacidad del principal mercado comprador de los productos brasileños —el norteamericano— para absorber las exportaciones del país, la competencia de los países africanos y de los propios países industrializarlos, y la formación de zonas preferenciales, como el Mercado Común Europeo, la hacen irreversible.

Esa situación determinaba ya que la complementariedad, hasta entonces existente entre la industria y la agricultura, se viera puesta en cuestión. Amén de la acumulación de existencias invendibles que, debiendo ser financiadas por el gobierno, representaban una inmovilización de recursos retirados a la actividad industrial, la agricultura ya no ofrece a la industria el monto creciente de divisas que ésta necesita para importar equipos y materias primas, lo que, siendo normal en la época de la crisis mundial, dejaba de serlo cuando cambiaba la coyuntura del mercado internacional. Así es que, a pesar de que las exportaciones mundiales aumentan, entre 1951 y 1960, en un 55%, creciendo a la tasa media geométrica anual del 5.03%, las exportaciones brasileñas disminuyen, en el mismo período, en un 38%, bajando a la tasa media geométrica anual del 3.7% [4]. Mientras tanto, las importaciones de petróleo, trigo y papel de prensa, que, sumadas a las transferencias financieras, representaban en 1952 el 25% del valor de las exportaciones, absorbían el 70% de ese valor en 1959, no dejando más que el 30% para las demás importaciones, inclusive de equipos. [5]

Un segundo factor que estimula el antagonismo entre la industria y la agricultura está representado por la incapacidad de ésta para abastecer a los mercados urbanos en franca expansión. En efecto, las carencias surgidas en el abastecimiento de materias primas a la industria, y sobre todo en el abastecimiento de géneros alimenticios a las ciudades, provocan el alza de los precios de unas y de otros. Resultado del carácter rezagado de la agricultura brasileña —que resulta del régimen de propiedad de la tierra— ese hecho es puesto en evidencia por su repercusión en el nivel de vida de la clase obrera. La consecuente presión sindical en pro de mejoras salariales colmará esa tendencia, gravando pesadamente el costo de producción industrial y conduciendo a la larga a la depresión económica.

Un último factor que puede ser aislado, para fines del análisis, es la modernización tecnológica que acompañó al proceso de industrialización, principalmente después de la guerra. Reduciendo la participación del trabajo humano, en términos relativos, eso llevó a que se verificara un fuerte margen entre los excedentes de mano de obra liberados por la agricultura y las posibilidades de empleo creadas por la industria. El problema no hubiera sido muy grave si la mano de obra excedente estuviera en condiciones de competir con la mano de obra empleada, pues la existencia de un efectivo ejército industrial de reserva neutralizaría la presión sindical pro aumentos de salarios, contrarrestando los efectos del alza de los precios agrícolas. Ello no se verificó, sin embargo, ya que esa mano de obra no se puede emplear sino en ciertos sectores de la actividad económica (como el de la construcción civil), aumentando su incapacidad profesional al mismo ritmo que avanza la modernización tecnológica. En consecuencia, los sectores clave, como la metalurgia, la industria mecánica y la industria química, no pudieron beneficiarse de un aumento real de la oferta de trabajo, en proporción a la migración interna de mano de obra.

En esas condiciones, la migración rural representó cada vez más un empeoramiento de los problemas sociales urbanos. Esos problemas se juntaron a los que surgían en el campo, donde cundía la lucha por la posesión de la tierra, generando movimientos como el de las Ligas Campesinas. Sin llegar jamás a determinar el sentido de la evolución de la sociedad brasileña, el movimiento campesino, con sus conflictos sangrientos y sus consignas radicales, acabó por convertirse en el telón de fondo donde se proyectó la radicalización creciente de la lucha de clases en las ciudades.

La ruptura de la complementariedad entre la industria y la agricultura, conduciendo al planteamiento de la necesidad de una reforma agraria, determinó, por parte de la burguesía, el deseo de revisión del compromiso de 1937, intentada con el segundo gobierno Vargas (1950-54), y con los gobiernos Quadros (1961) y Goulart (1963-64, tras la tregua parlamentarista de 1961-62). En realidad, lo que pasaba era que el desarrollo del capitalismo industrial brasileño chocaba con el límite que le imponía la estructura agraria. Al estrellarse contra el otro límite, establecido por sus relaciones con el imperialismo, todo el sistema entraría en crisis, la cual no revelaría apenas su verdadera naturaleza, sino que lo impulsaría hacia una nueva etapa de su desenvolvimiento.

La embestida imperialista

En el período clave de su desarrollo, es decir entre 1930 y 1950, la industria brasileña se benefició de la crisis mundial del capitalismo, no solamente en virtud de la imposibilidad en que se encontró la economía nacional para satisfacer con importaciones la demanda de bienes manufacturados: se benefició también porque la crisis le permitió adquirir a bajo precio los equipos necesarios para su implantación y, principalmente, porque ella alivió considerablemente la presión de los capitales extranjeros sobre el campo de inversiones representado por el Brasil. Esa situación es común para el conjunto de los países latinoamericanos. Las inversiones directas norteamericanas en América Latina, que habían sido del orden de los 3,462 millones de dólares en 1929, bajaron a 2,705 millones en 1940. En 1946, todavía, el flujo de inversiones es inferior al de 1929, mas en 1950 alcanza ya un nivel superior, sumando 4,445 millones, para llegar en 1952 a los 5,443 millones de dólares.

