Participantes

 

Contacto

 

Irracionalidad de la dependencia

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Punto Final Internacional, Año IX, No. 197, México, septiembre-octubre de 1981.

 

El rasgo característico de la economía dependiente es su tendencia a divorciar la producción de las necesidades de consumo de las amplias masas. En el patrón de desarrollo que se impuso en América Latina a partir de 1950, ello se tradujo en una industrialización que privilegió la fabricación de bienes de lujo. En una región plagada de miseria, donde los trabajadores no tienen lo suficiente para el alimento, la ropa y la vivienda, hemos visto surgir maravillas de la mecánica y la electrónica, reservadas al disfrute de unos cuantos.

La expansión de la producción suntuaria se ha realizado a costa de un fuerte desequilibrio sectorial. En la industria, entre 1950 y 1975, los bienes de consumo necesario vieron bajar su participación en la producción global de un 66 a un 40 por ciento; mientras los bienes de consumo durable y de capital doblaban la suya del 11 al 26 por ciento, y los bienes intermedios, que sirven para la producción de unos y otros, aumentaban de manera más discreta del 23 al 34 por ciento. En el sector agropecuario, se asistió a la caída de la tasa anual de crecimiento de un 3.7 a un 2.4 por ciento, con lo que ésta quedó por debajo del crecimiento demográfico (2.8 anual, entre 1950-1975).

Esta situación repercutió en las relaciones con el exterior, generando crecientes presiones para aumentar las importaciones de bienes intermedios y de capital, así como de las materias primas y alimentos que esa estructura desequilibrada no producía en cantidades adecuadas. Vinieron luego los déficits de la balanza comercial y los préstamos para cubrirlos, comprometiendo los magros recursos obtenidos por las exportaciones. Y no fue todo: al interior de las sociedades latinoamericanas se fueron creando masas cada vez más numerosas que se encuentran excluídas del goce de los frutos de ese tipo de desarrollo.

Las estimativas de las Naciones Unidas nos dan una idea de ello. En 1972, el 43 por ciento de la población latinoamericana, equivalente a 118 millones de personas, se encontraba en situación de “pobreza”; es decir, tenía ingresos inferiores a 180 dólares anuales. Un escalón más abajo, 73 millones de personas, que representaban un 27 por ciento de la población total percibía ingresos inferiores a 90 dólares al año y vivía en situación de “indigencia”. En otras palabras, sólo un 30 por ciento de los latinoamericanos participa de alguna manera y en algún grado de los frutos del patrón de desarrollo capitalista que se nos ha impuesto.

No debe causar sorpresa que, después de lanzarse a la fabricación de sofisticados autos de paseo, televisiones a todo color, alucinantes aparatos de sonido, ese patrón de desarrollo empiece ahora a enseñar literalmente los dientes, al convertir la base de esa producción en infraestructura para la industria de material bélico. Allí donde esto ha tenido mayor avance, el Brasil de los militares, hay más de 100 mil obreros y técnicos empleados en cerca de 100 empresas que constituyen ese sector. Sus productos han saltado al primer lugar en las exportaciones manufactureras y se estima que alcanzarán este año la cifra de 2 mil millones de dólares, doblando el valor de las exportaciones del año pasado. Con ello, Brasil se ubica en el quinto lugar mundial entre los países proveedores de medios de destrucción.

No se trata de un caso aislado. En Argentina, Chile, Perú y otros países, la crisis que, desde mediados de la década pasada, afecta a nuestras economías, asigna puestos de relieve a la producción bélica, divorciando aún más el aparato productivo de las necesidades de las masas. Y esto será así, hasta que esos 200 millones de “pobres” e “indigentes”, vale decir la casi totalidad de las masas latinoamericanas, hagan valer sus intereses. Ello implicará el arrasamiento de la economía irracional que nos han impuesto las burguesías criollas y el imperialismo y el proceso de construcción de una sociedad realmente al servicio del pueblo trabajador.