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Polonia: el socialismo como problema

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Punto Final Internacional, Año IX, No. 199, enero de 1982.

 

Quien quiera que haya acompañado con cierta atención el desarrollo de los acontecimientos en Polonia no podía dudar de que su desenlace no pasaría de 1981. La gravedad de la crisis económica que se abatía sobre el país le ponía ya un tope. En ese contexto, destacaba la voluminosa deuda externa (28,500,000 dólares, de los cuales dos terceras partes se le debían a la banca privada), pero sobre todo la incapacidad del país para hacerle frente. De allí se derivaba el violento estrangulamiento del sector externo, que llevaba a un nivel insoportable la escasez de materias primas y alimentos en condiciones de riguroso, invierno.

Sin embargo, lo que hacía realmente catastrófica la crisis económica era el grado de agudización que había alcanzado la lucha por el poder en Polonia. Desde octubre, con el reemplazo de Kania por Jaruzelski a la cabeza del POUP, se había entrado a la hora de la decisión. Ante la presión creciente de la oposición, cobijada bajo el paraguas de Solidaridad y de la Iglesia, el gobierno se planteó dos opciones: la negociación, con la propuesta de un Frente de Acuerdo Nacional hecha por Jaruzelski a Walesa y Glemp, o el golpe militar, para lo que el ejército se desplegaba en todo el territorio, conformando grupos operacionales regionales y asumiendo de hecho el control de la vida administrativa y económica del país.

Noviembre se caracterizó por los movimientos realizados por la oposición, atrapada entre las tenazas en que la tenía el gobierno. Mientras Walesa y Glemp percibiendo el peligro, buscaban mantener abiertas las posibilidades del diálogo, a su derecha y a su izquierda cundía la radicalización, sobre la base de una efervescencia creciente del movimiento obrero y popular. La divulgación por la prensa oficial de grabaciones de las discusiones realizadas por la directiva de Solidaridad en las que se planteaba sin tapujos una ofensiva insurreccional sobre el poder y que no fueron desmentidas —limitándose Walesa a decir que se trataba de frases fuera de contexto— dejó claro que los radicales, aunque minoritarios en el conjunto del movimiento opositor, desbordaban la dirección moderada. La marcha ascendente de esos sectores en el sentido de imponer su política de enfrentamiento se hizo evidente, el 11 de diciembre, cuando dirigentes de Solidaridad llamaron a un referéndum nacional que permitiera al pueblo decidir qué sistema político deseaba para Polonia.

La respuesta oficial fue el golpe militar del 13 de diciembre, el primero que, en su accidentada historia que ya ha deparado muchas sorpresas, registra el desarrollo del socialismo. En realidad, una sorpresa difícil de digerir, por lo que son muchos los socialistas que, honestamente, la repudian, prefiriendo negar que sea algo que tenga que ver con el Socialismo, antes que admitir que se trata de un producto de su realización histórica. Por la misma razón, ante los desmanes de la dirigencia china, hay quienes —aunque no necesariamente los mismos— prefieren poner en entredicho el carácter socialista del proceso chino, a tener que aceptar que se trata de una manifestación histórica del socialismo, así como otros lo hicieron también ante los horrores de la Kampuchea de Pol Pot, y antes de ellos ante las brutalidades del stalinismo, en una lista que sería largo enumerar.

Se trata de una actitud comprensible, pero poco práctica, que no ayuda para nada a la comprensión de cómo se está haciendo hoy la historia del socialismo. Del mismo modo, negar el carácter esencialmente burgués de la dictadura monárquico-feudal de Bismark sólo aportaría confusión a la comprensión de la historia del capitalismo.

Para situarse ante la dictadura militar polaca, sin incurrir en el reemplazo de la realidad por planteamientos ideales o un dulce pero ingenuo obrerismo (que se expresa en ideas de que hay que estar con los obreros aunque no tengan razón), habrá que reseñar de manera menos emocional algunos aspectos que ella reviste.

La lucha por el poder

La primera pregunta a hacer es si, en el marco de la lucha por el poder desatada en Polonia desde mediados de 1980, hubiera sido mejor para el desarrollo del socialismo que las fuerzas que hoy detentan el poder hubieran capitulado sin resistencia ante la ofensiva opositora. Es cierto que el movimiento obrero polaco había generado una notable capacidad de iniciativa y organización por la base, que no comprometía de por sí, sino más bien afirmaba, el curso socialista del proceso. Pero no lo es menos que la dirigencia que cristalizara en el curso de éste y sus concepciones programáticas hacían probable que el traspaso del poder a la oposición hubiera significado abrir camino a la contrarrevolución.