Este cambio de tendencia no se limita al monto de las inversiones, sino que afecta también su estructura. Así, mientras en 1929 solamente 231 millones (menos del 10%) eran invertidos en la industria manufacturera, este sector acarreaba 780 millones; es decir, el 17.5% de las inversiones realizadas en 1950, y 1,166 millones de las de 1952, correspondientes al 21.4% de éstas. Si tomamos la relación entre la incidencia del sector agrícola y de los de minería, petróleo y manufactura en las inversiones realizadas en 1929 y 1952, veremos que las proporciones de 10% y 45%, verificadas en 1929, son de 10% y de 60%, en este último año.

En la historia de las relaciones con el imperialismo norteamericano, los primeros años de la década de 1950 representan, pues, un tournant. Así también para el Brasil. Es cuando la crisis del sistema brasileño de exportación salta a la vista, como señalamos anteriormente. Pero, sobre todo, es cuando se intensifica la penetración directa del capital imperialista en el sector manufacturero del país, de tal manera que las inversiones anuales norteamericanas, que habían sido allí de 46 millones de dólares en 1929, de 70 millones en 1940 y de 126 millones en 1946, llegan en 1950 a 284 millones y, en 1952, a 513 millones, mientras el monto global de esas inversiones, en todos los sectores, pasa de 194 millones en 1929 a 240 millones en 1940, a 323 millones en 1946, 644 millones en 1950 y 1,013 millones de dólares en 1952. [6]

Esa embestida de los capitales privados de los Estados Unidos es acompañada de un cambio en las relaciones entre el gobierno de ese país y el del Brasil. Durante el período de la guerra, el gobierno brasileño logrará obtener ayuda financiera pública norteamericana para proyectos industriales de importancia, como la planta siderúrgica de Volta Redonda, que ha permitido que se afirmara efectivamente una industria de base en el país. En la posguerra, una misión norteamericana —la misión Abbink— visita el Brasil, para realizar un levantamiento de sus posibilidades económicas e industriales, publicando su informe en 1949, mientras el gobierno brasileño elabora el Plan SALTE (salud, alimentación, transporte y energía), para el período 1949-54. En 1950, todavía, es creada la Comisión Mixta Brasil-Estados Unidos, siendo aprobado por los dos gobiernos un esquema de financiamiento público norteamericano del orden de 500 millones de dólares, para los proyectos destinados a superar los puntos de estrangulamiento en los sectores infraestructurales y de base.

La concreción de ese esquema de financiamiento es obstaculizada, empero, por el gobierno norteamericano, quien (al suceder —1952— en la presidencia el republicano Eisenhower al demócrata Truman) acaba por negarse a reconocer la obligatoriedad del convenio que lo había consagrado. La táctica era clara: se trataba de imposibilitar a la burguesía brasileña el acceso a recursos que le hubieran permitido superar con relativa autonomía los puntos de estrangulamiento surgidos en el proceso de industrialización, forzándola aceptar la participación directa de los capitales privados norteamericanos, que realizaban, como señalamos, una embestida sobre el Brasil. Esa táctica será adoptada, en adelante, de manera sistemática por los Estados Unidos, estando la raíz del conflicto entre el gobierno Kubitschek y el Fondo Monetario Internacional, que estalla hacia 1958, y de la ulterior oposición entre los gobiernos de Quadros y de Goulart y la administración norteamericana.

El mito del desarrollo autónomo

La burguesía brasileña intentará reaccionar contra la presión de los Estados Unidos en tres ocasiones distintas. La primera, en 1953-54, con el brusco cambio de orientación que se opera en el gobierno Vargas. Buscando reforzarse en el plano externo con una aproximación a la Argentina de Perón, Vargas altera su política interna, lanzando un programa desarrollista y nacionalista, que se expresa en el resucitamiento del Plan SALTE (que había quedado inaplicado), en el decreto del monopolio estatal del petróleo y el encaminamiento del proyecto que instituía medida idéntica para la energía eléctrica, en la creación del Fondo Nacional de Electrificación y en la elaboración de un programa federal de construcción de carreteras. Una primera reglamentación de la exportación de beneficios de las empresas extranjeras es concretada, al mismo tiempo en que se anuncia nueva reglamentación más rigurosa, y en que el gobierno envía al Congreso una ley tasando los beneficios extraordinarios. Paralelamente, en pláticas palaciegas, se ventila la intención presidencial de atacar el problema del latifundio, proponiendo una reforma agraria basada en expropiaciones y en el reparto de tierras. Para sostener su nueva política, Vargas decide movilizar al proletariado urbano: el Ministro del Trabajo, João Goulart, concede un aumento del 100% sobre los niveles del salario mínimo y llama a las organizaciones sindicales a respaldar al gobierno.

