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La “interdependencia” brasileña

y la integración imperialista

 

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Monthly Review, selecciones en castellano, año 3, n. 30, Buenos Aires, marzo de 1966. Este artículo fue publicado en el número de diciembre de 1965 en la edición norteamericana de MR [PDF].

 

El estado actual de las relaciones interamericanas, después de la intervención de los Estados Unidos, secundados por el Brasil, en la República Dominicana, permite temer el encuadramiento militar de todo el continente, ya por la sustitución de gobiernos regularmente electos por juntas militares de excepción, ya por la acción armada de los Estados Unidos y de los gobiernos militares latinoamericanos doquiera que se presente un movimiento popular. Hace algunos años, más exactamente en 1961, esa situación parecía improbable y los Estados Unidos no tenían condiciones para imponerla, no atreviéndose siquiera a apoyar abiertamente una invasión de Cuba. Así como la posición brasileña de entonces, contraria a la intervención en los asuntos internos de otros países, influyó decisivamente para ello, así también la diplomacia que practica hoy el gobierno militar de Brasil constituye una pieza importante en el cambio impuesto a las relaciones interamericanas.

Sería incorrecto, sin embargo, considerar a la nueva diplomacia brasileña como un factor autónomo en la determinación de la política interamericana, del mismo modo como no se podrá tomarla como el mero efecto de la orientación que adopta el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Más exactamente, ambas se explican por los cambios que sufre la economía norteamericana, internamente y en sus relaciones con los países del hemisferio, e inversamente, por las transformaciones operadas en la economía brasileña y su posición actual frente a los Estados Unidos. Es a partir de esa interrelación, que se encuadra en el proceso imperialista de integración, que se ha de analizarlas, a fin de estimar correctamente las perspectivas que se abren a la política interamericana.

La integración imperialista

La progresión ascensional de la acumulación capitalista en la economía norteamericana y el proceso de trustificación que se presentó allí, en este siglo, como una constante, tienen por resultado la concentración siempre creciente de una riqueza cada vez más considerable. Si las inversiones en actividades productivas acompañasen el ritmo de crecimiento del excedente así obtenido, la estructura económica estallaría en crisis quizá más violentas que las de 1929, en virtud del mecanismo mismo que vincula el ciclo de coyuntura a la variación del capital constante. La política antinflacionaria que se ha adoptado, de modo general, en los Estados Unidos, después de la guerra, ha permitido contener el ímpetu del crecimiento económico y limitar a lo inevitable el monto del excedente, sin lograr impedir, sin embargo, que éste siga muy por encima de las posibilidades existentes para su absorción. Resultan de ahí las sumas siempre más grandes destinadas a las inversiones improductivas, principalmente en la industria bélica y en los gastos de publicidad. El restante, que no ha podido esterilizarse de esa manera, se precipita hacia el mercado exterior, convirtiendo a la exportación de capitales en uno de los trazos más característicos del imperialismo contemporáneo. [1]

La lógica capitalista, que subordina la inversión a la expectativa de beneficio, lleva esos capitales a las regiones y sectores que parecen más prometedores. La consecuencia es, a través de la repatriación de capitales, un aumento suplementario del excedente, que impulsa nuevas inversiones en el exterior, recomenzando el ciclo en nivel más alto [2]. Se amplían así incesantemente las fronteras económicas norteamericanas, intensificándose el amalgamiento de intereses en los países en ellas contenidos y se vuelve cada vez más necesario que, bajo distintas maneras, el gobierno de Washington extienda más allá de los límites territoriales la protección que dispensa a sus nacionales.

A principios de siglo, el más prestigioso teórico marxista de entonces, Karl Kautsky, influenciado por el revisionismo bernsteiniano e impresionado por el proceso de trustificación que, desde las dos últimas décadas del siglo XIX, caracterizaba la economía capitalista, formuló su teoría del “superimperialismo”: tras la concentración progresiva del capital en un gigantesco trust mundial, se podría esperar la centralización política correspondiente y una transición necesaria y pacífica al socialismo. En su prefacio a la obra de Bukharin —La economía mundial y el imperialismo— que escribió en 1915, Lenin combate la teoría kautskyana, aunque sin negar la tendencia integracionista presentada por el capitalismo mundial. Lo que pasará —advertía— es que tal tendencia se desarrollará en medio de contradicciones y conflictos, que darán un impulso a la tendencia opuesta, antes que ella llegue a su culminación. La guerra de 1914 y la Revolución rusa, la guerra mundial y los fenómenos que engendró —la formación del bloque socialista y los movimientos de liberación nacional— le dieron la razón.

Siempre es verdad, sin embargo, que la expansión del capitalismo mundial y la acentuación del proceso monopolístico mantuvieron constante la tendencia integracionista, que se expresa hoy, de manera más evidente, en la intensificación de la exportación de capitales. Otro marxista alemán, Ernst Talheimer, lo advirtió, al acuñar, en la posguerra, su categoría de la cooperación antagónica. En un momento en que la dominación norteamericana parecía incontrastable, frente a la destrucción europea que siguió a la guerra mundial, Talheimer fue suficientemente lúcido para apercibirse que el proceso mismo de integración o cooperación, acentuándose, desarrollaría sus contradicciones internas. Eso fue sobre todo verdadero en lo que se refiere a los demás países industrializados, quienes, sometidos a la penetración de las inversiones norteamericanas, se volvieron a su vez en centros de exportación de capitales y extendieron simultáneamente sus fronteras económicas, dentro del proceso ecuménico de la integración imperialista. Las tensiones que intervinieron entre esos varios centros integradores, de desigual grandeza (como, por ejemplo, Francia y Estados Unidos), aunque no puedan, como en el pasado, llegar a la hostilidad abierta, y tengan que mantenerse en el marco de la cooperación antagónica, obstaculizan el proceso de integración, abren fisuras en la estructura del mundo imperialista y juegan fuertemente en beneficio de lo que tiende a destruir las bases mismas de esa estructura —los movimientos revolucionarios en los países subdesarrollados.