En efecto, más allá de la restauración del capitalismo o de la implantación de un régimen anarcosindicalista (para llamarlo de algún modo) que ofrecían los sectores de derecha y de izquierda en el movimiento opositor, ¿qué se podría esperar de un Walesa y un Glemp que no representara el intento de poner de pie el “socialismo comunitario” que preconiza la Democracia Cristiana y cuyos resultados se pudieron apreciar en el Chile de Frei? En lo que a programas se refiere, cuando se intenta en Polonia la formación del Frente de Acuerdo Nacional, ¿no es notable la diferencia entre las cuatro condiciones definidas por el POUP (reconocer y mantener la propiedad social de los medios de producción en los sectores fundamentales de la economía; reconfirmar en su papel al partido en el proceso histórico polaco; reconocer la alianza ideológica, política y militar de Polonia con sus aliados socialistas y mantener el carácter socialista del Estado en las relaciones internas y su identidad en el campo internacional) respecto al programa de seis puntos levantado por Solidaridad, en el que se planteaban problemas económicos y sociales, reformas judiciales, un nuevo sistema para escoger candidatos en las elecciones locales, la reforma al sistema de precios y un mayor acceso del sindicato a los medios de comunicación? ¿Qué elementos en el programa de seis puntos aseguraban el curso socialista del proceso polaco?

La verdad es que, con toda probabilidad, aunque el gobierno polaco hubiera optado por la capitulación, la comunidad socialista, con la Unión Soviética a la cabeza, no hubiera permitido que se consumara. Admitir este hecho no puede llevar a tomar como realidad lo que no es sino una posibilidad, por muy probable que ésta nos aparezca. No se trata de discutirle al campo socialista su derecho de defender posiciones. Lo hace ante un enemigo que no se caracteriza por la mansedumbre, que se expresa plenamente en el gobierno cavernario y guerrerista que se ha dado hoy el imperialismo norteamericano. Se trata, sobre todo, de tener presente que el golpe polaco le quitó al imperialismo yanqui su mejor pretexto para justificar su política belicista; no es casual que, mientras Reagan y Haig claman contra una intervención soviética que no hubo, Willy Brandt y Schmidt aceptan con alivio la solución interna del problema polaco, en la medida en que contribuye a moderar los vientos de guerra que soplan sobre Europa.

Para nosotros, latinoamericanos, que sabemos que una intervención extranjera en Polonia hubiera legitimado y agravado la intervención que Estados Unidos realiza hoy en Centroamérica, el hecho de que ésta no se haya realizado no puede dejar de ser menos relevante que para el liderazgo socialdemócrata europeo. Más que lamentarnos por un hecho posible que no se concretó, debemos rechazar con justa indignación los infundios lanzados en este sentido por el imperialismo norteamericano.

Un grito de alerta

Éstos son algunos de los duros hechos que los socialistas tenemos que encarar sin tergiversaciones, respecto a los acontecimientos de Polonia. A partir de allí, es justo y necesario plantearse una serie de problemas e interrogantes, que hacen tanto al destino del socialismo polaco como al del socialismo como proceso histórico. Apuntemos brevemente algunos de ellos.

Antes que nada, hay que preguntarse qué reserva el futuro al pueblo polaco. El gobierno ha anunciado su disposición de mantener lo esencial del programa de renovación socialista, anteriormente acordado con la oposición. Sin embargo, las medidas que de partida ha adoptado van contra las conquistas más elementales de la clase obrera, en el contexto de una crisis económica que no parece poder ser superada en breve plazo. Esto de por sí conspira contra los deseos expresados por el gobierno. Conspira más todavía el hecho de que el amplio movimiento democrático que se venía desarrollando en el país ha sido cortado de manera brutal, siendo difícil que en un futuro cercano las masas acepten reconocer, en las medidas de renovación que se adopten, una expresión real de sus aspiraciones y tiendan más bien a verlas como meras disposiciones desde arriba. ¿Qué sentido podrá tener en este momento en Polonia la implantación de la autogestión, si se hace en un país erizado de bayonetas? La solución del problema depende del grado de acuerdo a que pueda llegar el gobierno de Jaruzelski con el liderazgo moderado de la oposición y demanda, en todo caso, tiempo para que cicatricen las heridas.