La tentativa fracasa. Presionado por la derecha, hostilizado por el partido comunista y acosado por el imperialismo (principalmente en el sector externo, donde las maniobras para bajar el precio del café enfrentan al país a una grave crisis cambiaria), el ex dictador acepta la misión de Goulart y, a través de varias concesiones, busca obtener un arreglo. Pero la lucha iba ya muy adelantada y el abandono de la política de movilización obrera sirve tan sólo para entregarlo indefenso a sus enemigos. El 24 de agosto de 1954, Vargas se suicida, de un tiro en el corazón.

La Instrucción 113, de la Superintendencia de la moneda y del crédito (actual Banco Central), expedida por el gobierno interino de Café Filho y mantenida por Juscelino Kubitschek, quien asume la Presidencia de la República en 1956, consagra la victoria del imperialismo. Creando facilidades excepcionales para el ingreso de los capitales extranjeros, ese instrumento jurídico corresponde a un compromiso entre la burguesía brasileña y los grupos económicos norteamericanos. En efecto, el flujo de inversiones privadas de los Estados Unidos, que alcanzó en cinco años alrededor de 2.5 mil millones de dólares, impulsó el proceso de industrialización y aflojó la presión que la crisis cambiaria ejercía sobre la capacidad para importar de la economía nacional. Observemos que esa penetración del capital imperialista presentó tres características principales: se dirigió, en su casi totalidad, a la industria manufacturera y de base; se procesó bajo la forma de introducción en el país de máquinas y equipos ya obsoletos en los Estados Unidos; y se realizó en gran parte a través de la asociación de compañías norteamericanas con empresas nacionales.

Hacia 1960, el deterioro constante de las relaciones de intercambio de la economía brasileña y la tendencia de las inversiones extranjeras a declinar, agravados por los movimientos reivindicativos de la clase obrera (en virtud de la ya señalada alza de los precios agrícolas), agudizan nuevamente las tensiones entre la burguesía y los monopolios norteamericanos. Janio Quadros, quien sucede a Kubitscheck en 1961, tratará de evitar la crisis que se acerca. Expresando los intereses de la gran burguesía de São Paulo, Quadros practica una política económica de contención de los niveles salariales y de liberalismo, cuyo objetivo es crear de nuevo atractivos a las inversiones de capital, inclusive las extranjeras, al mismo tiempo que plantea la necesidad de reformas de base, sobre todo en el campo. A ello agrega una orientación independiente en la política externa, que se destina a ampliar el mercado brasileño, diversificar sus fuentes de abastecimiento en materias primas, créditos y equipos, y posibilitar la exportación de productos manufacturados para África y Latinoamérica. Basado en el poder de canje que le daba esa diplomacia, y en una alianza con la Argentina de Frondizi, Quadros intentará, también, imponer condiciones en la conferencia de agosto de Punta del Este, en que se consagra el programa de la Alianza para el Progreso, y que representa una revisión de la política interamericana.

Como Vargas, Quadros fracasa. La reacción de la derecha, la presión imperialista y la insubordinación militar lo llevan al gesto dramático de la renuncia. Goulart, que le sucede, después que se frustra una maniobra para —preanunciando lo que pasaría en 1964— someter el país a la tutela militar, dedicará todo el año de 1962 a restablecer la integridad de sus poderes, que la implantación del parlamentarismo, en 1961, limitara. Para ello, revive en la política nacional el frente único obrero-burgués, de inspiración varguista, esta vez respaldado por los comunistas.

Aunque los intentos para restablecer la alianza con la Argentina no produzcan resultados, ni los de sustituir esa alianza por la aproximación con México y Chile, la política externa brasileña no sufre, con Goulart, cambios sensibles. Internamente, se agudiza la oposición entre la burguesía, sobre todo sus estratos inferiores, y el imperialismo llevando a la concreción del monopolio estatal de la energía eléctrica, que Vargas planteara en 1953, y a la reglamentación de la exportación de beneficios de las empresas extranjeras. Sin embargo, en 1963, tras el plebiscito popular que restaura el presidencialismo, el gobierno tendrá que enfrentarse a una disyuntiva insuperable: obtener el respaldo obrero para la política externa y las reformas de base, de interés para la burguesía, y contener al mismo tiempo, por exigencia de la burguesía, las reivindicaciones salariales. La imposibilidad de solucionar el problema conduce al gobierno al inmovilismo, que acelera la crisis económica, agudiza la lucha de clases y abre, finalmente, las puertas a la intervención militar.

Imperialismo y burguesía nacional

Este examen superficial de las luchas políticas brasileñas en los últimos diez años, parece dar la razón a la concepción generalmente adoptada por la izquierda brasileña de una burguesía desarrollista, antimperialista y antifeudal. La primera cuestión está, sin embargo, en saber lo que se entiende por burguesía nacional. Las vacilaciones de la política burguesa y, sobre todo, la conciliación con el imperialismo que se puso en práctica durante el periodo Kubitschek, llevaron a que se hablara de sectores de la burguesía comprometidos con el imperialismo, en oposición a la burguesía propiamente nacional, que ciertos grupos (principalmente algunas alas del PC brasileño y su escisión que constituyó, en 1962, el PC del Brasil) identifican con la burguesía mediana y pequeña, pasando a calificar a dichos sectores comprometidos como burguesía monopolista.