Integración y subdesarrollo

Hay que advertir, en efecto, que no es sólo al nivel de las relaciones entre los países industrializados que el proceso de integración imperialista alienta su propia negación. Eso se da, principalmente, al nivel de las relaciones entre esos países y los pueblos colonizados, y reside allí sin duda el factor determinante que lo encamina hacia su frustración. La exportación de capitales en dirección a esas naciones impulsa, de hecho, el desarrollo de su sector industrial, contribuyendo a crear nuevas situaciones de conflicto, desde dos puntos de vista —interno y externo— y a propiciar una crisis que altera las condiciones mismas en que se procesa esa industrialización.

Internamente, la industrialización se traduce, en un país rezagado, en la agudización de contradicciones sociales de varios tipos: entre los grupos industriales y los latifundistas-exportadores; entre la industria y la agricultura de mercado interno; entre los grandes propietarios rurales y el campesinado; y entre los grupos empresariales y la clase obrera, así como la pequeña burguesía. La diversificación económica se acompaña, pues, de una complejidad cada vez mayor en las relaciones sociales, que opone, en primer término, los sectores de mercado interno a los de mercado externo y, luego, en el corazón de los dos sectores, a los grupos sociales que los constituyen. Ni siquiera el capital extranjero invertido en la economía puede sustraerse a esas contradicciones y presentarse como un bloque homogéneo: el que se invierte en las actividades de exportación (Anderson Clayton, United Fruit) no tiene exactamente los mismos intereses que el que se aplicó en la producción industrial o agrícola para el mercado interno (industria automotriz, aparatos electrodomésticos, industria de enlatados), y ambos reaccionarán de modo distinto, por ejemplo, delante de un proyecto de reforma agraria que signifique ampliación del mercado interno y cree en el campo mejores condiciones de trabajo y remuneración.

El hecho de que el proceso de diversificación social, que resulta de la industrialización, no se sincronice rigurosamente con el ritmo de la penetración imperialista lleva, de otra parte, a que se agraven los factores antagónicos entre la economía subdesarrollada y la economía dominante. Puede pasar —como sucedió, por ejemplo, en Brasil, entre los años 1930 y 1950— que el sector industrial nacional aumente de manera mucho más rápida que la desnacionalización económica resultante de las inversiones externas. Además de las disputas que surgen, entonces, entre los dos sectores, en su lucha por el mercado interno, sus relaciones se agravan cuando —alcanzado determinado nivel de industrialización— las necesidades crecientes de la importación chocan, en el terreno cambiario, con las presiones del sector extranjero para exportar sus beneficios y con las distorsiones que la dominación imperialista impone a la estructura del comercio exterior.

La cuestión tiende a agravarse aún más por otra razón. La reducción del plazo de renovación del capital fijo en las economías avanzadas, como consecuencia del ritmo increíblemente rápido de las innovaciones tecnológicas [3], lleva a que esas economías experimenten la necesidad apremiante de exportar sus equipos obsoletos a las naciones en fase de industrialización. El estrangulamiento cambiario que sus prácticas comerciales y financieras provocan en la capacidad para importar de esas naciones contrarresta, empero, esa tendencia. La contradicción sólo puede superarse a través de la introducción de tales equipos en los países subdesarrollados bajo la forma de inversión directa de capital. La consecuencia de tal procedimiento es la aceleración del proceso de desnacionalización —por lo tanto, de integración— al mismo tiempo en que allí se implanta un desnivel creciente entre el cuadro tecnológico y las necesidades de empleo para una población en explosión demográfica. La manera por la cual se procura, pues, superar el estrangulamiento cambiario implica, por los problemas laborales resultantes, la agudización de las tensiones sociales internas, factor de los más decisivos en los movimientos de liberación nacional.

La cooperación antagónica entre la burguesía de los países subdesarrollados y el imperialismo es conducida así a un punto crítico, que ya no le permite existir en su ambigüedad e impone una disyuntiva entre la cooperación, tendiendo a la integración y el antagonismo, y marchando hacia la ruptura. Es lo que pasó en Brasil, en 1964, y nos conviene examinar el mecanismo de esa crisis, así como sus consecuencias.

¿Desarrollo capitalista autónomo?