Otra cuestión relevante que ha hecho emerger la crisis polaca, y que sigue desempeñando un papel decisivo en la contingencia histórica inmediata, se refiere al problema de la construcción socialista en un mundo en el que el capitalismo se mantiene todavía como fuerza hegemónica. Por mucho que el socialismo haya desarrollado su campo de fuerzas y constituido un mercado emergente, éste sigue vinculado y en ciertos aspectos dominado por la dinámica de la reproducción del capital en escala mundial. En los orígenes de la crisis polaca este elemento, expresado en las vigorosas relaciones establecidas entre la economía de Polonia y el mercado capitalista mundial, a través del comercio y los flujos de capital, ha tenido influencia destacada. En su desenlace, la aguda depresión que se ha abatido sobre la economía capitalista mundial, repercutiendo no sólo en Polonia, sino también en la generalidad de los países socialistas, juega también un papel importante. La persistencia de la tendencia depresiva que se prevé para este año en los grandes centros capitalistas hace más difícil la superación de la crisis polaca y pone obstáculos a la comunidad socialista para acudir en su auxilio.

Sin embargo, se trata de un problema mucho más profundo y que se refiere a la forma misma como el socialismo se construye hoy en el mundo. Sabemos que el socialismo exige el desarrollo de las fuerzas productivas en una amplia escala, sin lo cual se comprometería su perspectiva estratégica de superación de las necesidades básicas del hombre. Sabemos también que ese desarrollo no puede realizarse al margen de la economía mundial y supone la correcta aplicación de la coexistencia pacífica, en los términos en que la formuló Lenin; los intentos de inspiración pequeñoburguesa de aislar la construcción socialista del mercado mundial no nos han dado sino desviaciones peligrosas como el maoísmo y, en su expresión más exacerbada, el régimen de Pol Pot en Kampuchea. Pero —y en ese “pero” reside el reto histórico que el socialismo debe enfrentar— el desarrollo de las fuerzas productivas sobre la base del mercado mundial no puede implicar la pérdida de la perspectiva socialista; es decir, de la construcción de una sociedad superior en cuanto a sus formas de organización y a los valores que la inspiran.

Ello significa, antes que nada, ligar ese desarrollo a la edificación de nuevas formas de convivencia social, que expresen en el plano de la historia la concreción de la democracia proletaria. Lenin apuntaba certeramente a esto cuando decía que, en Rusia, el socialismo significaba la electrificación más los soviets. Ello significa también que, precisamente por querer asegurar la satisfacción de las necesidades básicas del hombre, la construcción socialista debe empezar por la definición de lo que son esas necesidades básicas; toda confusión que allí se produzca con el consumismo inducido por la lógica del mercado, como ocurre en el capitalismo, no puede llevar sino al socavamiento del conjunto de los valores que deben orientar la edificación de la nueva sociedad.

El desarrollo productivista y consumista que se realizó en Polonia en la década pasada y que implicó abrir las puertas al capital extranjero sin ningún tipo de control, no podría tener en las masas sino un efecto: minar su espíritu socialista y llevarlas, cuando plantearon sus intereses, a expresarlos bajo la forma de aspiraciones de consumo y libertarismo político que favorecieron efectivamente la emergencia de un liderazgo desvinculado, cuando no abiertamente contrario, a los ideales socialistas. En este plano, Polonia, como en sentido opuesto ocurrió con China y Kampuchea, representa un grito de alerta para la comunidad socialista y encarna de manera viva ante nuestros ojos uno de los peligros a que puede conducir el desarrollo histórico del socialismo.

La lección que hay que sacar de allí no es la de recurrir a caracterizaciones vagas como la de sociedad post industrial o post capitalista, que no dicen nada (como no dice nada la de sociedad post feudal). No es, en suma, la de negar que haya socialismo en Polonia: es más bien la de reconocer que el socialismo se realiza históricamente de forma imperfecta y contradictoria y que sus contradicciones pueden engendrar efectos tan terribles como el golpe polaco del 13 de diciembre. La lección debe alertamos sobre la necesidad de considerar a la revolución proletaria, en su desarrollo histórico, como un proceso que se critica y se rehace diariamente, estando lejos todavía el día en que podamos levantarnos y gritar, jubilosos: ¡Bien has hozado viejo topo!