Participantes

 

Contacto

 

Marx y la teoría del capitalismo

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Punto Final Internacional, Año X, No. 206, México, marzo-abril de 1983.

 

Desde comienzos de la década pasada, el marxismo afirma su presencia en el campo de las ciencias sociales latinoamericanas y, en muchos países, llega a convertirse en corriente hegemónica en el plano universitario. Las consecuencias positivas que de allí se derivan para la formación de las jóvenes generaciones de estudiantes no dejan de tener su contrapartida negativa, ya que el nuevo status del marxismo ha sido pagado frecuentemente con concesiones al academicismo y al eclecticismo. Es útil, pues, reflexionar sobre el significado histórico del marxismo para plantearse la pregunta de por qué, a cien años de la muerte de Marx, su pensamiento da muestra entre nosotros de tanta pujanza. Me limitaré aquí al terreno de la economía política, que es donde él se situó para elaborar una obra plenamente acabada.

La economía política surge como expresión, en el plano de la conciencia social, de los complejos problemas de producción y distribución de la riqueza, acarreados por el advenimiento del capitalismo, así como de los conflictos de clases que ellos suscitan. Es cierto, como lo muestra Aristóteles, que en períodos históricos anteriores a la era capitalista se había registrado ya la preocupación por los fenómenos económicos. Sin embargo, esto se da en situaciones caracterizadas por el florecimiento de la economía mercantil, que anticipaban rasgos de la sociedad capitalista, pero en las que el carácter no dominante de las relaciones mercantiles no permitía el deslinde de este campo de conocimiento, con lo que la economía se mantuvo en la esfera de la filosofía.

Siendo un producto del capitalismo, que sólo cristaliza como ciencia cuando éste alcanza su pleno desarrollo, la economía política no espera maduración de las condiciones de producción que le son propias para aparecer. De hecho, empieza a constituirse cuando el capitalismo aún se encuentra en fase de formación, en el seno de la sociedad feudal. Por otra parte, como un eslabón del pensamiento científico surgido de la concatenación de eslabones anteriores, ella es también un arma de la clase que personifica al modo de producción naciente, la burguesía, contra la que entra en proceso de disolución la aristocracia terrateniente. Por ello, para captar el sentido del desarrollo de la economía política, conviene tener presentes las condiciones nacionales particulares en que se desarrolla el capitalismo.

El período manufacturero inaugura la era capitalista, en el siglo XVI, prolongándose hasta la revolución industrial, a fines del siglo XVIII. La importancia que adquiere el capital comercial contribuye a acelerar la disolución del modo de producción feudal, lo que se manifiesta en el aumento de la importancia del dinero en el desarrollo de la producción mercantil y en la quiebra de las viejas instituciones medievales, que comienzan a ser reemplazadas por la centralización política de las monarquías absolutas.

La manufactura, florecerá sobre todo en Inglaterra. La expansión marítima proporciona allí una rápida ampliación del mercado, al tiempo que acarrea un drenaje de metales preciosos, base para una mayor circulación dineraria. El ciclo de la revolución burguesa, que se abre en 1648 (Cromwell) y culmina en 1688-89, despeja el camino para el fortalecimiento de la burguesía. La supresión de los privilegios corporativos y las leyes de navegación dan libre tránsito al desarrollo del capitalismo en Inglaterra y preparan las condiciones para que sea allí donde se realice, en el siglo siguiente, la revolución industrial.

La situación en Francia es distinta. Surgida la manufactura bajo el control del Estado, que extiende a ella tanto los privilegios como las limitaciones del monopolio corporativo medieval (Colbert), ella tendrá su desarrollo más coartado que en Inglaterra. La formación de una burguesía burocrática, infiltrada en el aparato estatal gracias al poder del dinero, y su alianza con la nobleza terrateniente, conducen a la subordinación de la burguesía al Estado absolutista, al revés del enfrentamiento que presidió el ascenso al poder de la burguesía inglesa. Las guerras civiles de la Fronda, que terminan con el reforzamiento de la monarquía (Luis XIV), en el momento mismo en que, en Inglaterra, ésta se ve seriamente minada, consagran esa tendencia. El Estado francés asegurará durante largo tiempo la supervivencia de la economía corporativa, frenando el desarrollo del capitalismo en el campo y enmarcando la burguesía industrial en las grandes manufacturas de Estado.