La crisis del sistema de exportación de Brasil, iniciada en los años 30 y claramente configurada al terminar la guerra de Corea, lanza a la sociedad brasileña a un proceso de radicalización de sus contradicciones, que expresa la imposibilidad de seguir procesándose el desarrollo industrial dentro de los cuadros semicoloniales hasta entonces existentes. Esa imposibilidad se vuelve visible por la acción de dos limitaciones estructurales. La primera se manifiesta en la crisis del comercio exterior, donde se verifica una tendencia constante a la baja en los precios de los productos exportados y una incapacidad del principal mercado comprador —el norteamericano— para absorber las cantidades crecientes que necesita exportar la economía brasileña para atender las importaciones necesarias a la industrialización. La segunda limitación se deriva del régimen de propiedad de las tierras, que estrangula la oferta de géneros alimenticios y materias primas requeridas por la industria y el crecimiento demográfico y urbano —lo que, además de impulsar a la alza de los precios, que estimula, a su vez, los movimientos reivindicativos de masas—, concentra los rendimientos de la agricultura en manos de una minoría y obstaculiza la expansión del mercado interno para la producción industrial. [4]

Los gobiernos de Café Filho y Juscelino Kubitschek, que suceden a la grave crisis política de 1954, que esa situación engendra y que se clausura con el suicidio del presidente Vargas, siendo frutos del compromiso entre las clases dominantes en conflicto, tratarán de encontrar una fórmula de transacción, que permita superar la crisis económica, sin llevar a una confrontación definitiva de las posiciones que se enfrentan. El recurso elegido es abrir la economía brasileña a los capitales norteamericanos, a fin de romper el nudo formado en el sector cambiario. La Instrucción 113, de la Superintendencia de la Moneda y del Crédito (actual Banco Central), crea el marco jurídico para esa política, que llega a su auge con el Plan de metas del gobierno Kubitschek, acarreando alrededor de 2.5 millones de dólares en cinco años, en inversiones y financiamientos, y empujando de nuevo la expansión industrial.

Esa expansión empieza, sin embargo, a dar señales de agotamiento, hacia 1960, en función de la disminución que se verifica en el nivel de los ingresos internos, de la caída del precio y del volumen de las exportaciones y de la fuerte exportación de beneficios, lo que sumerge al país en una grave crisis cambiaria; y también por acción de la aceleración del proceso inflacionario, expresión de la lucha que libra la burguesía industrial y financiera con los grupos empresariales rurales, así como con las clases asalariadas. Hay que tener presente, en efecto, que la expansión industrial brasileña, basada en la intensificación de las inversiones extranjeras y correspondiendo a la introducción masiva de una nueva tecnología, tuvo por resultado elevar sensiblemente la productividad del trabajo y la capacidad productiva de la industria, pero agravó por eso mismo el problema del empleo de la mano de obra. Así es que, entre 1950 y 1960, frente a una tasa de crecimiento demográfico de 3.2 % al año y mientras la población urbana crece a casi un 6 por ciento anual y la producción manufacturera al 9 %, el empleo en la actividad manufacturera no presenta un incremento anual mayor de 2.8 %. [5]

La crisis estructural de la economía brasileña, cesados los efectos paliativos de la política de importación de divisas, estalló, pues, en una verdadera crisis coyuntural, que arrastró al país a la depresión. En tal situación, era inevitable que las contradicciones sociales, que se habían manifestado en los años 1953-54, volviesen a presentarse con mucho más fuerza, sobre todo las que impulsaban a las masas obreras y medias de las ciudades a luchar por mejorar su nivel de vida. Presionada por ellas, y experimentando la clara conciencia de la imposibilidad de mantener la expansión industrial dentro de los cuadros estrechos que le trazaban el sector latifundista-exportador y los grupos monopolistas extranjeros, la burguesía intenta quebrar el círculo, rompiendo el compromiso con esas fuerzas e imponiendo su política de clase. Los gobiernos de Janio Quadros, en 1961, y —vencida la indecisión parlamentarista de 1962— de João Goulart, en 1963-64, expresaron esa tentativa.

La política externa independiente y las reformas estructurales fueron las direcciones en que se movieron esos dos gobiernos buscando doblegar la resistencia de los sectores dominantes aliados. Con la primera, se trató de crear un área de maniobra en el campo internacional, que permitiera al Brasil diversificar sus mercados de productos de base y sus suplementos de créditos, principalmente en el campo socialista, y abrir camino para la exportación de productos industrializados, en África y Latinoamérica, principalmente. Con las reformas, se buscaba ante todo la reformulación de la estructura agraria, capaz de abrir nuevos mercados al comercio interior y aumentar la oferta interna de materias primas y géneros alimenticios. Las dos orientaciones entraban en conflicto con los intereses del sector latifundista y de los grupos monopolistas exportadores, en su mayoría norteamericanos. La adopción de medidas restrictivas a la financiación nacional de las inversiones extranjeras y a la remesa de beneficios al exterior, así como el esbozo de una política de nacionalizaciones, generalizó el conflicto a todo el sector extranjero de la economía e hizo muy tensas las relaciones entre el gobierno brasileño y el norteamericano.

Para garantizar tal política, necesitaba la burguesía que las masas populares urbanas, de considerable peso político, la respaldaran. Pero, debatiéndose en una situación de crisis coyuntural, que mermaba su tasa de beneficios, tenía, paradojalmente, que enfrentarse a las masas, buscando contener sus reivindicaciones salariales. La pretensión de aplicar prácticas deflacionarias, en 1961, con Janio Quadros, y en 1963, con Goulart (Plan Trienal 1963-65), encontró viva resistencia popular, y la burguesía, por razones políticas, no pudo imponerlas a fuerza. Confiando a Goulart la tarea de contener el movimiento de masas, trató de utilizar su capacidad para explotar en beneficio propio el proceso inflacionario, a fin de sostener su margen de beneficio, lo que puso ese proceso al galope. Las reivindicaciones obreras se radicalizaron a través de huelgas cada vez más frecuentes y amplias, y la clase media entró en pánico ante la amenaza concreta de proletarización.