La distinción tiene su razón de ser. Se puede, en efecto, considerar que el nacionalismo, las reformas de base, la política externa independiente han representado, para la gran burguesía —es decir, para sus sectores económicamente más fuertes— mucho más un instrumento de chantaje, destinado a aumentar su poder de canje en las negociaciones con el imperialismo, que una estrategia para lograr un desarrollo autónomo del capitalismo brasileño. Inversamente, para la mediana y la pequeña burguesía (que predomina, sectorialmente, en la industria textil y en la industria de refacciones automovilísticas, por ejemplo, y, regionalmente, en Río Grande do Sul) se trataba, efectivamente, de limitar, y aun excluir, la participación del imperialismo en la economía nacional. A esos estratos burgueses se han de agregar ciertos sectores industriales de gran dimensión, pero todavía en fase de implantación, favorables pues, a una política proteccionista, como es el caso de la joven siderurgia de Minas Gerais, en que se verifica, sin embargo, fuerte incidencia de capitales alemanes y japoneses.

La razón para esa diferencia de actitud entre la gran burguesía y sus estratos inferiores es evidente. Frente a la penetración de los capitales norteamericanos, la primera tenía una opción —la de asociarse a esos capitales— que más que una opción, era una conveniencia. En efecto, considerando que el capital extranjero ingresaba sobre todo bajo la forma de equipos y técnicas, es comprensible que buscara asociarse a grandes unidades de producción, capaces de absorber una tecnología que, por el hecho de estar obsoleta en los Estados Unidos, no dejaba de ser avanzada para el Brasil. De otra parte, aceptando esa tecnología, las grandes empresas nacionales aumentaban su plusvalía relativa y su capacidad competitiva en el mercado interno. En esas condiciones, los ingresos de capital norteamericano significaban la irremisible quiebra de las unidades más pequeñas y se traducían en una acelerada concentración de capital, que engendraba estructuras de carácter cada vez más monopólico.

Es lo que explica que hayan sido los estratos inferiores de la burguesía y los sectores todavía incapaces de sostener la competencia de los capitales norteamericanos los que movieron la verdadera oposición a la política económica liberal de Quadros, favorable en su esencia al capital extranjero, y los que impulsaron, en el periodo Goulart, la adopción de medidas restrictivas a las inversiones externas, como la reglamentación de las exportaciones de beneficios, mientras la gran burguesía de São Paulo tendía hacia actitudes mucho más moderadas. Nada de ello impidió que la intensificación de las inversiones norteamericanas, en los años 50, aumentara desproporcionadamente el peso del sector extranjero en la economía y en la vida política del Brasil. Además de acelerar la transferencia del comando de sectores básicos de producción a grupos norteamericanos y subordinar definitivamente el proceso tecnológico brasileño a los Estados Unidos, eso agrandó la influencia del sector extranjero en la elaboración de decisiones políticas, y atenuó la ruptura que se había producido entre la agricultura y la industria. [7]

La lucha de clases

Sin embargo, como los hechos demostraron, lo que estaba en juego, para uno y otro sector de la burguesía, no era específicamente el desarrollo, ni el imperialismo, sino la tasa de beneficios. En el momento en que los movimientos de masas pro elevación de los salarios se acentuaron, la burguesía olvidó sus diferencias internas para hacer frente a la única cuestión que le preocupa de hecho —la reducción de sus ganancias. Eso fue tanto más verdadero cuanto no solamente el alza de los precios agrícolas, que había preocupado a la burguesía por su efecto sobre las reivindicaciones obreras pasó a segundo plano, por la autonomía que ganaron esas reivindicaciones, como también el carácter político que éstas asumieron puso en peligro la propia estructura de dominación vigente en el país. A partir del punto en que reivindicaciones populares más amplias se unieron al movimiento obrero, la burguesía —con los ojos puestos en la Revolución Cubana— abandonó totalmente la idea del frente único de clases y se volcó masivamente en las huestes de la reacción.

Esas reivindicaciones populares amplias, que mencionamos, resultaban en gran parte del dinamismo que ganara el movimiento campesino, mas se explicaban también por el agravamiento de los problemas de empleo de la población urbana, que acarreara la modernización tecnológica aportada por las inversiones extranjeras [8]. Esa modernización, de origen externo e inadecuada a las condiciones reales del mercado brasileño de trabajo, puesto que exigía un grado de calificación profesional para el cual la mano de obra no estaba preparada, acabó por crear una situación paradójica: mientras aumentaba el desempleo de la mano de obra en general, el mercado de trabajo calificado se agotaba, constituyéndose en punto de estrangulamiento, que postulaba todo un programa de formación profesional, es decir tiempo y recursos, para ser superado. La fuerza adquirida por los sindicatos de esos sectores (metalurgia, petróleo, industrias mecánica y química) compensó la desventaja que el desempleo creaba para los demás (construcción civil, industria textil) impulsando hacia el alza el conjunto de los salarios.

Para la burguesía, la solución que se imponía era la contención coercitiva de los movimientos reivindicativos y una nueva ola de modernización tecnológica que, aumentando la fuerza productiva del trabajo; es decir, reduciendo la participación de la mano de obra en actividad, aflojara la presión que la oferta de empleos producía sobre el mercado de mano de obra calificada. Para la primera, la contención salarial necesitaba crear condiciones políticas que no derivaban, evidentemente, del frente obrero-burgués que el gobierno y el PC insistían en proponerle. Para renovar su tecnología, no podía contar con las magras divisas suplidas por la exportación y, ahora, ni siquiera con el recurso a la intensificación de las inversiones extranjeras.