Nacimiento de la economía política

La economía política surge simultáneamente en Inglaterra y en Francia, pero su desarrollo estará signado en cada país por las condiciones materiales que le son propias. William Petty (Aritmética política, 1699) y Boisguillebert (Detalle de Francia, 1697) pueden ser considerados sus verdaderos iniciadores [1]. Ambos plantean el tema central de la economía clásica: la teoría del valor, orientada desde un principio hacia la identificación del trabajo como elemento básico para la determinación del valor. Pero Petty vive una situación en que la burguesía depende para su expansión del capital-dinero, acumulado sobre todo en el comercio: acepta, pues, con naturalidad esa forma específica de riqueza burguesa que es el dinero, aunque equivocándose en el análisis de su formación. Boisguillebert, sin embargo, aunque vaya más allá que Petty en su estudio del valor, ve al dinero como algo contrapuesto a los intereses tanto campesinos como manufactureros, del mismo modo que antagónico a la vieja clase señorial, en la que sigue reposando el poder político de la monarquía; justifica, pues, tan sólo como natural la forma burguesa de la producción; es decir, la generación de productos para el cambio en tanto que mercancías, pero rechaza su forma de circulación.

Esas diferencias de análisis se harán aún más evidentes cuando los fisiócratas franceses proclamen a la tierra como única fuente real de riqueza (o de excedente económico, noción que aparece con esa corriente). Siendo sobre todo una denuncia del papel parasitario que desempeñaba entonces la aristocracia terrateniente, la tesis fisiocrática era también una idealización de la pequeña producción mercantil, que echará hondas raíces en el seno de la estructura feudal francesa. El contraste es flagrante cuando comparamos esa afirmación con la de Adam Smith (La riqueza de las naciones, 1777), en el sentido de que es el trabajo la fuente básica de la riqueza. Smith privilegiaba así la producción manufacturera, la cual cumplía para los fisiócratas tan sólo una función de transformación, pero no de creación de valor.

Como quiera que sea, tanto en Inglaterra como en Francia, el énfasis central de la naciente teoría económica estaba en su noción de un sistema regido por leyes naturales propias, frente a las cuales no cabía ninguna intervención. El hecho de que esa tesis tuviera en Francia (donde la economía se encontraba agobiada por los reglamentos y controles impuestos por el Estado) una importancia política mayor (lo que implica que hayan sido los fisiócratas, y particularmente Quesnay, con su Cuadro Económico, quienes la hayan afirmado de manera más tajante) no la hacía menos importante para el joven capitalismo inglés. Se explica así que Adam Smith reivindicara esa noción con singular energía.

Al afirmar la autonomía y la especificidad de lo económico, se echaban las bases para que su estudio adquiriera el status de verdadera ciencia, destinada a conocer sus mecanismos y leyes. Esa aspiración encontrará su mejor expresión con David Ricardo, cuyos Principios de Economía Política (1817) constituyen la coronación de los esfuerzos desarrollados por los economistas de los siglos precedentes y el punto de partida para nuevos planteamientos.

Ricardo corresponde a la etapa en que el capitalismo llega a su pleno desarrollo: la de la gran industria, hecha posible por la revolución industrial. Corresponde también al inicio de la conversión del capitalismo en sistema mundial. Con la revolución de 1789, los obstáculos políticos al nuevo modo de producción son eliminados en Francia y, mediante la expansión napoleónica, la burguesía victoriosa se extiende por toda Europa occidental, desde donde se irradia al resto del mundo.

El nuevo sistema económico triunfante tendrá en Ricardo su gran teórico. Pero, desde un principio, ese sistema pone al desnudo la explotación despiadada del proletariado, que es su fundamento, y los desajustes cíclicos entre la oferta y demanda que, revistiendo el carácter de crisis, constituyen su modo de desarrollo. Es así, como, al mismo tiempo que, llegado a su período de auge, el capitalismo ve madurar con Ricardo su economía política, encuentra también sus primeros contestatarios.

Ciencia y lucha de clases

Una de las críticas más duras partirá de la escuela económica francesa y se realizará bajo la inspiración de la pequeña burguesía, que tradicionalmente la orientará, a través de los Nuevos Principios de Economía Política (1819), donde Sismonde de Sismondi planteaba su teoría del subconsumo. Ésta se basa en la fórmula de Ricardo, en el sentido de que el valor de los salarios tiende a igualarse a lo mínimo de subsistencias requeridas por el obrero. Esa tendencia de los salarios, sostenía Sismondi, restringe, por un lado, la capacidad del mercado y lleva, por otro, a un aumento de las ganancias, lo que conduce al incremento de las inversiones en maquinaria, etc.; en consecuencia, crece la oferta de productos al mismo tiempo que disminuye su demanda en el mercado. [2]

Paralelamente a la crítica de Sismondi, se desarrolla en Inglaterra la corriente conocida como “izquierda ricardiana”, que criticaba al capitalismo mediante la radicalización de los planteamientos del propio Ricardo. Thomas Hodgskin (Economía política popular, 1827), John Gray (Ensayo sobre la Felicidad Humana, 1825), William Thompson (La distribución de la riqueza, 1824) y John Francis Bray (Males y remedios del trabajo, 1839) son sus nombres más expresivos. Entre los puntos centrales del pensamiento de Ricardo, los autores de esa corriente destacarán la teoría del valor, la teoría de la distribución de la renta y la teoría del salario.