La agitación que la amenaza de reforma agraria llevaba al campo y la resistencia del sector industrial extranjero a las medidas nacionalistas limitaron cada vez más el apoyo del sector burgués a Goulart. Cuando se intensificó la campaña antigubernamental, bajo el pretexto de la subversión comunista, la clase media, que la crisis económica desorientaba, se dividió, pasando a engrosar en cantidades siempre mayores las huestes de la reacción. Impresionada por el voceo anticomunista y por la radicalización popular, y sintiendo, al fracasar el Plan Trienal, que Goulart no ofrecía ya condiciones para contener el movimiento de masas, la burguesía abandonó el terreno. Cuando la agitación alcanzó al sector militar, con la rebelión de los marineros, en marzo de 1964, quedó claro que, frente a la oposición radical a que se viera conducida la lucha de clases, el poder estaba vacío. En un gesto de audacia, el grupo militar de élite se apoderó de él sin disparar un tiro.

El desarrollo integrado

Los conflictos que generó una industrialización llevada a cabo en el marco del sistema imperialista condujeron así a la sociedad brasileña a una solución de fuerza, que selló el antagonismo existente entre la burguesía y las clases populares. Paralelamente, esa solución de fuerza consagró la adhesión definitiva de la burguesía brasileña a la política de integración imperialista, en grado suficiente para que el actual régimen militar pueda ser considerado como el instrumento de que se sirven las clases dominantes en Brasil y los grupos imperialistas para concretar esa política. Por la represión policíaco militar con que sofocó a los movimientos populares y por la coerción que impuso a los grupos burgueses refractarios a la integración, se creó el clima necesario para realizarla sin los inconvenientes de una oposición.

En esta perspectiva se ha de comprender el “Programa de Acción Económica”, elaborado por el ex embajador en Washington y actual ministro del Plan, Roberto Campos, y adoptado por el gobierno Castelo Branco para los años 1965-66. Su objetivo es doble: reactivar el ritmo descendiente del crecimiento del producto bruto nacional, fijándolo en 6% en los dos años considerados, y contener el aumento general de los precios, reduciéndolos del nivel de 92.4 % en 1964 al 25 % en 1965 y 10 % en 1966. De otra parte, el programa se propone alcanzar “objetivos secundarios”; entre ellos el equilibrio de la balanza de pagos, la redistribución de la renta (funcional y regional) y, en la práctica, también la democratización del capital. Además de los instrumentos clásicos de política económica —política tributaria, salarial y crediticia, manipulaciones arancelarias, contención y selección de los gastos gubernamentales— la acción estatal se basa en medidas estructurales, principalmente la reforma agraria y la reorganización del mercado interno de capitales.

Desde el punto de vista de nuestro análisis, el aspecto más importante es la actitud del gobierno brasileño frente a los capitales extranjeros. En un estudio publicado en marzo pasado [6], la Confederación Nacional de la Industria (CNI) consideró que el “Programa de Acción Económica” se singulariza en relación con los anteriores “por el papel estratégico que da al capital extranjero y por las altas esperanzas en cuanto a sus ingresos”. Tras recordar que el “programa”, estableciendo una formación bruta de capital de 17 % al año, espera que el capital extranjero represente el 28.1 % en esa formación, en 1965, y el 29.4%, en 1966, mientras prevé la disminución del ahorro nacional del 15.8 % en los años 1954-60 al 13% en los dos años considerados, la CNI subraya: “La disminución del ahorro nacional... dejará en inferioridad al capital privado nacional, cuyas inversiones serían alrededor de la mitad del influjo previsto de capital extranjero”.

Esa orientación es confirmada por otros aspectos de la acción gubernamental. Según la misma CNI, las fuentes de crédito tuvieron su actuación fuertemente reducida en 1964, aumentando el crédito privado de 84.2% y el oficial de poco más de 50%, frente a una tasa de inflación superior en el 92.4% en relación al año anterior. Al mismo tiempo que se comprime el crédito nacional, el gobierno, en su “programa de acción”, se propone “ofrecer a los empresarios nacionales acceso al crédito extranjero en igualdad de condiciones con las empresas extranjeras que operan en el país”, a través de avales concedidos por los organismos financieros brasileños o por mediación de fondos gubernamentales de que participan capitales extranjeros. Procediendo así, impulsa el proceso de asociación de la burguesía nacional al capital extranjero, iniciado con la Instrucción 113, en 1955.

La mediación del gobierno en tal asociación sería, en verdad, innecesaria, bastando la contención del crédito y la actual política tributaria para impulsarla. En efecto, las cargas fiscales, basándose principalmente en la hoja de salarios, obligan a las industrias a buscar en la renovación tecnológica, tendiente a reducir la mano de obra, la solución para sus costos de producción. Es natural que sea la asociación con grupos extranjeros, que disponen siempre de tecnología que se ha vuelto obsoleta por el propio ritmo de renovación en sus países de origen, el camino más fácil para promover esa sustitución. Cuando no se viabiliza la asociación, resultan las quiebras o el cierre de empresas, que facilitan aún más la concentración del capital brasileño en manos de los grupos extranjeros, el único sector fuerte de la economía en esta fase de depresión. El ejemplo reciente de la quiebra de una de las mayores empresas metalúrgicas del país, la Companhia de Mineraçao Geral, del poderoso grupo Jaffet, y su compra por un consorcio formado por la Bethleem Steel, el Chase Manhatan Bank y la Standard Oil ilustra bien este caso.