En efecto, desde 1961, se hace cada vez más sensible la resistencia de los sindicatos a la erosión inflacionaria de los salarios, y se verifica incluso, por parte de éstos, una ligera tendencia a la recuperación, al mismo tiempo que se acelera, por mediación del mecanismo de los precios, y en virtud de la inelasticidad de la oferta agrícola, la transferencia de rentas de la industria hacia la agricultura. Los intentos de la burguesía para imponer una estabilización financiera (1961 y 1963) fracasan. Sus tentativas para accionar en beneficio propio el proceso inflacionario, a través de alzas sucesivas de los precios industriales, apenas ponen ese proceso al galope, en virtud de las respuestas inmediatas que le dan el sector comercial agrícola y las clases asalariadas. La elevación consecuente de los costos de producción provoca bajas sucesivas en la tasa de beneficios: las inversiones declinan, no solamente las nacionales, sino también las extranjeras.

Con la recesión de las inversiones extranjeras, se cerraba la puerta para las soluciones de compromiso que la burguesía había aplicado desde 1955, al fracasar su primera tentativa para promover el desarrollo capitalista autónomo del país. La situación que debía enfrentar, ahora, era aún más grave, puesto que, con el desenvolvimiento de la crisis de exportación, el punto de estrangulamiento cambiario se agudizaba, y eso al momento mismo en que, terminado el plazo de maduración de las inversiones realizadas en la segunda mitad de los 50, los capitales extranjeros presionaban fuertemente para exportar sus beneficios. Así, pues, la crisis agraria, comprimiendo la capacidad para importar, provocaba una crisis cambiaria, que no solamente era imposible contener con el recurso de los capitales extranjeros, sino que era agravada por la acción misma de esos capitales. La consecuencia de la presión de esas tenazas sobre la economía nacional era, por primera vez desde los años 30, una verdadera crisis industrial.

En realidad, todo el sistema capitalista brasileño se encontraba puesto en jaque. La burguesía —grande, mediana, pequeña— lo comprendió, mucho más claramente que la mayoría de la izquierda y, olvidando sus ambiciones autárquicas, así como la pretensión de mejorar su participación frente al socio mayor norteamericano, se preocupó únicamente en salvar el propio sistema. Y fue como llegó al 1° de abril de 1964.

La integración imperialista

La dictadura militar se presenta así como la consecuencia inevitable del desarrollo capitalista brasileño y como un intento desesperado para abrirle nuevas perspectivas de desenvolvimiento. Su aspecto más evidente es la contención por la fuerza del movimiento reivindicativo de las masas. Interviniendo en los sindicatos y demás órganos de clase, disolviendo las agrupaciones políticas de izquierda, encarcelando y asesinando líderes obreros y campesinos, promulgando una nueva ley de huelga que obstaculiza el ejercicio de ese derecho laboral, la dictadura logró promover, por el terror, un nuevo equilibrio entre las fuerzas productivas. Se bajaron normas fijando límites a los reajustes salariales y reglamentado rígidamente las negociaciones colectivas entre sindicatos y empresarios, que tuvieron como efecto práctico reducir a la mitad el valor real de los salarios. [9]

Para ejecutar esa política antipopular, fue necesario reforzar la coalición de las clases dominantes. Desde este punto de vista, la dictadura corresponde a la ratificación del compromiso de 1937, entre la burguesía y la oligarquía rural. Eso quedó claro al renunciar la burguesía a una reforma agraria efectiva. El texto de la reforma aprobado por el gobierno militar se limita, de hecho, a crear mejores condiciones para el desarrollo agrícola, mediante la concentración de las inversiones y la formación de fondos para asistencia técnica, dejando las expropiaciones para los casos críticos de conflicto por la posesión de la tierra. Se trata, en suma, de intensificar en el campo el proceso de capitalización, lo que, además de exigir un plazo largo, no puede concretarse ahora, en virtud de la recesión global de las inversiones.

Es necesario empero, tener en vista que no es la necesidad de respaldo político del latifundio la única causa responsable por esa situación. La contención salarial resta, en efecto, el carácter agudo que tenía para la burguesía el alza de los precios agrícolas, puesto que éstos ya no pueden repercutir normalmente sobre el costo de producción industrial. Por otra parte, la dictadura militar pasó a ejercer estrecha vigilancia sobre el comportamiento de los precios agrícolas, manteniéndolos coercitivamente en un nivel tolerable a la industria. Sin embargo, la razón determinante para el restablecimiento integral de la alianza de 1937, es el desinterés relativo de la burguesía en relación a una ampliación efectiva del mercado interno. Volveremos luego a este punto.

