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La crisis latinoamericana: dependencia y autonomía

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 13 julio 1977.


Juan José Amengual 

Uno de los errores que se cometen con frecuencia es el de creer que la vida política, económica y social de los países dependientes es un simple efecto de las decisiones que respecto a ellos adoptan los países desarrollados. La realidad es más compleja. La condición de dependencia no cancela la capacidad de decisión del país que la sufre: tan sólo la subordina, al enmarcarla en un contexto en el cual desempeñan sin duda papel predominante las decisiones de los países desarrollados. Pero, además de que estas decisiones pueden y tienden a ser contradictorias, una vez que los países desarrollados no constituyen un todo homogéneo. El grado de subordinación del país dependiente varía de acuerdo con los factores estructurales y coyunturales que determinan su situación de dependencia.

Esto puede entenderse perfectamente, si tomamos como ejemplo al período de entreguerras. Este correspondió, para toda América Latina, a un cambio estructural en sus relaciones de dependencia, expresado fundamentalmente en el reemplazo de la hegemonía británica por la hegemonía norteamericana, y a una coyuntura particular, determinada por la crisis capitalista mundial. El cambio de hegemonía se dio no sólo a nivel del mercado, sino también a nivel de la inversión extranjera, que registró la sustitución de las antiguas inversiones de cartera, preferidas por Inglaterra, en provecho de las inversiones directas, propiciadas por Estados Unidos. Estas se destinaron, entonces, principalmente a la producción de materias primas industriales, como el petróleo, el cobre y el estaño.

Esta generalización es válida para América Latina, pero tiene que ser matizada ante casos concretos, como, por ejemplo, los de Argentina y Brasil. Es así como, en lo que respecta a Argentina, el mercado principal para su producción exportable (carne y cereales) no sólo siguió siendo Inglaterra, y Europa en general, sino que se acentuó allí la competencia con Estados Unidos. Por otra parte, desde antes, el capital británico se invertía en Argentina en sectores productivos, como la industria frigorífica.

Las desviaciones que presenta Brasil respecto a la tendencia general latinoamericana van en sentido inverso. Desde mediados del siglo pasado, la producción exportable brasileña (café) se dirigiera preferentemente al mercado norteamericano, llevando a que, al iniciarse el período considerado, el país se encontrara vinculado más a Estados Unidos que a Europa. En lo que concierne a la inversión extranjera, al no ser exportador de materias primas industriales. Brasil se mantuvo fuera del flujo de inversiones directas norteamericanas hasta prácticamente la segunda Guerra Mundial.

La historia de América Latina, en ese período, está marcada por el esfuerzo de Estados Unidos por expresar su creciente hegemonía económica en el plano político‑militar, mediante un panamericanismo renovado, que culmina en la conferencia de Bogotá, en 1948, que crea la Organización de los Estados Americanos, y en Río de Janeiro, al firmarse, en 1947, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. La comparación de las políticas argentina y brasileña respecto a la ofensiva diplomática norteamericana es significativa. Mientras Brasil le prestó a ésta su apoyo activo, Argentina trató más bien de obstaculizarla o limitarla, como lo demuestra su actitud hostil a Estados Unidos durante las negociaciones sobre el TIAR y el hecho de que sólo ratificó el acuerdo sobre la OEA en 1956, tras la caída de Perón.

Se observa, pues, que el cambio de hegemonía abrió espacio para que Estados Unidos le hiciera frente a Inglaterra en el subcontinente, mientras que la crisis capitalista mundial del período agudizaba la competencia entre las grandes potencias occidentales. Estos factores estructurales y coyunturales modificaron la situación de dependencia de América Latina, reduciendo su grado de subordinación o, lo que es lo mismo, aumentando el de su autonomía relativa, Es lo que explica el margen de acción que encontraron Argentina y Brasil para plantearse políticas distintas, al mismo tiempo que las condiciones de dependencia propia de esos países permiten entender la razón de sus opciones.

En un momento en que sufrimos de nuevo los efectos de una crisis capitalista mundial, conviene preguntar si se están verificando alteraciones estructurales en la situación de dependencia de nuestros países y si esto influye sobre su grado de autonomía relativa. La respuesta a esas interrogantes nos llevaría a evaluar mejor la viabilidad de las soluciones que se plantean actualmente en América Latina.

Ruy Mauro Marini


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