La política tendiente a forzar la democratización del capital de las empresas, sobre todo a través de estímulos fiscales a las reinversiones de los grupos dispuestos a concretarla, intensifica aún más esa transferencia de los recursos brasileños para los trusts. Es lo que observa la CNI, en su estudio ya mencionado, al advertir que “si el ahorro nacional disminuye, la ‘democratización’ sólo servirá para permitir que los capitales extranjeros tengan acceso a por lo menos parte del control de empresas nacionales”.

La doctrina de la interdependencia

Esa política económica se complementa con la actuación internacional del régimen militar brasileño, muy distinta de la llamada “política externa independiente” que practicaron los gobiernos Quadros y Goulart y que se basaba en los principios de autodeterminación y no intervención. Desde que, a raíz del golpe de 1964, asumió la dirección del Ministerio de Relaciones Exteriores el actual canciller Vasco Leitao da Cunha, éste rechazó la idea de una política externa independiente, invocando razones geopolíticas, que vincularían estrechamente el Brasil al mundo occidental y particularmente a los Estados Unidos, y declaró que el concepto básico de la diplomacia brasileña es el de la interdependencia continental. Se adoptó así una doctrina emanada de la Escuela Superior de Guerra, de responsabilidad del general Golberi do Couto e Silva, diplomado por la escuela norteamericana de Fort Benning y jefe del Servicio Nacional de Informaciones (SNI) del actual gobierno, organismo que, con sus dos mil agentes actuando en el continente, ya fue comparado a una CIA en miniatura.

Esa doctrina, llamada de la barganha (canje) leal, fue expuesta por Do Couto e Silva en su libro Aspectos geopolíticos do Brasil (Río, Biblioteca del Ejército, 1957) y parte del presupuesto que, por su propia posición geográfica, no puede el Brasil escapar a la influencia norteamericana. En tal situación, no le quedaría otra alternativa sino “aceptar conscientemente la misión de asociarse a la política de los Estados Unidos en el Atlántico Sur”. La contrapartida de esa “elección consciente” sería el reconocimiento por los Estados Unidos de que “el casi monopolio de dominio en aquella área debe ser ejercido por el Brasil exclusivamente”. Esa expresión “casi monopolio” resulta, igualmente, de la imposibilidad de ignorar las pretensiones que, en este terreno, alimenta también la burguesía argentina.

Dos pronunciamientos oficiales consagraron, este año, la adopción de esa doctrina: las declaraciones del canciller Leitao da Cunha al recibir en Río de Janeiro, el 19 de mayo, a su colega de Ecuador, Gonzalo Escudero, y el discurso que pronunció días después, en la ciudad de Teresina (Piauí), el mariscal Castelo Branco.

Saludando al canciller ecuatoriano, aludió Leitao da Cunha a “un concepto inmanente a la naturaleza de la alianza interamericana, el de la interdependencia entre las decisiones de política internacional de los países del continente”. “La concepción ortodoxa y rígida de la soberanía nacional —subrayó asimismo— fue formulada en una época en que las naciones no reunían, en sus responsabilidades, una obligación de cooperar entre sí, en la búsqueda de objetivos comunes”. El canciller del gobierno militar brasileño preconizó todavía “el refuerzo de los instrumentos multilaterales para la defensa de la institución política más americana —la democracia representativa”. Y aclaró: “Pocos tienen dudas de que los mecanismos previstos en la Carta de la Organización de los Estados Americanos, contra agresiones o ataques abiertos, son enteramente inadecuados a las nuevas situaciones generadas por la subversión que trasciende las fronteras nacionales”.

De este punto partió el mariscal Castelo Branco, en su discurso del 28 de mayo, cuando se refirió a la crisis dominicana, que motivó la invasión estadounidense, apoyada por el Brasil, como una agresión interna al continente. Después de proclamar la necesidad de sustituir el concepto de fronteras físicas o geográficas por el de fronteras ideológicas, el mariscal presidente declaró que, de acuerdo con la actual concepción brasileña de la seguridad nacional, ésta no se limita a las fronteras físicas del Brasil, sino que se extiende a las fronteras ideológicas del mundo occidental.

Se sitúan en esa línea de pensamiento las ideas de la intervención militar en el Uruguay y en Bolivia, así como el decidido apoyo del gobierno brasileño a la intervención de los Estados Unidos en Santo Domingo. El aplauso de Brasilia a la decisión norteamericana de encaminar parte de su ayuda militar a los países latinoamericanos a través de la OEA es también consecuencia de esa posición, y se une a la reivindicación de que se reactive el llamado “protocolo adicional”, que vincula la ayuda militar a la ayuda económica. Otra consecuencia es la tesis de la integración militar del continente, presente en la insistencia brasileña por la creación de un ejército interamericano permanente, y que viene de progresar con el “pacto tácito” de acción conjunta que concertaron en Río de Janeiro, en agosto pasado, los ministros de Guerra de Argentina y Brasil.