Otro aspecto de la actuación desenvuelta por el gobierno de Castelo Branco consiste en la creación de estímulos y atractivos a las inversiones extranjeras, principalmente de los Estados Unidos. Mediante la revocación de limitaciones a la acción del capital extranjero, como las que se establecían en la ley de remesa de beneficios de 1962, de la concesión de privilegios a ciertos grupos, como pasó con la Hanna Corporation, del acuerdo de garantías a las inversiones norteamericanas, se intenta atraer al país estas inversiones. Simultáneamente, conteniendo el crédito a la producción (lo que lleva a las empresas a buscar el sostén del capital extranjero o ir a la quiebra cuando son compradas a bajo precio por los grupos internacionales); estimulando la “democratización del capital” (lo que implica, en esta fase de depresión, facilitar al único sector fuerte de la economía —el extranjero— el acceso a por lo menos parte del control de las empresas); creando fondos estatales o privados de financiamiento, basados en empréstitos externos; tributando fuertemente la hoja de salarios de las empresas (lo que las obliga a renovar su tecnología, reduciendo la participación del trabajo, y asociarse pues, al capital extranjero) el gobierno militar promueve hoy la integración acelerada de la industria brasileña a la economía norteamericana. El instrumento global para ese objetivo es el “plan de acción económica”, elaborado por el ex embajador en Washington y actual ministro del Plan, Roberto Campos. Para atraer a los inversionistas extranjeros, cuenta el gobierno con el argumento decisivo que representa la baja de los costos brasileños de producción, obtenida por la contención de los movimientos reivindicativos de la clase obrera.

Esa política de integración al imperialismo tiene un doble efecto: aumenta la capacidad productiva de la industria brasileña, gracias al impulso que da a las inversiones y a la modernización tecnológica, mas, en virtud de esa modernización, acelera el desajuste existente entre el crecimiento industrial y la creación de empleos por la industria. No se trata, como vimos, apenas de reducir la oferta de empleos para los nuevos contingentes que llegan anualmente, en la proporción de un millón, al mercado de trabajo, sino también de reducir la participación de la mano de obra ya en actividad, aumentando fuertemente la incidencia del desempleo. [10]

La integración imperialista subraya pues la característica particular del capitalismo industrial brasileño, que no solamente es incapaz de crear mercados en la proporción de su desarrollo, sino que tiende a restringirlos en términos relativos. Se trata de una distorsión de la ley general de acumulación capitalista; es decir, la absolutización de la tendencia al pauperismo, que lleva al estrangulamiento de la propia capacidad productiva del sistema [11], ya evidenciada por los altos índices de “capacidad ociosa” verificados en la industria brasileña, aun en su fase de mayor expansión. La marcha de esa contradicción básica del capitalismo brasileño conduce a su agudización hasta la más total irracionalidad; es decir, expandir la producción, restringiendo cada vez más la posibilidad de crear para ella un mercado nacional y aumentando incesantemente el ejército industrial de reserva. [12]

La emergencia del subimperialismo

Lo que hace absurdo el desarrollo capitalista brasileño, convirtiéndolo en un verdadero mostrenco en relación al tipo clásico, no es tanto la fuerte tendencia al pauperismo que se presenta allí, puesto que, en términos generales, eso caracteriza a todo el capitalismo. Lo que hace absurdo el capitalismo brasileño es su imposibilidad de controlar su proceso tecnológico, ajustándolo a las exigencias de su propio ciclo económico. Y son las condiciones específicas que tiene que enfrentar para, repitiendo lo que hicieron los sistemas más antiguos, buscar en el exterior la solución para ese problema.

En efecto, la consecuencia de esa situación es la tendencia que impulsa hoy el capitalismo brasileño hacia el exterior, en el afán de compensar con la conquista de mercados ya formados, principalmente en Latinoamérica, su imposibilidad para ampliar el mercado interno [13]. Esa forma particular de imperialismo constituye, en realidad, un subimperialismo. No es, de hecho, posible a la burguesía brasileña competir en mercados ya repartidos por los monopolios norteamericanos —y el fracaso de la política externa de Quadros y Goulart lo demuestra. Le queda entonces la alternativa de ofrecer sociedad a esos monopolios en el proceso mismo de producción en Brasil, argumentando con las extraordinarias posibilidades de ganancias que la contención coercitiva del nivel de vida de la clase obrera contribuye a crear.

Expresión de esa tendencia expansionista es la doctrina de la “interdependencia continental” o de las “fronteras ideológicas”, en que se basa la actual política externa brasileña. Elaborada por el general Golberi do Couto e Silva, graduado por la escuela norteamericana de Fort Benning y jefe del Servicio Nacional de Informaciones (SNI) de la dictadura militar (organismo que, con sus dos mil agentes actuando en el continente, ya fue comparado a una CIA en miniatura), esa doctrina establece que, por razones geopolíticas, que lo vincularían estrechamente a los Estados Unidos, el Brasil “debe aceptar conscientemente la misión de asociarse a la política de los Estados Unidos en el Atlántico sur”. La contrapartida de esa “elección consciente” sería el reconocimiento norteamericano de que “el casi monopolio de dominio en aquella área debe de ser ejercido por el Brasil exclusivamente”. [14]

Las deformaciones iniciales del capitalismo brasileño lo han conducido, pues, a un desarrollo monstruoso, en que llega a la etapa imperialista antes de haber logrado el cambio capitalista global de la economía nacional. La consecuencia más importante de este hecho es que, al revés de lo que pasa con las economías imperialistas, el subimperialismo brasileño no puede convertir la expoliación, que quiere realizar exteriormente, en un factor de elevación del nivel de vida interno, capaz de amortiguar el ímpetu de la lucha de clases. Tiene, al contrario, por la necesidad que experimenta de proporcionar un sobrelucro a su socio mayor norteamericano, que agravar violentamente la explotación en el marco de la economía nacional, conteniendo los costos de producción y, por ende, el nivel de los salarios.