Será Marx, sin embargo, quien planteará las principales cuestiones que la economía clásica no había podido resolver y les dará una solución en la perspectiva de negación del sistema. A partir del replanteamiento de la teoría del valor y con base en su gran aporte a la teoría económica —la teoría de la plusvalía— Marx rebasa el punto a que había llegado la ciencia de los clásicos y saca definitivamente a la economía política del campo de la burguesía.

Pese a ello, la economía política marxista es la heredera legítima de la economía clásica. Como lo señala Maurice Dobb [3], la economía no marxista se mueve hoy día en un marco de referencias totalmente distinto al que creó la economía clásica y que se continuó en el marxismo. La moderna ciencia económica no marxista se deriva fundamentalmente de las corrientes que surgen en la segunda mitad del siglo pasado, en torno a Menger, Böhn-Bawerk, Wiesser y, principalmente, Jevons, que desembocan en la actual teoría de la utilidad marginal. En ella, a diferencia de la economía clásica, el énfasis ya no está en la oferta o la producción, sino en la demanda, y se ha cambiado el macroanálisis por el microanálisis, mientras se valoriza el enfoque psicológico.

Las nuevas tendencias que marcan el desarrollo de la ciencia económica de la burguesía se deben, en última instancia, a la superación relativa del periodo crítico que representará la primera mitad del siglo XIX para el capitalismo y su evolución hacia un floreciente capitalismo competitivo, hasta 1880, cuando comienza la gestación de su etapa imperialista. En este contexto, la elevación de los patrones de consumo y el crecimiento de la producción suntuaria (cuya demanda depende, en efecto, del factor psicológico y dará lugar a una gigantesca actividad comercial centrada en la psicología del consumidor), aunados al progresivo control que los monopolios ejercen sobre la oferta, han significado nuevas exigencias por parte de la burguesía en materia de conocimientos económicos prácticos. Por otra parte, el carácter revolucionario que el marxismo imprime a la economía política la hace indeseable a un sistema en el que el crecimiento del proletariado y el deslinde cada vez más visible de sus contradicciones de clase trabajan en el sentido de limitar la investigación científica.

No hay ciencia si no hay crítica. Pero, llegada a un cierto punto de su desarrollo, la burguesía ya no puede aceptar una crítica que se vuelva contra ella misma y su dominación de clase. Es por lo que, iniciada y desarrollada por la burguesía, la economía política pasó, tan pronto como el capitalismo hizo madurar los antagonismos de clase, a las manos del proletariado. En el curso de este movimiento, se presenta como crítica de la economía política clásica; es decir, arma decisiva en la lucha teórica del proletariado contra la burguesía, y como teoría de la economía capitalista; o sea, explicación sistemática de las leyes propias al modo de producción que consagra la explotación del trabajo por el capital.

La actualidad de Marx deviene de que cupo a él cumplir esa tarea. El inmenso esfuerzo de elaboración teórica y metodológica que debió hacer para llevarla a cabo hubiera sido suficiente para convertirlo en uno de esos gigantes del pensamiento, capaces de imponer a toda una época histórica el sello de sus ideas. Pero, al proceder a la revolución intelectual que la ciencia está obligada a realizar toda vez que cambia la base material que la sustenta, Marx fue más allá: hasta tanto no desaparezcan las condiciones de producción y las formas de vida que constituyen la materia prima de su reflexión, su obra se mantiene esencialmente vigente, como bien lo hizo ver Jean Paul Sartre, y seguirá balizando el horizonte teórico en que nos movemos.

 

Notas

 

[1] Marx, Contribución a la crítica de la economía política, Ediciones de Cultura Popular, México, 1974, p. 54-58.

[2] El planteamiento de Sismondi sobre las crisis no se compadece con la teoría marxista, en la medida que desconoce el papel que juega el capital constante en la formación de la demanda; es decir, el hecho de que las inversiones en maquinaria y equipo, así como en materias primas, crean también demanda.

[3] Economía política y capitalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1966.