Para muchos, se trata simplemente de una vuelta de la política brasileña a la sumisión a Washington, que era la regla en el periodo anterior a Quadros, así como de la conversión definitiva de Brasil en colonia norteamericana. Nada menos cierto. Lo que se tiene, en realidad, es una evolución, de cierta manera inevitable, de la burguesía brasileña hacia la aceptación consciente de su integración al imperialismo norteamericano, evolución que resulta de la lógica misma de la dinámica económica y política de Brasil y que tendrá graves consecuencias para Latinoamérica.

La integración latinoamericana

En su política interna y externa, el gobierno militar de Brasil no manifiesta sólo una decisión de acelerar la integración de la economía brasileña a la economía norteamericana; expresa también la intención de convertirse en el centro de irradiación de la expansión imperialista en la América Latina. En eso se distingue la actual política exterior brasileña de la que practicó en el pasado, así como de la que adoptan hoy países como Venezuela, Perú, Panamá, Guatemala. No se trata de aceptar pasivamente las impresiones norteamericanas (aunque la correlación real de fuerzas lleve muchas veces a ese resultado), sino de colaborar activamente con la expansión imperialista, asumiendo en ella la posición de país clave.

Esa pretensión no nace tan sólo de un deseo de liderato político, por parte de Brasil, sino que se debe principalmente a los problemas económicos que plantea la opción de la burguesía brasileña en pro del desarrollo integrado. El restablecimiento integral de su alianza con las antiguas clases oligárquicas, vinculadas a la exportación, que selló el golpe de 1964, dejó a la burguesía en la imposibilidad de romper las limitaciones que la estructura agraria impone al mercado interno brasileño. El mismo proyecto de reforma agraria adoptado por el gobierno Castelo Branco no admite otra manera de alterar esa estructura sino a través de la extensión progresiva del capitalismo al campo, es decir, dentro de un plazo largo. Señalemos, además, que la recesión económica en curso frena las inversiones de capital en el campo, y que la inestabilidad política del gobierno no le permite prescindir del apoyo de los latifundistas, constituyendo ambos factores un impedimento efectivo a la aplicación de dicha reforma.

Por otro lado, al optar por su integración al imperialismo y al poner sus esperanzas de reactivar la expansión económica en los ingresos de capital extranjero, la burguesía brasileña concuerda en intensificar el proceso de renovación tecnológica de la industria. Atiende, así, a los intereses de la industria norteamericana, a quien conviene instalar allende sus fronteras un parque industrial integrado, que absorba los equipos que la rápida evolución tecnológica vuelve obsoletos [7]. Mas tiene que aceptar su contrapartida: en un país de fuerte crecimiento demográfico, que lanza anualmente al mercado de trabajo un millón de hombres, la instalación de una industria relativamente moderna crea graves problemas laborales, principalmente de desempleo. Aunque con eso la burguesía soluciona, desde su punto de vista, los problemas que plantea el costo de producción industrial, puesto que, a pesar de los excedentes existentes de mano de obra, la economía brasileña presenta, como toda economía subdesarrollada, aguda escasez de mano de obra calificada.

Así, sea por su política de refuerzo de su alianza con el latifundio, sea por su política de integración al imperialismo, la burguesía brasileña no puede contar con un crecimiento del mercado interno en grado suficiente para absorber la producción creciente que resultará de la modernización tecnológica. No le queda otra alternativa sino intentar expandirse hacia el exterior, y se le vuelve entonces necesario garantizar una reserva externa de mercado para su producción. El bajo costo de producción, que la actual política salarial y la modernización industrial tienden a crear, señala la misma dirección: la exportación. Es lo que explica la maniobra reciente del gobierno Castelo Branco en pro de la creación de un mercado común latinoamericano, bajo la égida de Brasil. [8]

No se trata de una tendencia totalmente nueva. La política exterior de Quadros y Goulart también buscaba condiciones favorables para la expansión comercial brasileña en África y Latinoamérica. La diferencia está en que el Brasil adoptaba entonces una posición de free lancer, en el mercado mundial, confiando en que, a través de las reformas estructurales internas, no tardarían en desaparecer las limitaciones que frenaban el crecimiento del mercado interno brasileño. La exportación aparecía, pues, como una solución provisional, tendiente a proporcionar a la política reformista burguesa el plazo necesario para que fructificara. Actualmente, al contrario, se trata, para la burguesía, de compensar la imposibilidad en que se encuentra de crear un mercado interno para una producción que debe crecer, a través de la incorporación extensiva de mercados ya formados, como el uruguayo, por ejemplo. La exportación deja de ser así una solución provisional y complementaria a la política reformista y se convierte en la alternativa misma de las reformas estructurales.

Queda todavía una cuestión: ¿hasta qué punto una industria sin mercado suficiente impulsará a Brasil, en corto plazo, a expandir su sector de producción bélica? Eso no está muy claro, hasta el momento. En todo caso, permite temerlo la necesidad que tiene el gobierno Castelo Branco de una industria de armamento capaz de sostener su política expansionista y lo indica la gran parte reservada a los ministerios militares en el presupuesto federal 1964-65, así como el reciente contrato, firmado en Washington por el ministro de Marina de Brasil, para un programa de construcción de barcos de guerra en los astilleros brasileños. [9]

Lo que se anuncia, pues, es una expansión imperialista de Brasil en Latinoamérica, que corresponde en verdad a un subimperialismo o a la extensión del imperialismo norteamericano (no nos olvidemos que el centro de un tal imperialismo sería una economía brasileña integrada a la norteamericana). Es en la perspectiva de esa integración económica y militar de Latinoamérica, comandada por el imperialismo norteamericano apoyada en el Brasil, que se ha de considerar la evolución ulterior de la política interamericana. Pero es también a partir de allí que tendremos que estimar las perspectivas del proceso revolucionario brasileño y, en último término, latinoamericano.