Se trata, en fin, de un capitalismo que ya no es capaz de atender a las aspiraciones de progreso material y de libertad política, que movilizan hoy a las masas brasileñas. Inversamente, tiende a subrayar los aspectos más irracionales del sistema capitalista, encauzando parte de las inversiones para el sector improductivo de la industria bélica y aumentando, por la necesidad de absorber parte de la mano de obra desempleada, los efectivos militares. No crea, así, tan sólo las premisas para su expansión hacia el exterior: refuerza también internamente el militarismo, destinado a afianzar la dictadura abierta de clase que la burguesía se ha visto en la contingencia de implantar.

Revolución y lucha de clases

Es en esta perspectiva que se ha de determinar el verdadero carácter de la Revolución brasileña. Por supuesto, nos referimos aquí a un proceso posible, venidero, ya que hablar de él como de una cosa existente, en la fase contrarrevolucionaria que atraviesa el país, es un contrasentido. Identificar esa Revolución con el desarrollo capitalista es una falacia, y lo mismo sucede con la imagen de una burguesía antimperialista y antifeudal. El desarrollo industrial capitalista ha sido, en efecto, lo que prolongó la vida del viejo sistema semicolonial de exportación. Su desenvolvimiento, al revés de liberar el país del imperialismo, lo vinculó a éste aún más estrechamente, y acabó por conducirlo a la presente etapa subimperialista, que corresponde a la imposibilidad definitiva de un desarrollo capitalista autónomo en Brasil.

La noción de una “burguesía nacional” de pequeño porte, capaz de desentenderse de las tareas que la burguesía monopolista no realizó, no resiste a su vez al menor análisis. No se trata solamente de señalar que los intereses primarios de esos estratos burgueses son los de cualquier burguesía; es decir, la preservación del sistema contra toda amenaza real, como lo demostró su respaldo al golpe militar de 1964. Se trata, principalmente, de ver que la actuación política de la llamada “burguesía nacional” expresa su rezago económico y tecnológico y corresponde a una posición reaccionaria, aun en relación al desarrollo capitalista.

Aunque fuera posible, y no lo es, las masas brasileñas no pueden comprar su independencia económica al precio del sometimiento definitivo al subdesarrollo, que es lo que significaría obstaculizar la incorporación del progreso tecnológico extranjero y estructurar la economía nacional a partir de unidades de baja capacidad productiva. La cuestión, para ellas es justamente el inverso: edificar la economía brasileña en bases tales que no sólo admitan la incorporación del progreso tecnológico y la concentración industrial, sino que las aceleren. Todo está en lograr una organización de la producción que permita el pleno aprovechamiento del excedente creado; es decir, que aumente la capacidad de producción y de consumo dentro del sistema, elevando los niveles de empleo y de salario. Eso, como se vio, no es posible en el marco del sistema capitalista, y es lo que señala al pueblo brasileño un solo camino: el ejercicio de una política obrera, de lucha por el socialismo.

A los que niegan a la clase obrera del Brasil la madurez necesaria para ello, el análisis de la dialéctica del desarrollo capitalista en el país ofrece rotunda respuesta. Han sido, en efecto, las masas trabajadoras quienes, con su movimiento propio, e independiente de las consignas reformistas que recibían de sus directivas, hicieron crujir las articulaciones del sistema y determinaron sus límites. Llevando adelante sus reivindicaciones económicas, que repercutieron en los costos de la producción industrial, el proletariado brasileño agudizó la contradicción surgida entre la burguesía y la oligarquía rural e impidió a la primera el recurso a las inversiones extranjeras, forzándola a buscar el camino del desarrollo autónomo. Si al final la política burguesa no condujo sino a una capitulación y, más que eso, a la reacción, es porque, en verdad, ya no existe para la burguesía la posibilidad de conducir la sociedad brasileña hacia formas superiores de organización.

Al contrario de las acusaciones lanzadas hoy a la izquierda revolucionaria por los grupos reformistas, la derrota de 1964 no se debió a un exceso de radicalización popular, sino más bien a una distorsión de la misma. Fue por no contar con directivas capaces de traducir en estrategia política el movimiento, que contra todo y contra todos ella desenvolvía, que la clase obrera se vio frustrada. Mas esa frustración, lejos de detener el ímpetu de la lucha de clases, apenas lo acentuó.

El verdadero estado de guerra civil implantado en Brasil por las clases dominantes, del cual la dictadura militar es la expresión, no deja a la clase obrera sino el camino de la revolución. Del mismo modo, el ingreso del capitalismo brasileño en su etapa subimperialista resta a la actual organización económica toda posibilidad de satisfacer a las necesidades vitales de los trabajadores y, por sus repercusiones externas, identifica su lucha de clase con la batalla antimperialista que se libra en el continente.

