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Las teorías de la crisis en América Latina

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Punto Final Internacional, Año VIII, No. 193, México, mayo de 1981.

 

Ha ganado fuerza entre los economistas marxistas la idea de que la actual crisis internacional marca el fin de la etapa de desarrollo que caracterizó a la economía capitalista mundial a partir de 1950. Algunos de ellos van incluso más allá y sostienen que esa crisis corresponde a la fase recesiva de un “ciclo largo”, y deberá extenderse hasta fines del siglo. Reivindican así los estudios de Kondrátieff para el siglo XIX y, a veces, de Schumpeter, que afirman que el desarrollo capitalista se realizó allí mediante “ondas largas”, de 50 años de duración aproximadamente, y aplican a éstas el concepto de ciclo económico, tal como lo trabajó Marx y la misma teoría burguesa.

La concepción de que los ciclos económicos strictu sensu se inscriben en el marco de “ciclos largos” no puede dejar de suscitar dudas. Cuando Trotsky, y antes de él Parvus, encontraban fases de larga duración y de signo inverso (de animación y decaimiento) en el desarrollo del capitalismo no les atribuían duración predeterminada y las relacionaban sobre todo con factores que se pueden considerar en cierta medida exógenos al ciclo del capital. Tales podrían ser: la incorporación de nuevas áreas geográficas a su esfera de acción, los movimientos de la lucha de clases, el descubrimiento y explotación de recursos naturales que atienden a exigencias específicas del capital (oro, petróleo), etc.

En esta perspectiva, las fases se distinguen del ciclo económico: éste establece su movimiento a partir de determinaciones endógenas, vale decir propias al capital, en particular de aquellos elementos que, a partir de la producción (composición orgánica, tasa de plusvalía) o de la competencia (mercados, ganancia extraordinaria), presionan hacia abajo la cuota de ganancia. Sin que haya una muralla china entre ciclo y fase, en tanto que son dimensiones de lo real, el análisis debe distinguir entre ellos, so riesgo de perder en rigor, cayendo en explicaciones cuyos resultados son independientes de sus premisas o rompen abiertamente con ellas.

Ejemplo es la manera como Mandel —uno de los principales teóricos del “ciclo largo” y el que ha buscado de manera más seria vincularlo a la teoría de Marx sobre las crisis— hace a un lado, en su planteamiento al respecto, su propia constatación en el sentido de que la rotación del capital fijo (un elemento determinante en la configuración del ciclo) se habría reducido a la mitad en la posguerra. Si se asimilara fase y ciclo, esto no podría dejar de influir en la duración de la primera.

Pero quizá el aspecto que merece más atención en la tesis del “ciclo largo” es que —más allá de la intención de sus autores— ella motiva, o por lo menos permite, una visión en cierta medida estática del capitalismo y en particular de la etapa en que se encuentra. Antes que hacer inferencias de una noción teórica dudosa, habrá que demostrar que la crisis en que ha ingresado el capitalismo mundial es simplemente la fase recesiva de un ciclo largo, lo que permitiría ponerse en la perspectiva de la continuidad del sistema, o sea de regreso a un nuevo “ciclo largo”, y no a una fase que podría estar anunciando su declinación y, ¿por qué no? su liquidación histórica. No es a Grossman y a la teoría del derrumbe que habría que recurrir, para ello. Es a Lenin y a su análisis del cambio no sólo de fase, sino de período, que significó el paso del capitalismo competitivo al imperialismo.

Preocupaciones de este orden se nos figuran válidas cuando la crisis mundial se contempla desde una zona como la nuestra, en donde su impacto se hace sentir mediante la alteración brusca de sus relaciones con el imperialismo, el ascenso de las luchas de clases y, en especial, el redespliegue del movimiento revolucionario, en Nicaragua y en general en Centroamérica. Uno no puede menos que esperar que acontecimientos como los que sacuden hoy a América Latina puedan ser ya las señales definitivas del proceso de liquidación de las viejas formas de opresión y explotación que el capital ha impuesto a escala mundial.