Conclusión

La primera consecuencia de lo que hemos dicho es que la integración imperialista de Latinoamérica, en su nueva fase, iniciada con el golpe militar en Brasil, no se podrá ejercer sino en el marco de la cooperación antagónica. El antagonismo será más acentuado sobre todo allí donde se enfrentan burguesías nacionales poderosas, como es el caso de Argentina y del Brasil [10], pero la cooperación o la colaboración será cada vez más la regla que regirá las relaciones de esas burguesías entre sí y con los Estados Unidos. El peso que tendrá en la balanza la influencia norteamericana y brasileña obliga a esa colaboración. Pero, más que todo, esa colaboración será necesaria a las clases dominantes del hemisferio para contener la ascensión revolucionaria de las masas que se verifica actualmente y que sólo puede acentuarse con la marcha de la integración imperialista.

El caso brasileño es, en ese particular, paradigmático. El golpe militar de 1964 —significando el rompimiento, por parte de la burguesía, de la política de compromiso que practicó desde su llegada al poder; es decir, desde la revolución de 1930— abre una etapa nueva en el proceso de la lucha de clases. Aunque muchos sectores sociales, principalmente de clase media, busquen restablecer entre la burguesía y las masas el diálogo político que existía antes de 1964, las relaciones de clase se caracterizan allí, actualmente, por una escisión horizontal, que deja de un lado a la coalición dominante (esencialmente, la burguesía, los empresarios extranjeros y los grandes propietarios de tierras) y, de otro, a las masas trabajadoras de la ciudad y del campo. La pequeña burguesía sufre contradictoriamente el efecto de esa escisión, asumiendo posiciones que van del radicalismo de extrema izquierda al neofascismo de la extrema derecha, sin olvidar los esfuerzos conciliadores de una capa centrista, que obedece a la consigna de “redemocratización” lanzada por la directiva del PC brasileño.

A plazo más o menos corto, es inevitable que esa escisión horizontal de las relaciones de clase en Brasil lleve a una guerra civil abierta. Se podría argumentar que la integración imperialista puede conducir, a largo plazo, a una mayor prosperidad económica, que eliminaría los factores revolucionarios que agitan hoy a la vida brasileña. Ésta es, en efecto, una posibilidad. Su verificación dependería, sin embargo, de que la integración se llevase a cabo antes que se agravase de modo irreparable el proceso de la lucha de clases. Y eso es lo que parece altamente improbable.

En efecto, la expansión imperialista de la burguesía brasileña tiene que basarse en una mayor explotación de las masas trabajadoras nacionales, sea porque necesita de una producción competitiva para el mercado externo, lo que implica salarios bajos, y por lo tanto mano de obra disponible, es decir un elevado índice de desempleo; sea porque se procesa junto con un aumento de la penetración de los capitales norteamericanos, lo que exige la extracción de un sobre lucro de la clase obrera. Esa intensificación de la explotación capitalista del pueblo brasileño es factor suficiente para exacerbar la lucha de clases, poniendo en riesgo la posición de la burguesía.

El momento preciso en que eso se dará no depende, desde luego, tan sólo de la intensificación de la explotación capitalista, sino también del tiempo que llevarán las masas brasileñas para extraer su lección de los acontecimientos de 1964 y, principalmente, de la capacidad de la izquierda para orientarlas en ese proceso de maduración. En Guatemala, donde tuvimos, diez años atrás, una experiencia similar, fue preciso mucho tiempo y muchas experiencias fracasadas para que tuviera inicio lo que parece ser la fase decisiva de la guerra civil. En Brasil, la inmadurez revolucionaria de las fuerzas de izquierda sería un factor capaz de dilatar ese momento, y tal vez aun de favorecer las aventuras neofascistas de la derecha. Hay que contar, sin embargo, con el ritmo rápido que asume, en nuestros días, el proceso revolucionario en Latinoamérica y con las repercusiones que producirá sobre él la expansión imperialista brasileña, lo que puede acelerar considerablemente la reorganización en nuevas bases de las izquierdas en Brasil.

Éste es, sin duda, un punto fundamental. Es decir, no hay que considerar aisladamente el caso brasileño, sino que se han de tener en cuenta las repercusiones globales que la integración imperialista engendra en el continente. La imposibilidad de la mayoría de los países sudamericanos de soportar la competencia de la producción industrial brasileña agravará de inmediato la miseria de sus pueblos, al mismo tiempo que los someterá a la humillación de un nuevo imperialismo —agresivo y prepotente como suelen ser todos los imperialismos, pero más que todos los nuevos— que no podrán sufrir por mucho tiempo. En su lucha contra esa expansión imperialista brasileña, no tardarán esos pueblos en coincidir con la resistencia que le oponen en el mismo Brasil las masas obreras y campesinas.