Más que una redemocratización y una renacionalización, el contenido de la sociedad que surgirá de ese proceso será el de una democracia nueva y de una economía nueva, abiertas a la participación de las masas y hacia la satisfacción de sus necesidades. En ese cuadro los estratos inferiores de la burguesía encontrarán, si quieren, y con carácter transitorio, un papel adecuado. Crear ese cuadro y dirigir su evolución es, sin embargo, una tarea que ningún reformismo podrá sustraer a la iniciativa de los trabajadores.

 

Notas

[1] La exposición más sistemática de esa concepción ha sido hecha por Celso Furtado, en A pré-revolução brasileira, Rio, 1962. Véase también, del mismo autor, Dialéctica del desarrollo, México, Fondo de Cultura Económica, 1965.

[2] Según la Fundación Getulio Vargas, entidad semioficial, el producto nacional brasileño presentó las siguientes variaciones: 1956-61, 7%; 1962, 5.4%; 1963, 1.6%; y 1964, -3%.

[3] La refutación más radical de la tesis del dualismo estructural, la hizo Andre Gunder Frank, en el estudio “The Brazilian agriculture: capitalism and the myth of feudalism”, incluido en su libro Capitalism and underdevelopment in Latin America, a ser publicado en Nueva York, por Monthly Review.

[4] Desenvolvimiento & Conjuntura, Río, marzo, 1965, p. III.

[5] Ese hecho es señalado por Gunder Frank, en su libro ya citado, quien subraya la falsedad de la tesis que sostiene que la industrialización, en el marco del sistema capitalista mundial, conduce a la independencia económica.

[6] Los datos sobre las inversiones norteamericanas en Latinoamérica y en Brasil fueron suministrados por el Departamento de Comercio de los Estados Unidos, en su publicación U. S. Investments in the Latin American Economy, 1957.

[7] Principalmente porque las empresas y accionistas extranjeros tienen necesidad absoluta de las divisas producidas por la exportación para remitir sus ganancias al exterior. Véase, para una explicación más amplia, mi artículo “Contradicciones y conflictos en el Brasil contemporáneo”, en Foro Internacional n. 4, México, 1965.

[8] Entre 1950 y 1960, mientras la población urbana brasileña crecía a casi un 6% anual y la producción manufacturera al 9%, el empleo en la actividad manufacturera no presenta un incremento anual mayor del 2.8%. Véase Celso Furtado, Diálectica del desarrollo, pp. 18-19.

[9] Después del aumento del salario mínimo concedido en marzo de 1964 por el gobierno Goulart, el costo de vida se elevó en un 90%, hasta que la dictadura militar decidió conceder nuevo aumento, del 50%, en febrero de 1965. Desde entonces, es decir entre marzo y julio de 1965, la progresión alcista del costo de la vida ha sido del 23%.

[10] Datos suministrados por el Departamento Intersindical de Estadística y Estudios Socioeconómicos (DIEESE), de São Paulo, revelan que los despidos de trabajadores con más de un año de servicio, en aquel Estado, en el primer semestre de 1965, eleváronse en el 32.8% sobre los que se verificaron en igual período del año pasado. La industria fue la más afectada, con el 77.9% del total de dispensas, siendo que, en este sector, el aumento de despidos, en relación al primer semestre de 1964, ha sido del 84.2% en las industrias metalúrgica, mecánica y de material eléctrico, y del 123.7% en las industrias química y farmacéutica.

[11] Este hecho ha sido advertido por Wanderley Guilherme, cuando escribió: “... la expansión del sistema capitalista subdesarrollado, realizada según el ritmo de incorporación de bienes de capital de nivel internacional, contiene en sí misma su propia limitación, conduciendo a frenar la evolución de la fuerza de trabajo en primer lugar, limitando por ello la expansión del mercado interno. Alcanzado el límite, hipotéticamente, se impide la expansión de la propia capacidad productiva”. Introdução ao estudo das contradições sociais no Brasil, Río, Instituto Superior de Estudios Brasileños, 1963, p. 113.

[12] Según estimaciones de la Fundación Getulio Vargas, el crecimiento de la economía brasileña fue del 5%, en el primer semestre de 1965. Por dudosa que sea esa información, en virtud del interés del gobierno militar en negar la depresión económica, la FGV no hubiera podido transformar el agua en vino; es decir, presentar como crecimiento lo que ha sido un declive, siendo, pues, más probable que, aunque la referida tasa pueda resultar exagerada, la economía haya entrado en fase de recuperación, simultáneamente al agravamiento del problema del desempleo.

[13] El vigor que gana el expansionismo brasileño, y la importancia que tiende a adquirir para el Brasil el mercado latinoamericano, se pueden medir por los datos suministrados por un reciente informe de la ALALC sobre el comercio intrazonal. Así, mientras, en el primer trimestre de 1965, las exportaciones globales de los ocho países de la zona aumentaron del 28.3% en relación a igual lapso de 1964, las exportaciones brasileñas aumentaron tres veces más, creciendo en 89.5%. Véase Revista de Comercio Exterior, México, Banco Nacional de Comercio Exterior, septiembre de 1965.

[14] Golberi do Couto e Silva, Aspectos geopolíticos do Brasil, Río, Biblioteca del Ejército, 1957.