Una consecuencia importante del golpe militar de 1964 es la superación del sentimiento de singularidad y de exclusivismo con que el pueblo brasileño acostumbraba mirar su proceso político, en relación con Latinoamérica. De los grandes sucesos acaecidos en el continente, sólo la Revolución cubana, por su importancia excepcional, rompió esa barrera que se había creado —tal vez muy hábilmente— a su alrededor. Con el golpe de abril, esa situación cambió bruscamente, gracias sobre todo a la posición pro norteamericana del gobierno militar. De pronto, la gran mayoría de los brasileños concluyó que se había engañado sobre las posibilidades de su país, y que éste seguía siendo una colonia de los Estados Unidos, al mismo título de Panamá, por ejemplo, o de Puerto Rico. A medida que se den cuenta del verdadero carácter de las relaciones existentes hoy entre las clases dominantes de Brasil y el imperialismo norteamericano (muy distintas, por supuesto, de las que éste mantiene con Panamá o Puerto Rico), el sentimiento de solidaridad latinoamericana que el golpe despertó en Brasil no hará más que profundizarse. La conjunción de los movimientos populares de Brasil y de los demás países latinoamericanos, es decir la internacionalización de la revolución latinoamericana, es, pues, la contrapartida del proceso de integración imperialista, en su nueva fase inaugurada por el golpe militar brasileño. No es, sin embargo, la única. El hecho de que la marcha de esa integración tienda a escindir cada vez más las relaciones entre las burguesías nacionales y las masas trabajadoras, a ejemplo de lo que pasó en Brasil, permite prever que el contenido de esa revolución, más que popular, será socialista.

El cuartelazo de 1964, en Brasil, representó, al momento de su realización, un duro golpe para las aspiraciones de libertad y de progreso de los pueblos latinoamericanos. La experiencia que realizan las masas brasileñas bajo la dictadura y las repercusiones que ésta engendra en todo el continente constituyen, hoy, una garantía segura a Latinoamérica de que ella conquistará por fin esa libertad y ese progreso.

 

Notas

 

[1] Véase Paul Baran, “¿Crise du marxisme?”, en Cahiers Internationaux, París, 1959.

[2] En el periodo 1950-64, el monto de las inversiones privadas de los Estados Unidos en el exterior fue de unos 30 mil millones de dólares. En el mismo periodo, los ingresos de capitales en los Estados Unidos, bajo la forma de beneficios u otras modalidades, superaron las salidas en más de 2 mil millones de dólares.

[3] Véase Ernest Mandel, “The economics of the neo capitalism”, en The Socialist Register 1964, New York, Monthly Review, 1965.

[4] Véase mi artículo “Contradicciones y conflictos en el Brasil contemporáneo”, en Foro Internacional, México, 1965, n. 4.

[5] Datos citados por Celso Furtado, Dialéctica del Desarrollo, México, Fondo de Cultura Económica, 1965, pp. 18-19. Furtado no vacila, incluso, en una simplificación exagerada, en considerar el desnivel entre las tasas de crecimiento demográfico urbano y de creación de empleos en la industria como el factor determinante de la crisis política brasileña de los últimos años.

[6] Desenvolvimento & Conjuntura, Río, marzo 1965, n. 3.

[7] Hablando en el Congreso norteamericano sobre la integración económica de Latinoamérica el secretario de Estado adjunto para las cuestiones interamericanas, Jack H. Vaughn, reconoció que la industrialización resultante hará desaparecer los mercados tradicionales de ciertos productos norteamericanos, mas subrayó: “Igualmente, América Latina ofrecerá un mercado más promisorio para productos de la industria norteamericana, de carácter cada vez más sofisticado” (El Día, México, 11-9-65).

[8] El Brasil rechazó la proposición chilena de un mercado común latinoamericano, habiendo declarado el canciller Leitao da Cunha (quien regresaba, por coincidencia, de Washington) sólo admitir un organismo de esa naturaleza si comprendiese a todas las naciones del hemisferio, “desde Alaska a la Patagonia”. En verdad, esa parece haber sido una manera de quitarle a Chile la iniciativa, puesto que, tras la visita al Brasil de una misión norteamericana de alto nivel, en agosto pasado, el senador Fullbright, quien la encabezaba, declaró que los Estados Unidos apoyan el proyecto de un mercado común latinoamericano, bajo la égida de Brasil.

[9] Este artículo ya estaba escrito cuando la agencia Prensa Latina divulgó pasajes de una entrevista del secretario general de la Confederación Latinoamericana de Sindicalistas Cristianos, Emilio Maspero, a la revista chilena Ercilla, en que denuncia la formación de un poderoso complejo industrial-militar norteamericano en Brasil. Dijo Maspero que el plan “comprende la inversión de sumas norteamericanas para instalar fábricas de armamentos pesados, equipos y alimentos especiales para las tropas” y que en Río de Janeiro “se rumora que la industria de alimentos habría ya celebrado convenios para producir en suelo brasileño los concentrados que utilizan las tropas norteamericanas en campaña, como primer paso de una integración industrial-militar que llegaría hasta la producción, en el futuro, de piezas vitales para submarinos atómicos”, (Prensa Latina, México, 10-9-65).

[10] Lo indica ya la protesta de Clarín (11-8-65) contra la declaración de Fullbright sobre un mercado común latinoamericano, dirigido por Brasil, que el periódico argentino consideró una resurrección de “la vieja estrategia del país clave”.